
EL ARTE DE LA FELICIDAD
Un nuevo mensaje para nuestra vida cotidiana
DALAI LAMA
con Howard C.Cutler. M.D.
Pagina nueva 2
El propósito de la vida
1 El derecho a la
felicidad
«CREO QUE EL PROPÓSITO fundamental de nuestra vida es buscar la felicidad.
Tanto si se tienen creencias religiosas como si no, si se cree en talo cual
religión, todos buscamos algo mejor en la vida. Así pues, creo que el movimiento
primordial de nuestra vida nos encamina en pos de la felicidad.»
Con estas palabras, pronunciadas ante numeroso público en Arizona, el Dalai
Lama abordó el núcleo de su mensaje. Pero la afirmación de que el propósito de
la vida es la felicidad me planteó una cuestión. Más tarde, cuando nos
hallábamos a solas, le pregunté:
-¿Es usted feliz?
-Sí -me contestó y, tras una pausa, añadió-: .Sí..., definitivamente. Había
sinceridad en su voz, de eso no cabía duda, una sinceridad que se reflejaba en
su expresión y en sus ojos. -Pero ¿es la felicidad un objetivo razonable para la
mayoría de nosotros -Sí. Estoy
convencido de que se puede alcanzar la felicidad mediante el entrenamiento de
la mente. Desde un nivel humano básico, he considerado la felicidad como un
objetivo alcanzable, pero como psiquiatra me he sentido obligado por
observaciones como la de Freud: «Uno se siente inclinado a pensar que la
pretensión de que el hombre sea "feliz" no está incluida en el plan de la
“Creación”. Este tipo de formación había llevado a muchos psiquiatras a la
tremenda conclusión de que lo máximo que cabía esperar era la transformación de
la desdicha histérica en la infelicidad común ». Desde ese punto de vista la
afirmación de que existía un camino claramente definido que conducía a la
felicidad parecía bastante radical. Al contemplar retrospectivamente mis años de
formación psiquiátrica, apenas recordaba haber escuchado mencionar la palabra
«felicidad», ni siquiera como objetivo terapéutico. Naturalmente, se habla mucho
de aliviar los síntomas de depresión o ansiedad del paciente, de resolver los
conflictos internos o los problemas de relación, pero nunca con el objetivo
expreso de alcanzar la felicidad. .
El concepto de felicidad siempre ha parecido estar mal definido en Occidente,
siempre ha sido elusivo e inasible. «Feliz», en inglés, deriva de la palabra
Islandesa happ, que significa suerte o azar. Al parecer, este punto de vista
sobre la naturaleza misteriosa de la felicidad está muy extendido., En los
momentos de alegría que trae la vida, la felicidad parece llovida del cielo.
Para mi mente occidental, no se trataba de algo que se pueda desarrollar y
mantener dedicándose simplemente a «formar la mente».
Al plantear esta objeción, el Dalai Lama se apresuró a explicar: -Al decir
«entrenamiento de la mente» en este contexto no me estoy refiriendo a la «mente»
simplemente como una capacidad cognitiva o Intelecto. Utilizo el término más
bien en el sentido de la palabra tibetana Sem, que tiene un significado mucho
más amplio más cercano al de «psique» o «espíritu», y que Incluye intelecto y
sentimiento, corazón y cerebro. Al imponer una cierta disciplina interna podemos
experimentar una transformación de nuestra actitud de toda nuestra perspectiva y
nuestro enfoque de la vida.
»Hablar de esta disciplina interna supone señalar muchos factores y quizá
también tengamos que referirnos a muchos métodos. Pero, en términos generales,
uno empieza por identificar aquellos factores que conducen a la felicidad y los
que conducen al sufrimiento. Una vez hecho eso, es necesario eliminar
gradualmente los factores que llevan al sufrimiento mediante el cultivo de los
que llevan a la felicidad. Ése es el camino.
El Dalai Lama afirma haber alcanzado un cierto grado de felicidad personal.
Durante la semana que pasó en Arizona observé que la felicidad personal se
manifiesta en él como una sencilla voluntad de abrirse a los demás, de crear un
clima de afinidad y buena voluntad, incluso en los encuentros de breve duración.
Una mañana, después de pronunciar una conferencia, el Dalai Lama caminaba por un
patio exterior, de regreso a su habitación del hotel, acompañado por su séquito
habitual. Al ver a una de las camareras ante los ascensores, se detuvo y le
preguntó:
-¿De dónde es usted?
Por un momento, la mujer pareció desconcertada ante ese extranjero cubierto por
una túnica marrón, y extrañada ante la deferencia que le demostraba su séquito.
-De México -contestó tímidamente con una sonrisa.
Él habló brevemente con ella y luego continuó su camino, dejando a la mujer con
una expresión de entusiasmo y satisfacción en el rostro. A la mañana siguiente,
a la misma hora, estaba en el mismo lugar, acompañada por otra camarera. Las dos
saludaron cálidamente al Dalai Lama cuando entró en el ascensor. La interacción
fue breve, pero las dos mujeres parecieron sonrojarse de felicidad. En los días
que siguieron, en el mismo lugar y a la misma hora, se veía allí a miembros del
personal, hasta que, al final de la semana, había docenas de camareras, con sus
almidonados uniformes grises y blancos, formando una fila que se extendía a lo
largo del camino que conducía a los ascensores.
Nuestros días están contados. En este momento, muchos miles de seres nacen en
el mundo, algunos destinados a vivir sólo unos pocos días o semanas, para luego
sucumbir a la enfermedad o cualquier otra desgracia. Otros están destinados a
vivir hasta un siglo, incluso más, y a experimentar todo lo que la vida nos
puede ofrecer: triunfo, desesperación, alegría, odio y amor. Pero tanto si
vivimos un día como un siglo, sigue en vigor la pregunta cardinal: ¿cuál es el
propósito de nuestra vida?
«El propósito de nuestra existencia es buscar la felicidad.» Esta afirmación
parece dictada por el sentido común, y muchos pensadores occidentales han
estado de acuerdo con ella, desde Aristóteles hasta William James. Pero ¿acaso
una vida basada en la búsqueda de la felicidad personal no es, por naturaleza,
egoísta e incluso poco juiciosa? No necesariamente. De hecho, muchas
investigaciones han demostrado que son las personas desdichadas las que tienden
a estar más centradas en sí mismas; son a menudo retraídas, melancólicas e
incluso propensas a la enemistad. Las personas felices, por el contrario, son
generalmente más sociables, flexibles y creativas, más capaces de tolerar las
frustraciones cotidianas y, lo que es más importante, son más cariñosas y
compasivas que las personas desdichadas.
Los investigadores han realizado algunos experimentos interesantes que
demuestran que las personas felices poseen una voluntad de acercamiento y ayuda
con respecto a los demás. Han podido, por ejemplo, inducir un estado de ánimo
alegre en un individuo organizando una situación por la que éste encontraba
dinero en una cabina telefónica. Uno de los experimentadores, totalmente
desconocido para el sujeto, pasaba aliado de él y simulaba un pequeño accidente
dejando caer los periódicos que llevaba. Los investigadores deseaban saber si el
sujeto se detendría para ayudar al extraño. En otra situación, se elevaba el
estado de ánimo de los sujetos mediante la audición de una comedia musical y
luego se les acercaba alguien para pedirles dinero. Los investigadores
descubrieron que las personas que se sentían felices eran más amables, en
contraste con un «grupo de control» de individuos a los que se les presentaba la
misma oportunidad de ayudar pero cuyo estado de ánimo no había sido estimulado.
Aunque esta clase de experimentos contradicen la noción de que la búsqueda y el
alcance de la felicidad personal conducen al egoísmo y al ensimismamiento, todos
podemos llevar a cabo un experimento de esta índole con resultados similares.
Supongamos, por ejemplo, que nos encontramos en un atasco de tráfico. Después de
veinte minutos de espera, los vehículos empiezan a moverse con lentitud. Vemos
entonces a otro coche que nos hace señales para que le permitamos entrar en
nuestro carril y situarse delante de nosotros. Si nos sentimos de buen humor, lo
más probable es que frenemos y le cedamos el paso. Pero si nos sentimos
irritados, nuestra respuesta consiste en acelerar y ocupar rápidamente el hueco.
« Yo llevo tanta prisa como los demás.» Empezamos, pues, con la premisa básica
de que el propósito de nuestra vida consiste en buscar la felicidad. Es una
visión de ella como un objetivo real, hacia cuya consecución podemos dar pasos
positivos. Al empezar a identificar los factores que conducen a una vida más
feliz, aprenderemos que la búsqueda de la felicidad produce beneficios, no sólo
para el individuo, sino también para la familia de éste y para el conjunto de la
sociedad.
2 Las fuentes de la felicidad
HACE DOS AÑOS, una amiga mía tuvo un inesperado golpe de suerte. Dieciocho meses
antes de tenerlo había dejado su trabajo como enfermera para asociarse con dos
amigos en una pequeña empresa de servicios sanitarios. El nuevo negocio tuvo un
éxito fulgurante y, al cabo de dieciocho meses, fue adquirido por una gran
empresa, que les pagó una enorme suma. Tras unos inicios modestos, mi amiga
entró en posesión de un patrimonio que le permitió retirarse a la edad de
treinta y dos años. La vi no hace mucho y le pregunté cómo disfrutaba de su
jubilación anticipada.
-Bueno -me contestó-, es magnífico poder viajar y hacer todas las cosas que
siempre he deseado. Sin embargo -añadió-, aunque parezca extraño, después del
entusiasmo por haber ganado tanto dinero, todo volvió más o menos a la
normalidad. Claro que ahora tengo una casa nueva y muchas más cosas, pero en
conjunto no creo que sea mucho más feliz que antes.
Aproximadamente por la misma época en que mi amiga obtenía sus inesperados
beneficios, otro amigo mío de la misma edad descubrió que era seropositivo.
Hablamos acerca de cómo afrontaba su nueva situación.
-Naturalmente, al principio estaba desolado -me dijo-. Y tardé casi un año en
aceptar el hecho de que tenía el virus del sida. Pero las cosas han cambiado
este último año. Tengo la impresión de que cada día recibo mucho más que antes y
me siento mas feliz que nunca. Parece como si hubiera aprendido a apreciar las
cosas cotidianas y me siento agradecido por el hecho de que, hasta el momento,
no haya desarrollado ningún síntoma grave y pueda disfrutar realmente de las
cosas que tengo. Y aunque, desde luego, preferiría no ser seropositivo, tengo
que admitir que eso ha transformado mi vida en algunos aspectos... y
favorablemente.
-¿De qué forma? -le pregunté.
-Bueno, siempre he mostrado tendencia a ser un consumado materialista. Durante
el pasado año, sin embargo, el hecho de haberme reconciliado con mi destino me
dio acceso a un mundo completamente nuevo. Por primera vez en mi vida he
empezado a explorar la espiritualidad a leer muchos libros sobre el tema y
hablar con la gente..., a descubrir muchas cosas que antes ni siquiera imaginaba
que existieran. Eso hace que me sienta muy animado simplemente al levantarme
por la mañana, ansiando ver qué traerá el nuevo día.
Estas dos personas ilustran una cuestión esencial: que la felicidad está
determinada más por el estado mental que por los acontecimientos externos. El
éxito puede dar como resultado una sensación temporal de regocijo, o la
tragedia puede arrojamos a un período de depresión, pero nuestro estado de ánimo
tiende a recuperar tarde o temprano un cierto tono normal. Los psicólogos llaman
«adaptación» a este proceso, y todos podemos observar cómo actúa en nuestra
vida cotidiana: un aumento de sueldo, un coche nuevo o el reconocimiento por
parte de nuestros semejantes pueden levantar nuestro ánimo durante un tiempo,
pero no tardamos en regresar a nuestro nivel habitual. Del mismo modo, la
discusión con un amigo, el tener que dejar el coche en el taller o algún
contratiempo nos deja abatidos, pero nos volvemos a animar en cuestión de días.
Esta tendencia no se limita a
ser una respuesta a hechos triviales, sino que se muestra en condiciones más
extremas de triunfo o de desastre. Las investigaciones realizadas con los
ganadores de la lotería estatal de Illinois o la lotería británica descubrieron
que el entusiasmo inicial terminaba por desaparecer y los individuos regresaban
a su estado de animo habitual. Otros estudios han demostrado que incluso
quienes se han visto afectados por acontecimientos catastróficos, como el
cáncer, la ceguera o la parálisis, suelen recuperar o aproximarse mucho a su
nivel anímico normal después de un período de adaptación.
Así pues, si siempre regresamos a nuestro nivel habitual, con independencia de
las condiciones externas que nos afectan, ¿qué es lo que determina ese nivel
habitual? Y, lo que es más importante '¿se puede modificar este y establecer un
nivel superior? Recientemente, algunos Investigadores han argumentado que el
nivel de bienestar de cada individuo está determinado genéticamente, al menos
hasta cierto punto: estudios como el que ha descubierto que los gemelos
univitelinos o idénticos (que comparten la misma dotación genética) tienden a
mostrar niveles anímicos muy similares, al margen de que fueran educados juntos
o separados, han inducido a los investigadores a postular la existencia de una
tendencia determinada biológicamente, presente ya en el cerebro en el momento
de nacer.
Pero aunque la dotación genética tuviera un papel en la felicidad cuya
importancia aún no se ha establecido, la mayoría de los psicólogos están de
acuerdo en que, al margen de ella, podemos trabajar con el «factor mental» e
intensificar las sensaciones que tenemos de felicidad. Ello se debe a que
nuestra felicidad cotidiana está determinada en buena medida por nuestra
perspectiva. De hecho, que nos sintamos felices o desdichados en un momento
determinado frecuentemente tiene que ver sobre todo con la forma de percibir
nuestra situación, con lo satisfechos que nos sintamos con lo que tenemos
actualmente.
