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Emilio Salgari
SANDOKAN
- EL REY DEL MAR CAPÍTULO PRIMERO - UNA
EXPEDICIÓN NOCTURNA
-¡Señor Yáñez, por aquel agujero de allí abajo
veo brillar una luz!
-Ya la he visto, Sambigliong.
-¿Será algún prao que esté anclado en la rada?
-No; más bien creo que se trata de una chalupa
de vapor. Probablemente, la que ha conducido hasta aquí a Tremal-Naik y a Damna.
-¿Acaso vigilarán la entrada de la rada?
-Es muy posible, amigo mío -respondió
tranquilamente el portugués, tirando el cigarrillo que estaba fumando.
-¿Podremos pasar sin ser vistos?
-¿Crees que van a temer un ataque por nuestra
parte? Redjang está demasiado lejos de Labuán, y lo más probable es que en
Sarawak no sepan todavía que nos hemos reunido. A no ser que ya tengan noticia
de nuestra declaración de guerra. Además, ¿no vamos vestidos corno los cipayos
del Indostán? ¿Y no van vestidas ahora lo mismo que nosotros las tropas del
rajá?
-Sin embargo, señor Yáñez, preferiría que esa
chalupa o ese prao no estuviera aquí.
-Querido Sambigliong, no dudes que a bordo
estarán todos durmiendo. Les sorprenderemos.
-¡Cómo! ¿Vamos a asaltar a esos marineros? -preguntó
Sambigliong.
-¡Naturalmente!. No quiero que queden a
nuestras espaldas enemigos que luego podrían molestarnos en nuestra retirada.
Dejaremos libre el camino para que el Rey del Mar no se vea precisado a venir en
nuestro socorro, teniendo, como tendría, que arrimarse a la costa. Podría dar un
encontronazo con algún escollo. Supongo que no habrá mucha gente en esa chalupa,
prao o lo que sea, y nosotros somos bastante ligeros de manos. No hay que hacer
uso de las armas de fuego: solamente deben funcionar los kriss y los parangs.
¿Me habéis entendido?
-Sí, señor Yáñez -contestaron varias voces.
-Pues entonces, ¡adelante y en silencio!
Esta conversación se sostenía a bordo de una
gran chalupa que avanzaba al impulso de doce remos y que iba ocupada por catorce
hombres, los cuales vestían el pintoresco traje de los cipayos de Sarawak: un
jubón de paño rojo, pantalón de tela blanca, un pequeño turbante, también
blanco, y zapatos de punta vuelta.
Doce de dichos hombres tenían un color de tez
muy oscuro, asemejándose mucho a los malayos, o, por lo menos, a los dayakos; En
cambio, los otros dos eran de raza caucásica, y vestían uniformes de oficiales.
Todos ellos eran gente robusta, altos y
musculosos; cerca de sus respectivos asientos llevaban carabinas de fabricación
india, pesados sables de hoja muy larga y puñales ondulados, los famosos y
temibles kriss malayos.
La chalupa, que avanzaba silenciosa y
velozmente, dirigida por Yáñez, que iba al timón, se encaminaba hacia una bahía
muy amplia que se divisaba en la costa occidental de la isla grande de Borneo,
por la parte que la bañan las aguas del golfo de Sarawak.
A pesar de que la noche era oscurísima, la
chalupa avanzaba sin ninguna vacilación, deslizándose por entre las escolleras
coralíferas que asomaban entre dos aguas, a babor y a estribor, y contra las
cuales se deshacía la resaca con prolongados mugidos.
Iba con rumbo a un pequeño punto luminoso que
se vislumbraba en el fondo de la rada, y que tan pronto se elevaba como
descendía, como si fuera zarandeado por continuas sacudidas.
Ya había penetrado la chalupa en aquella ancha
abertura de la costa, cuando el hombre blanco que iba sentado al lado de Yáñez,
y que parecía un guapo mozo de veinticinco o veintiocho años, de contextura
maciza, con la barba cortada a lo americano y que vestía el uniforme de
subteniente, preguntó:
-Capitán Yáñez, y si nos interrogan, ¿qué vamos
a contestar?
-Que llevamos víveres al fortín de Macrae -contestó
el Portugués, que había encendido otro cigarrillo. -¡Realmente, parece que
nuestra chalupa va cargada de todo cuanto Dios ha creado!
-Y así que hayamos Puesto borda con borda,
¿caeremos sobre ellos?
-Sí, señor Horward. Nosotros los piratas no
vacilamos jamás en tirarnos a fondo enseguida. Sí es una chalupa de vapor, usted
se encargará de ponerla rápidamente en presión, de ese modo los remolcaremos
enseguida, después de haber dado el golpe.
-¿Confía usted en el resultado?
-Plenamente, señor Horward. Dentro de dos
horas, Tremal-Naik y Damna estarán a bordo de nuestro buque: yo se lo aseguro.
-¡Ustedes Ion admirables!
-¡Cómo que estamos acostumbrados a correr toda
clase de peligros y aventuras! -contestó el portugués-. También ustedes los
americanos tienen buena sangre en las venas.
-¡Oh!
De aquella embarcación, que todavía no podía
precisarse bien si era un prao o una chalupa, salid una voz que gritó:
-¿Quién vive?
-¡Somos amigos, que llevamos víveres al fuerte
de Macrae!
-Tenemos orden de prohibir toda clase de
desembarco hasta que amanezca,
-¿Quién ha dado esa orden?
-El capitán Moreland, que está en el fortín
esperando a que su barco se haya aprovisionado de carbón.
-Entonces, esperaremos cerca de vosotros hasta
que amanezca.
Enseguida, volviéndose hacia el maquinista
americano y hacía Sambigliong, que estaba cerca de él, dijo, a media voz:
-No sabía que hubiese un barco por estas aguas.
¡El capitán Moreland! ¿Quién será?
-Sin duda, algún inglés que estará al servicio
del rajá de Sarawak -contestó el americano.
-¡Pues el barco se quedará sin el jefe! -dijo
Sambigliong -, ¡Le haremos prisionero junto con la guarnición del fortín!
-¡Despacio, querido! -dijo Yáñez -. En ese
fortín puede haber más gente de la que nosotros pensamos, y nuestro juego es,
sobre todo, de astucia, Además, es preciso que no sospechen nada, puesto que ahí
tenemos la chalupa encargada de aprovisionarlos,
-Eso es una verdadera suerte, señor Yáñez -dijo
el americano.
-No digo que no, ¡Mire usted si me había
equivocado! Es una chalupa de vapor y no un prao. ¡Muchachos, estad prontos!
-¡Acercaos -gritó de pronto una voz ronca -, u
os largo un metrallazo!
-¡Y asesinaréis a unos compañeros! -contestó
Yáñez -. Pero debo advertir que no soy un dayako, sino un oficial del rajá.
El hombre que había formulado la amenaza,
murmuró algunas palabras que Yáñez no pudo oír.
La chalupa estaba ya tan cerca, que se la podía
ver perfectamente, pues estaba alumbrada por un gran farol colocado en lo alto
de la chimenea.
Se trataba de una barcaza de una docena de
metros de longitud, ancha de costados, con puente y armada con un pequeño cañón,
situado en la proa. Algunos hombres vestidos de blanco, y que parecían
indostanos, por los turbantes que llevaban, estaban apoyados en la borda.
-¡Echad un cable! -dijo Yáñez, mientras que sus
malayos alzaban los remos y cogían los parangs, ocultándolos luego bajo los
bancos.
Desde a barcaza arrojaron una cuerda, y
Sambigliong, que había pasado a proa, la cogió enseguida.
-¡Listos! -susurró Yáñez a sus hombres -. ¡En
cuanto yo dé la orden, saltad a bordo!
En pocas brazadas, la chalupa se encontró al
lado de la barcaza, Yáñez y el americano pasaron rápidamente a bordo de la
segunda.
-¿Quién es el que manda aquí? -preguntó el
portugués, con voz imperiosa.
-Yo soy, señor -contestó, haciendo un saludo,
un indostano que llevaba en la manga los galones de sargento -. Usted me
perdonará, señor teniente, si he amenazado con ametrallarlos; pero el capitán
Moreland me ha dado órdenes severísimas, y no puedo permitirle que
desembarque...
-¿Dónde está el capitán?
-En el fortín.
-¿Y su barco?
-En la boca del Redjang, delante de la entrada
septentrional.
-¿Están todavía en el fortín los prisioneros?
-¿Ese hindú y su hija?
-Si -dijo Yáñez.
-Ayer estaban todavía; pero creo que tan pronto
como se haya aprovisionado de carbón el buque del capitán, los transportará a
Sarawak.
-¿Teme algo?
-Un golpe de mano de los tigres de Mompracem.
Se dice que se han lanzado al mar para hacer la guerra al rajá y a Inglaterra.
-¡Tonterías! -dijo Yáñez -. Todos han huido
hacia el norte de Borneo. ¿Cuántos hombres hay aquí?
-Ocho, señor teniente.
-¡Ríndete!
Antes de que el sargento, sorprendido, se diera
cuenta de su situación, ya el portugués le había cogido por el cuello con la
mano derecha, mientras que con la izquierda le apuntaba al pecho con una pistola
de las que llevaba al cinto. Al ver aquello, los doce tigres que componían la
tripulación de la chalupa saltaron rápidamente a la barcaza, y cayeron sobre los
otros indostanos, con los parangs levantados.
-¡El que oponga la menor resistencia, es hombre
muerto! -gritó Yáñez.
El sargento, que debía de ser hombre de valor,
trató de librarse de las manos del portugués y de sacar el sable, y gritó a su
tropa:
-¡Coged las carabinas!
Horward, el americano, que se había colocado
detrás de él, le sujetó por la mitad del cuerpo, y le hizo rodar hasta el fondo
de la barcaza, mediante una zancadilla aplicada en el momento oportuno.
Cuando vieron caer a su sargento y que los
piratas estaban dispuestos a hacer uso de los parangs, la tripulación ya no se
atrevió a moverse.
-¡Sambigliong, ata al sargento! Y vosotros,
desarmad a todos y encerradlos bien asegurados debajo del puente.
La orden fue ejecutada inmediatamente, sin que
los indostanos se resistieran.
-Ahora -prosiguió el portugués, sentándose al
lado del sargento, a quien habían atado a la amura -, si quieres salvar la piel,
hablemos un poco. Será inútil que te obstines en callar, porque nosotros
conocemos el modo de hacer que cantes, aunque fueras realmente mudo. ¿Cuántos
hombres hay en el fortín de Macrae?
-Cincuenta, contando con el capitán y un
teniente del rajá.
-¿Quién es ese sir Moreland?
-Se dice que ha sido teniente de la marina
angloindia.
-¿Y qué es lo que ha venido a hacer aquí?
-No lo sé, señor. Se cree que está en muy
buenas relaciones con el rajá de Sarawak y que goza de la protección del
gobernador de Labuán. Sólo sé que manda un hermoso barco de vapor, armado de un
modo formidable.
-¿Entonces, es inglés?
-Eso dicen -respondió el sargento -, aun cuando
es de color muy oscuro.
-¿Qué bandera enarbola su barco?
-La del rajá de Sarawak.
-¿Qué distancia hay de aquí al fortín?
-Una milla escasa.
-Te concedo la vida, y te regalaré diez libras
esterlinas. Señor Horward, usted permanecerá aquí con dos de los nuestros, y
mientras regreso, encenderá usted la máquina. Necesitaremos la barcaza dentro de
algunas horas. El resto de los hombres se embarca conmigo.
Luego, volviéndose de nuevo hacia el sargento,
añadió:
-El fortín está en una altura, ¿no es cierto?
-Frente a nosotros -contestó el indostano -. Es
la única elevación que hay en esta costa.
-Muy bien. Permanecerás prisionero hasta que
regresemos, y si estás tranquilo, te dejaremos libre en seguida. ¡Buenas noches
y buena guardia, señor Horward!
-¡Buena suerte, capitán Yáñez! -contestó el
americano.
El portugués volvió con Sambigliong y nueve
hombres más a la chalupa, y dio la señal de partida.
La embarcación se apartó de la barcaza y se
dirigió hacia la playa, que se encontraba a trescientos o cuatrocientos pasos, y
contra la cual se estrellaba la resaca, extendiéndose las olas por ella a lo
largo de un buen trecho.
Los once hombres desembarcaron y dejaron la
chalupa en seco; cambiaron los parangs por las carabinas, y cargaron con grandes
cestos, que parecían muy pesados.
-¿Estamos dispuestos? -preguntó Yáñez.
-Sí, capitán -contestaron todos.
-Dejadme hablar a mí solamente, y estad prontos
para lo que ocurra.
-Seremos mudos.
-¡Adelante, valientes! ¡Los tigres de Mompracem
no temen a los mamelucos del rajá de Sarawak!
Mientras tanto, la niebla que hasta entonces
había ocultado las estrellas, se había ido disipando, y Yáñez distinguió
inmediatamente la altura donde estaba emplazado el fortín; tanto más cuando que
el resto de la costa era una llanura.
Aquel pelotón de hombres se puso en marcha en
medio del silencio más profundo. Yáñez iba alumbrando el camino con una linterna
que había cogido de la chalupa, y cuya luz podía verse a gran distancia, dado lo
oscuro de la noche.
Por la otra parte de la duna descubrieron una
especie de sendero que serpenteaba por entre las plantaciones de índigo, y que
parecía dirigirse hacia la elevación; los tigres se internaron por aquel camino,
marchando en fila.
Veinte minutos más tarde llegaban al pie de la
minúscula colina, que apenas tendría unos doscientos metros de elevación, y en
cuya cumbre se vislumbra confusamente una especie de pequeño torreón, rodeado de
casas y del recinto fortificado.
-Sí no están durmiendo o no son ciegos, a estas
horas ya deben de haber visto la luz de mi linterna -dijo el portugués -. ¡Ah,
mí querido señor Moreland; Ya verás cómo te la juegan bien los tigres de
Mompracem Después de esto, Sandokan se encargará de tu barco, puesto que tienes
uno.
Un estrecho sendero en zigzag conducía hasta el
fortín,
Después de haber descansado un rato, para que
sus hombres reposaran, pues las cestas que llevaban eran muy pesadas, Yáñez
comenzó a subir, con el sable desenvainado.
Cuando ya estaba el pelotón a mitad de la
cuesta, se oyó una voz que gritaba, desde uno de los taludes del fortín:
-¿Quién va?
-¡El teniente Jarshon con cipayos de Sarawak,
que traen víveres para el fortín, por orden del capitán Moreland!
-¡Esperad!
Se oyeron unas voces; enseguida brillaron luces
en la empalizada, y por último, tres hombres que parecían dayakos, aun cuando
llevaban el traje típico de la India e iban armados con carabinas, se dirigieron
hacia el grupo. Uno de ellos era portador de una antorcha.
-¿De dónde viene usted, señor teniente? -preguntó
uno de los tres hombres.
-De Kohong -contestó Yáñez -. ¿El capitán
Moreland está todavía levantado?
-Ahora acaba de cenar con los prisioneros.
-¡Muy tarde se cena en Macrae!
-Es que el capitán no vino hasta después del
anochecer.
-Pues condúceme enseguida a su presencia; tengo
que comunicarle noticias muy graves.
-¡Sígame usted, señor teniente!
Yáñez se puso detrás, murmurando entre dientes:
-¡He aquí un detalle que no había previsto! Si
al verme aparecer, Tremal-Naik y Damna lanzaran de improviso un grito de
sorpresa... ¡En guardia, mi querido Yáñez! ¡Estás jugando una partida peligrosa!
El grupo atravesó un puente levadizo, dos
recintos y un gran patio descubierto, y se detuvo ante una construcción de
mampostería bastante amplia, que estaba coronada por una pequeña torre. Los
rayos de luz salían por las ventanas de la planta baja.
-Vaya usted, señor teniente: el capitán está
ahí -dijo uno de los dayakos -. ¿Doy alojamiento a los hombres que le acompañan?
-Por ahora, no; déjalos en el patio,
Envainó de nuevo el sable, aseguró las pistolas
en la faja, cambió una rápida mirada con Sambigliong, y, aparentando una calma
suprema, entró en el saloncito, iluminado por una linterna china de papel
pintado al óleo. Delante de una mesa ricamente servida se encontraban tres
personas: un capitán de marina, Tremal-Naik y Damna.
CAPÍTULO II - UN AUDAZ GOLPE DE MANO
Cuando Tremal-Naik y Damna vieron entrar a
Yáñez, vestido de aquel modo tan desusado de él, se levantaron como movidos por
un resorte, y quedaron con la boca abierta, a punto de proferir un grito de
sorpresa, que hubiera sido muy natural en aquella ocasión, pero que el audaz
portugués temía grandemente, por sus fatales consecuencias. Una rápida mirada de
éste lo detuvo a tiempo en los labios de ambos.
Por fortuna, el capitán Moreland, que daba la
espalda a la puerta y a quien se le enredó la correa del sable en el respaldo de
la silla, cuando iba a levantarse, no pudo sorprender aquella imperiosa mirada.
El portugués dio media vuelta sobre los
talones, se cuadró y llevó la diestra a la visera del casco de corcho cubierto
de franela blanca, y saludó militarmente.
El capitán era un arrogante joven de unos
veinticinco años, de elevada estatura, con ojos negros que parecían llamear, una
barba fina y negra que le proporcionaba un aspecto altivo, y la piel muy
bronceada. Diríase que le corría por las venas más sangre indostana o malaya que
europea, a pesar de la pureza de líneas de sus facciones, que eran más
caucásicas que indostanas.
-¿De dónde viene, señor teniente? - preguntó en
purísimo inglés, después de haberle mirado largamente.
-Vengo de Kohong a traer a usted víveres, de
parte del gobernador. ¿No los esperaba usted, capitán?
-Sí; había pedido provisiones, porque aquí no
es posible encontrarlas.
-Botellas y productos europeos, ¿no es eso?
-Sí, es verdad - contestó el capitán -. Pero no
era necesario que me enviaran un oficial para traerme eso: bastaba con algunos
soldados.
-No se atrevía a comunicarles las noticias que
me ha encargado que transmita a usted personalmente.
-¿Noticias?
-¡Y graves, sir Moreland!
-¿Es usted el comandante de la guarnición de
Kohong?
-Sí, capitán.
-Usted no es inglés.
-No, señor; soy español, y desde hace algunos
años estoy al servicio del rajá de Sarawak.
-¿Y qué es lo que tiene usted que decirme?
Yáñez señaló a Tremal-Naik y a Damna, que
permanecían en pie, inmóviles y llenos de asombro, pero sin pronunciar una sola
palabra ni hacer el más pequeño movimiento que pudiera poner en guardia al
capitán.
-¡Tiene usted razón! - dijo sir Moreland,
sonriendo -. ¡Son mis prisioneros!
Se volvió hacia Tremal-Naik y Damna, y les dijo
con extremada cortesía:
-Dispénsenme ustedes que me ausente por algunos
minutos.
«¡Vaya! - pensó Yáñez -. ¡No les trata como a
prisioneros, sino como a huéspedes! ¿Qué es lo que significa esto? ¡Aquí hay
gato encerrado!»
Siguió la dirección de la mirada del capitán, y
vio que la fijaba insistentemente en la muchacha, la cual bajó los ojos
ruborosamente.
«¡Ah! ¡Demonio! - pensó el portugués, arrugando
el entrecejo -. Parece que se entiende la sangre angloindia. ¡Tendría que ver!»
El capitán abrió una puerta lateral, e
introdujo a Yáñez en un gabinete muy elegante y amueblado al estilo de la India,
con ricos tapices, muebles ligeros, pequeños divanes de telas orientales con
hilos de oro, y grandes vasos de bronce con relieves colocados en los ángulos.
Una lámpara en forma de globo, un poco opaca y
de color azulado, esparcía una luz ligeramente velada sobre los tapices,
haciendo brillar sus recamados argentinos.
-Nadie puede oírnos, teniente - dijo el
capitán, después de haber cerrado la puerta con llave y haber dejado caer un
pesado cortinón de brocado antiguo.
-¿Sabe usted, capitán, que los tigres de
Mompracem han declarado la guerra a Inglaterra y al rajá de Sarawak, su
protegido? - dijo Yáñez,
-Ayer me lo comunicó el rajá por medio de un
correo - contestó sir Moreland -. Pero, ¿es que están locos?
-No tanto corno usted cree - respondió Yáñez -,
Recuerde usted que fue Sandokan el que deshizo y arrojó de aquí a James Brook,
cuando éste se hallaba en todo su auge y se creía invencible.
-¡Aquéllos eran otros tiempos, teniente! Y,
además, ¡desafiar a Inglaterra! ¿Ignoran, Quizá, que el poderío naval inglés es
temido, incluso por los Estados europeos? Esos locos harán algún crucero con sus
praos por estas aguas, y a los primeros cañonazos quedarán deshechos.
-En eso Precisamente es en lo que está usted
equivocado, sir Moreland. No es con sus veleros con lo que emprenderán la
guerra. Ayer se vio un enorme barco de vapor a veinte millas mar adentro de
Kohong, y llevaba enarbolada la bandera roja de los tigres de Mompracem.
El capitán se sobresaltó.
-¿Cómo es eso?
-Y, según parece, se dirigía hacia estas
costas.
-¿Le ha encontrado usted?
-No, capitán.
-¿Y qué es lo que vienen a hacer aquí? ¿Sabrán
que tengo anclado mi barco en la segunda boca del Redjang?
-El gobernador de Kohong cree que tratan de
asaltar el fortín de Macrae, para libertar a los dos prisioneros, y por eso me
envía para que advierta a usted que se los mande en seguida. Yo tengo el encargo
de conducirlos en la lancha de vapor que se halla estacionada en la rada.
-Están más seguros a bordo de mí barco.
-Los expone usted a los riesgos de una batalla;
sobre todo, siendo ya ahora muy dudosa la victoria. El gobernador preferiría que
usted se los enviase. Según tengo entendido, ese mismo deseo se lo ha
manifestado también al rajá de Sarawak. Dice que hay que retener, aun cuando sea
en calidad de huéspedes, a esas dos personas, para oponer así un obstáculo a la
audacia de Sandokan, e impedirle que insurreccione a los dayakos del interior,
que siguen siendo aliados suyos desde los tiempos de James Brook.
Sir Moreland permaneció silencioso durante unos
instantes, y parecía presa de una preocupación muy honda; al fin, después de
algunos momentos de silencio, dijo, con una inflexión de tono muy particular,
que no se le escapó al portugués:
-También yo tengo por eso prisioneros a
Tremal-Naik y a Damna.
Se pasó la mano por la frente, con un
movimiento nervioso, y suspiró.
-¡La fatalidad del Destino! - dijo, como
hablando consigo mismo.
Yáñez le observaba atentamente, mientras
pensaba:
«¡Qué demonio! ¿Se habrá enamorado este
angloindio de los ojos de Damna? ¡Por Dios vivo que me parece un hermoso joven,
lleno de fuego y de atrevimiento, y se me figura que es un hombre leal!
¡Probemos a ablandarle!»
Y ya en voz alta, preguntó:
-¿Qué decide usted, capitán?
-El gobernador de Kohong puede estar en lo
cierto - contestó sir Moreland, después de un breve silencio -. Los prisioneros
serían para mí un embarazo a bordo de mi barco. Además, nunca se puede saber
cómo va a terminar una batalla, sobre todo cuando esos terribles piratas andan
por medio. Tengo gran confianza en el poder y en la solidez de mi barco y en el
valor de mis hombres, que he escogido cuidadosamente, y también en la potencia
de mis cañones, que son de los más modernos; pero desconozco la fuerza de mis
adversarios, y podría tocarme la peor parte. ¿Cree usted que sabrán dónde está
mi Sambai?
-¿Es ése el nombre de la nave de usted?
-Sí - contestó el capitán.
-En Kohong se cree que el Tigre de Malasia y
Yáñez lo saben, y no dudan en que le acometerán de un momento a otro.
-Entonces confiaré a usted los dos prisioneros.
Pero, ¿me responde usted de ponerlos a salvo?
-Seguiré, la costa marchando por detrás de las
escolleras. En aquellos canales interiores hay poca agua, y el barco de los
piratas de Malasia no podrá seguirme. ¡Respondo de ellos, capitán!
-Seria mejor que aprovechase usted la oscuridad
de la noche.
-Precisamente eso mismo era lo que quería
proponer a usted - dijo Yáñez, que a duras penas contenía su alegría.
-¿Cuántos hombres tiene usted?
-Diez aquí y dos en la rada.
-Puede usted utilizar la barcaza de vapor, y de
ese modo llegarán a Kohong al amanecer.
-¿Y usted, capitán?
-Yo saldré al mar para ir en busca del Tigre de
Malasia. ¡Deseo medirme con ese hombre!
-¿Le odia usted?
-Es un pirata a quien ya es tiempo de domar -
se limitó a contestar el capitán -. ¡Sígame usted!
Abrió la puerta y volvió a entrar en el
saloncito donde todavía estaban Tremal-Naik y Damna.
-¡Prepárense ustedes para marchar! - dijo,
mirando de un modo particular a la muchacha.
-¿Adónde quiere usted llevarnos, capitán? -
preguntó Tremal-Naik.
-He recibido orden para que los conduzcan a
ustedes a Kohong.
-Pero, ¿es que alguien amenaza al fortín?
-A esa pregunta no puedo contestar.
Yáñez hizo un gesto, fingiendo aprobar lo
dicho,
Sir Moreland indicó a los dos prisioneros que
debían ir a prepararse; luego, destapó una botella, llenó dos copas y ofreció
una al portugués.
-Usted me responde de que no permitirá que los
hagan prisioneros, ¿verdad? - preguntó el angloindio, después de haber bebido su
copa.
-Si veo algún peligro, me echaré sobre la
costa, capitán - contestó Yáñez.
-Los soldados que usted trae, ¿Son gente
aguerrida?
-Son los mejores de la guarnición de Kohong.
¿Cuándo voy a tener el honor de volver a ver a usted?
-Pienso zarpar al amanecer y me dirigiré en
seguida hacia la ciudadela; a no ser que me detengan los piratas de Malasia.
Todavía no desespero de poder vencerlos.
Yáñez esbozó una ligera sonrisa irónica.
-Confío en que así será, capitán - dijo -. ¡Ya
es hora de acabar con esos peligrosos salteadores de los mares!
En aquel momento entraban en el saloncito
Tremal-Naik y Damna. El primero se había puesto un gran turbante, y la muchacha
se había echado sobre los hombros un manto de seda blanca que la envolvía por
completo.
-Les daré a ustedes escolta hasta la playa -
dijo el capitán -, aun cuando no hay nada que temer.
Al escuchar esta resolución de sir Moreland,
Yáñez frunció ligeramente el entrecejo.
-¿Piensa llevar gente consigo? - murmuró,
bastante contrariado, pero tan bajo que nadie podía oírle -. ¡Bah! Los
reduciremos a la obediencia tan pronto como estemos a la vista del mar.
Salieron todos juntos al patio, donde se
encontraban los diez piratas alineados y apoyados en sus carabinas. Cuando
vieron aparecer al capitán, presentaron armas con- tal precisión, que el propio
Yáñez quedó asombrado.
-¡Son hombres fuertes! - dijo sir Moreland,
después de haberlos mirado uno por uno -. ¡Vámonos!
Cuatro de los piratas formaron la vanguardia;
detrás se pusieron Yáñez y Tremal-Naik y en seguida, a corta distancia, Damna
con el capitán; en último término iban otros seis hombres. Los que iban delante
llevaban un farol y tres antorchas para alumbrar el camino, pues el cielo había
vuelto a cubrirse con un espeso velo de bruma que impedía que las estrellas
proyectaran esa vaga luz que despiden principalmente en la límpida atmósfera de
las regiones ecuatoriales.
Un profundo silencio reinaba en la llanura,
sobre la cual se elevaba la colina, y sólo era interrumpido por los pasos
ligeros del grupo. Incluso la resaca parecía haberse calmado, probablemente a
causa del reflujo del mar.
Yáñez iba callado; pero de vez en cuando
cambiaba una mirada con Tremal-Naik y le daba con el codo, como recomendándole
la mayor prudencia. Detrás de ellos, el capitán dirigía a la joven algunas
palabras en voz tan baja, que por más que el portugués aguzaba el oído, no
lograba captarlas.
Los piratas, por su parte, caminaban mudos como
peces, con el dedo apoyado en el gatillo de sus carabinas, y dispuestos a
lanzarse sobre el capitán a la primera orden.
Descendieron de la colina, y siguieron
avanzando por entre las plantaciones. Como la senda era muy estrecha, Yáñez
aprovechó esta circunstancia para alejarse del capitán.
-Es preciso que estés dispuesto a todo -susurró
a Tremal-Naik, tan pronto corno estuvo seguro de que no podían oírle.
-¿Y Sandokan? -preguntó en voz baja el hindú.
-Nos espera dando bordadas.
-¡A qué riesgos acabas de exponerte, Yáñez!
-Había que intentar un golpe de audacia, porque
sin vosotros no estábamos libres para dar principio a las hostilidades.
-¿Qué vas a hacer con el capitán? Te pido su
libertad, pues él personalmente no nos ha tratado como a prisioneros, sino como
a huéspedes.
-No tengo intención alguna de matarle.
Asesinarle sería una villanía. ¿Quién es ese hombre?
-Un inglés que está al servicio del rajá, y que
antes perteneció a la marina angloindia.
-¿Ese hombre inglés, con esa piel tan bronceada
y con esos ojos tan negros? No; más bien creo que es angloindio.
-Yo también he sospechado lo mismo; pero sea lo
que fuere, con nosotros se ha portado como un perfecto caballero.
-¡Silencio, ya estamos en el mar!
Pocos minutos después llegaban a la playa,
junto al lugar donde se encontraba la chalupa embarrancada en la arena. A una
distancia de tres o cuatro cables, humeaba la chimenea de la barcaza. El
maquinista americano no había perdido el tiempo.
-¡Empujad hacia el agua la chalupa! - ordenó
Yáñez.
Mientras cuatro de los piratas ejecutaban la
orden, los restantes se habían colocado en derredor del grupo formado por
Tremal-Naik, Damna y el capitán.
Sambigliong se colocó detrás de este último.
En cuanto Yáñez vio que la chalupa ya flotaba,
se acercó a sir Moreland, que estaba cerca de Damna y le tendió la mano,
diciéndole:
-¡Confíe usted en mí, capitán! ¡Pondré a salvo
los prisioneros!
Mientras pronunciaba estas palabras le apretó
con tal fuerza la mano al angloindio, que le hizo crujir los dedos y le paralizó
el brazo.
Mientras le tenla cogido de este modo para
impedir que desenvainara el sable, Sambigliong cogió al capitán por la mitad del
cuerpo y le echó al suelo.
Sir Moreland dio un grito de furor.
-¡Ah! ¡Miserables!
Los piratas se precipitaron sobre él, y en un
abrir y cerrar de ojos le ataron las manos atrás y le quitaron el sable y las
pistolas que llevaba al cinto.
En cuanto pudo ponerse en pie, pues le habían
dejado libres las piernas, hizo ademán de arrojarse sobre Yáñez, que le miraba
sonriendo silenciosamente.
-¿Qué significa esta agresión? - gritó, pálido
de ira -. ¿Quién es usted?
Yáñez se quitó el casco y saludándole con
ironía, contestó:
-¡Tengo el honor de presentarle los saludos de
mi amigo el Tigre de Malasia!
-¿Y quién es usted?
-Yáñez de Gomara, sir Moreland.
La sorpresa que le produjo al joven capitán tal
revelación fue tan enorme, que durante algunos instantes no pudo pronunciar ni
una sola palabra.
-¡Yáñez! - exclamó al fin, mirándole casi con
terror -. ¡Usted, el compañero del Tigre de Malasia!
-¡Tengo ese honor! - repuso el portugués.
El capitán volvió los ojos hacia Damna. La
jovencita no había dado el más ligero grito, ni hecho el más mínimo movimiento
durante aquella agresión imprevista. Había permanecido inmóvil y silenciosa a
cinco pasos del angloindio, aun cuando su palidez demostraba la angustia que
sentía.
-¡Si se atreve usted, máteme! - dijo,
volviéndose hacia Yáñez.
-Caballero, nos llaman piratas, pero sabemos
ser generosos; mucho más generosos que otros - respondió el portugués -. Si yo
hubiese caído en manos del rajá, a estas horas ya me hubiese fusilado, en
cambio, yo, señor, le concedo a usted la vida.
-Que yo te habría pedido - dijo Tremal-Naik.
-Y que yo no te hubiera rehusado - añadió Yáñez.
-Entonces, ¿qué es lo que quiere usted hacer
conmigo? - preguntó el capitán, apretando los dientes.
-Dejarle en libertad, señor, para que regrese a
Macrae.
-Es que tal vez se arrepienta usted de esa
generosidad, porque mañana les daré caza a ustedes con mi barco.
-Y encontrará en su camino a un adversario
digno de usted - contestó Yáñez -. Si quiere usted esperar a la tripulación de
la barcaza, aquí estará dentro de pocos minutos.
-¿Se han rendido esos cobardes?
-Los hemos sorprendido y no podían medirse con
nosotros. ¡Capitán, buenas noches y buena suerte!
-¡Nos veremos más pronto de lo que usted cree!
-¡Les esperaremos, sir Moreland! ¡Eh! ¡Embarcaos!
Tremal-Naik cogió de una mano a Damna, que no
había dicho una palabra, y la llevó dulcemente a la chalupa, donde la hizo
sentarse a popa; después se embarcaron los demás.
Mientras tanto, el capitán se paseaba
nerviosamente por la playa, tratando de romper las ligaduras que le sujetaban
las manos.
La chalupa se dirigió rápidamente hacia la
barcaza, cuya chimenea seguía humeando, y que tenía encendido el farol de la
proa.
Después de haber estrechado la mano del
portugués y de haber dado las gracias con una sonrisa, Damna habla apoyado un
codo en la borda de popa, y miraba, fijamente a la playa.
El capitán había cesado de pasear. Erguido
sobre una pequeña duna, miraba cómo se alejaba la chalupa; aunque no era
ciertamente la barca lo que miraba.
-Y bien, Tremal-Naik; ¿qué me dices de este
golpe de audacia? - preguntó Yáñez, riendo.
-¡Que eres el demonio! - contestó el hindú -.
No dudaba de que algún día vendrías a rescatarnos; pero nunca creí que fuese tan
pronto. ¿Cómo habéis sabido que nos habían conducido a Macrae?
-Lo supimos en Labuán. Después te contaré todo
cuanto ha sucedido desde que os hicieron prisioneros. Por ahora tan sólo te diré
que poseemos uno de los más poderosos navíos del mundo, y que nos disponemos
para hacer la guerra al rajá de Sarawak y a Inglaterra, porque queremos
vengarnos de que nos hayan arrojado de Mompracem.
-¿Os atrevéis a tanto?
-Y además debo añadir otra cosa, que va a
dejarte asombrado.
-¿Cuál?
-Que aquel peregrino que nos dio tanto quehacer
era un emisario del hijo de Suyodhana.
-¿Qué dices?
-En cuanto estemos a bordo del buque te lo
explicaremos mejor. Ahora dime si hubieras pensado jamás en que Suyodhana
tuviera un hijo.
-Jamás he oído decir eso; ni tampoco se me
habría ocurrido pensarlo, porque el jefe de los thugs no podía tener mujer.
¡Entonces él ha sido el que desde un principio nos ha traído esta guerra!
-En la que le apoyan Inglaterra y el rajá de
Sarawak.
-¿Y cómo es posible que los ingleses dispensen
su protección al hijo de un thung para que venga a luchar contra nosotros, que
hemos librado a la India de esa plaga que la deshonraba?
-Eso es un misterio que todavía no hemos
logrado esclarecer.
-¿Y dónde está ese hombre?
-Eso es otro misterio, querido Tremal-Naik.
Esperemos a ver si le encontramos para hacer con él lo que hicimos con su padre.
¡Señor Horward!
La chalupa había llegado junto a la barcaza, y
el americano subió a la cubierta.
-¿Todo ha salido bien, señor Yáñez?
-Mejor no era posible. ¿Está la máquina en
presión?
-Desde hace una hora.
-¿Y los prisioneros?
-Parecen conejos.
-¡Muchachos, a bordo!
Ayudó a subir a Damna a la barcaza y tras ellos
subieron todos.
-¡Apresurémonos! -dijo Yáñez.
Mandó desatar uno a uno a los indios que
componían la tripulación de la barcaza, deslizó en el bolsillo del sargento un
puñado de libras esterlinas y les ordenó trasladarse a la chalupa mientras les
decía:
-El capitán Moreland os espera en la playa.
Saludadle en mi nombre y dadle las gracias por la barca de vapor que me ha
regalado. Señor Horward, a todo vapor.
El americano hizo silbar la máquina repetidas
veces, como si se despidiese irónicamente de los hombres de la chalupa, y una
vez levada el ancla, la barcaza bogó con rapidez hacia la salida de la bahía.
Yáñez confió la barra del timón a Sambigliong y
se fue hacia la proa para colocarse junto a Tremal-Naik, que sondeaba
atentamente las tinieblas, procurando descubrir el buque de Sandokan, que debía
de estar surcando las aguas a poca distancia de la costa.
Como llevaba todas las luces de a bordo
apagadas, no resultaba fácil poder divisarlo.
-Se habrá ido mar adentro, a no ser que durante
mi ausencia haya ocurrido alguna novedad - dijo Yáñez a Tremal-Naik, que le
interrogaba -. Hemos sabido por un prao que venía a Labuán, que una escuadrilla
de cruceros había salido del puerto de Victoria con la intención de darnos caza.
-¿La habrá encontrado Sandokan?
-Hubiéramos oído los cañonazos. Además,
Sandokan no es hombre que se deje sorprender, sobre todo con el barco que ahora
posee. ¡Allá veo espumear algo!
¡Es nuestro buque, no hay duda! ¡Señor Horward,
cargue usted las válvulas!
La barcaza, que funcionaba estupendamente,
avanzaba con gran rapidez sobre el oscuro mar, dejando a popa una estela que a
veces era luminosa por efecto de un principio de fosforescencia.
De pronto una enorme mole que se deslizaba
sobre el agua con un sordo fragor, apareció ante la chalupa de vapor cortándole
el camino, y una voz formidable gritó:
-¡Apuntad el cañón de proa!
-¡Alto! -ordenó Yáñez con rapidez-, ¡Eh,
Sandokan, echa la escala! ¡Son los tigres de Mompracem que vuelven!
La barcaza, que había moderado la marcha,
abordó a la enorme embarcación muy cerca del costado de estribor, bajo la escala
que había descendido de un solo golpe.
CAPÍTULO III - UN COMBATE TERRIBLE
Sandokan esperaba a Yáñez y a sus compañeros
situado en lo alto de la escala y al lado de una bellísima jovencita de cutis
ligeramente bronceado, facciones dulces y finas, ojos negrísimos y cabello largo
y trenzado con cintas de seda. Vestía el traje pintoresco de las mujeres de la
India.
Algunos hombres de color aceitunado y con la
divisa blanca de la marina de guerra, alumbraban la escala con grandes
linternas.
Yáñez, que fue el primero que subió a la
toldilla, tendió en seguida una mano al terrible pirata y otra a la joven
indostana.
-¿Nada? - preguntó con ansiedad el Tigre de
Malasia
-¡Míralos! - respondió Yáñez.
Sandokan profirió un grito y se lanzó hacia
Tremal-Naik, mientras que Damna se echaba en los brazos de la joven indostana,
exclamando:
-¡Surama!. Creí que no volvería a verte más!
-¡A la cámara, queridos amigos! - dijo Sandokan
después de haber abrazado al hindú y de haber besado a Damna en las mejillas -.
¡Tenemos mil cosas que contaros!
-Un momento, Sandokan - dijo Yáñez,
deteniéndole -. Manda poner la proa al Norte, y marchemos a poco vapor buscando
la segunda boca del Redjang. Hay un leopardo negro que nos espera allí y que si
no le acometemos, estropeará nuestros planes. Se dice que es muy fuerte.
-¿Un barco?
-Sí, que a estas horas estará preparándose para
darnos caza.
-¡Ah! - dijo Sandokan, sin dar demasiada
importancia al aviso -. ¡Mañana nos desembarazaremos de ese importuno!
Llamó a Sambigliong y al jefe de máquinas, y
después de haberles dado algunas instrucciones, bajó al elegante saloncito de la
cámara con Tremal-Naik, Damna y Surama, que se apoyaba dulcemente en Yáñez, su
sahib blanco.
En cuanto se hubo enterado del éxito de la
expedición y le hubo explicado a Tremal-Naik todo cuanto había sucedido después
del combate realizado en las costas de Borneo, lo de la adquisición del buque
americano y la declaración de guerra lanzada a un tiempo contra la desagradecida
Inglaterra y contra el sobrino de James Brook, añadió:
-Ya no son las escuadras inglesas, que no
tardarán en alcanzarnos, ni la flotilla del rajá de Sarawak, lo que me inquieta:
es el misterio que rodea al hijo de tu antiguo enemigo, mi querido Tremal-Naik.
¿Dónde se es conde ese hombre, que ha dado una prueba tan considerable de su
poderío, destruyendo tus plantaciones y tus posesiones por obra del peregrino?
¿Cuándo nos acometerá Yo no temo a nadie y, sin
embargo, ese hombre, a quien no hemos visto jamás, que no sabemos dónde se halla
ni lo que prepara, me preocupa más que la presencia de una escuadra inglesa.
-¿No habéis recogido ninguna noticia acerca de
él? - preguntó Tremal-Naik, que parecía tanto o más preocupado que el formidable
pirata.
-Hemos interrogado durante nuestra caminata
hacia el Sur a varias personas y detenido a algunos veleros de Sarawak; pero no
hemos logrado saber dónde está ese hombre.
-¡No será un espíritu!
-Alguna vez habremos de verle la cara - dijo
Yáñez -. Si quiere hacer la guerra y vengar la muerte de su padre, no podrá
permanecer escondido eternamente.
-Y mientras tanto, ¿qué es lo que piensas
hacer, Sandokan? -preguntó Tremal-Naik.
-Pues pienso comenzar las hostilidades dando la
bar talla a ese barco que se halla anclado en la boca del Redjang. ¡Ya que hemos
declarado la guerra, demostremos que la hacemos de veras!
-¿Quiere usted echarle a pique? -preguntó
Damna, en un tono que sobresaltó a Yáñez.
-Le destruiré, Damna -repuso Sandokan
fríamente.
El portugués, que la miraba con gran atención,
vio que palidecía y que un tenue suspiro se escapaba de su pecho; pero esto fue
todo, porque la joven no opuso la menor objeción a la terrible sentencia de
muerte que el formidable pirata había dictado contra el barco de sir Moreland.
Se levantaron todos para subir a cubierta.
Surama cogió de una mano a Damna y le dijo:
-Dejemos a los hombres que hagan lo que tengan
que hacer. Vente conmigo a mi camarote. He mandado que te dispusieran una camita
muy linda, porque estaba segura de que muy pronto volvería a verte.
La hija de Tremal-Naik contestó sólo con una
sonrisa, y la siguió al interior de la cámara.
Cuando Sandokan, Tremal-Naik y Yáñez pisaron la
cubierta, ya todos los tripulantes se hallaban en sus puestos de combate, pues
Sambigliong habla advertido a los tigres de Mompracem que el crucero se disponía
a acometer a un gran barco enemigo.
Los faroles de posición estaban encendidos e
iluminadas las baterías, El personal del timón se había reforzado. Los cuatro
grandes cañones de caza, cargados ya y dispuestos en batería a proa y popa
dentro de torres giratorias defendidas por planchas de hierro de gran espesor,
esperaban para lanzar bocanadas de muerte.
Un golpe de viento dispersó nuevamente las
nubes amontonadas en el cielo, y las arrojó hacia el Sur; las estrellas, que
habían reaparecido, difundían una vaga claridad sobre las negras aguas del
amplio golfo de Sarawak y podía distinguirse, gracias a aquella claridad,
cualquier barco, aunque navegara con las luces apagadas.
El Rey del Mar marchaba a poca presión, con
objeto de no consumir demasiado combustible, y para economizar todavía más,
Sandokan había mandado desplegar las velas bajas del trinquete y del palo mayor,
pues el viento era favorable y bastante fresco. El pirata, siguiendo los
consejos del capitán americano, se había hecho sumamente ahorrativo en lo
referente al consumo del combustible, puesto que, después de su declaración de
guerra, no podía aprovisionarse en ningún puerto, por cuya causa no utilizó más
que las velas en su travesía desde Labuán al golfo de Sarawak, maniobra muy
familiar para sus hombres, aun cuando muchos de ellos ya habían aprendido
también el servicio de las máquinas con los americanos que permanecieron a
bordo.
Yáñez y Tremal-Naik, apoyados en la amura de
proa, en cuya parte alta había defensas circulares para resguardar a los
fusileros miraban atentamente al horizonte, en tanto que Sandokan efectuaba una
visita a las baterías y a los cañones para comprobar que todo estuviera en
orden.
Por Levante aparecían confusamente las costas,
que se elevaban cada vez más, conforme iban aproximándose al escarpado y
altísimo promontorio de Sirik, que cierra por Occidente el golfo de Sarawak. Aun
cuando por aquellos lugares se encontraba la ciudadela de Redjang, no se veía
brillar luz alguna.
De este modo transcurrió la noche, explorando
continuamente sin resultado alguno; pero apenas comenzó a clarear el día, cuando
se oyó de pronto la voz del vigía instalado en la cruceta del trinquete, que
gritaba con toda la fuerza de sus pulmones:
-¡Humo a Levante!
Yáñez, Tremal-Naik y Sandokan subieron
rápidamente las escaleras de babor del trinquete, se elevaron hasta la cofa y en
seguida vieron a lo lejos, donde el mar parecía confundirse con el firmamento,
alzarse un pe. nacho de humo en la límpida y transparente atmósfera matutina
-Viene de la boca del Redjang -dijo Yáñez -.
¡Apuesto un cigarro contra cien libras esterlinas a que ése es el barco de sir
Moreland!
-¿Has visto tú ese barco? -preguntó Sandokan a
Tremal-Naik.
-No -contestó el hindú -; pero me dijeron que
estaba completando su cargamento de carbón en la segunda boca del Redjang.
-¡Cómo! ¿Hay allí algún depósito de
combustible?
-He oído hablar de un prao que le enviaban a
Sarawak cargado de carbón. En aquella playa no debe de haber ni siquiera una
miserable aldea,
-¡Qué lástima! -dijo Sandokan
-Pero también he oído decir que hay uno en la
boca del Sarawak, Ese depósito se halla en una isleta, y allí es donde se
aprovisiona la escuadra del rajá.
-¿Quién te lo ha dicho?
-Sir Moreland.
-Pues si ya la escuadra del rajá, también
podemos ir nosotros; ¿verdad, Yáñez?
-¡Y sin tener que pagarlo! -contestó el
portugués, que jamás vacilaba por nada -. Mira ya comienza a verse la proa.
Vienen hacía nosotros, Sandokan, y a toda máquina. También ellos han debido ver
el humo de nuestro barco.
Sandokan sacó del bolsillo un anteojo, lo
alargó cuanto era posible, y lo dirigió hacia la nave, cuyo casco ya comenzaba a
verse, incluso a simple vista.
-Efectivamente -dijo -; es un hermoso buque,
parece un crucero de gran tonelaje. Veo muchos hombres a bordo.
-¿Vienen hacia nosotros? -preguntó Yáñez.
-Y creo que a tiro forzado. Tiene miedo de que
nos escapemos. ¡No, querido mío, no tenemos deseos de huir! ¡Aquí vamos a dar
comienzo a las hostilidades! ¡Lo echaremos a pique!
-¡Lo siento por el capitán! -dijo Tremal-Naik
-. ¡Atenúa el daño en obsequio a la hospitalidad que nos dispensó!
-¡Hospitalidad dorada, pero sin libertad! -dijo
Yáñez.
-¡Preparémonos! -dijo Sandokan.
Descendieron a la cubierta, donde se
encontraron con Damna y Surama, que subían en aquel instante de su camarote,
-¿Nos atacan, sahib mío? -preguntó Surama a
Yáñez.
-Y dentro de poco hará mucho calor aquí, Surama
-contestó el portugués.
-Venceremos nosotros, ¿no es cierto?
-Lo mismo que vencimos a los thugs de
Suyodhana.
-¿Es el barco de sir Moreland? -preguntó Damna
con alguna ansiedad, que no se le escapó al astuto portugués.
-Lo suponemos.
En seguida la cogió de un brazo, y llevándola
hacia la torre de proa, le preguntó sonriendo:
-¿Qué es eso, Damna? Esta es la tercera vez que
al oír hablar del capitán parece que te conmueves.
-¡Yo! -exclamó la muchacha, ruborizándose
ligeramente -. ¡Se ha equivocado usted, señor Yáñez!
-¡Por Júpiter! ¡A lo que parece, la vejez me ha
debilitado la vista!
-¡Oh, no, todavía ve usted muy bien!
-¿Entonces... ?
Damna volvió la cabeza hacia el mar, fijó la
mirada en el barco enemigo, que forzaba la marcha y dijo:
-¡Es un gran barco!
-Que no valdrá tanto como el nuestro -contestó
Yáñez.
-Oblíguenle ustedes a que se rinda en lugar de
echarlo a pique. Podría serles útil.
-Si el que manda ese buque es sir Moreland, no
arriará la bandera. Aun cuando sea joven, ese hombre debe de ser un valiente, y
se batirá mientras quede en pie un solo hombre de su tripulación.
-¿Y no le van a dar ustedes cuartel?
-Cuando el barco se hunda, procuraremos salvar
a los supervivientes; te lo prometo, Damna. Retírate al camarote con Surama, que
van a empezar a llover granadas.
La voz potente y sonora como un clarín del
Tigre de Malasia, resonó en el puente en aquel momento:
-¡Jefe de máquinas, a todo vapor! ¡Dispuestos
para hacer fuego de costado! ¡Los fusileros detrás de las aspilleras!
El barco enemigo, que debía de poseer máquinas
poderosas, se hallaba ya a unos dos mil metros, y se dirigía en línea recta
sobre el Rey del Mar, de los tigres de Mompracem, cual si tuviese intención de
darle un espolonazo, o por lo menos de abordarle.
Se trataba de un hermoso crucero. Enarbolaba
tres mástiles y tenía dos chimeneas. Parecía que iba armado de un modo
formidable, a juzgar por el número de sus portas y por los cañones que se velan
en la cubierta; pero carecía de torres blindadas como las que protegían a los
tigres de Mompracem.
Detrás de las amuras y hasta en las cofas, se
velan muchos fusileros y varios oficiales en el puente de mando.
-¡Ah! -dijo Sandokan, que lo contemplaba
tranquilamente -. ¿Quieres ser el primero en medirte con los tigres de
Mompracem? ¡Pues estamos dispuestos a recibirte!
Mientras las dos jovencitas abandonaban a toda
prisa la cubierta y se refugiaban en la cámara de popa, Yáñez y Tremal-Naik se
retiraron a la torrecilla de órdenes, desde donde podían ponerse en comunicación
con el personal de las máquinas.
Los artilleros americanos, juntamente con los
mejores tiradores malayos, esperaban detrás de sus respectivas piezas, empuñando
las correas de hacer fuego.
De repente resonó en el ámbito del mar una
detonación, y una bocanada de fuego salid de una de las dos piezas de proa del
crucero, Se oyó un silbido ronco, y en seguida se elevó una llama en el borde de
la primera torrecilla de babor del Rey del Mar, mientras que los cascos pasaban
silbando por encima de los fusileros, replegados detrás de la amura.
-¡Una granada de doce pulgadas! -exclamó Yáñez
-. ¡Buen tiro!
Nuevamente se dejó oír la voz de Sandokan:
-¡Artilleros, ya no os detengo más!
Relampaguearon a un mismo tiempo las dos piezas
de caza de proa y las de la batería de estribor, que al encontrarse a tiro,
tronaron también con un estruendo tal, que retembló todo el buque.
El crucero, que ya había ganado otros
quinientos metros y que maniobraba presentando al enemigo su costado de babor,
contestó seguidamente.
Comenzaban a llover balas y granadas sobre
ambos barcos, golpeando rudamente los costados de hierro, arrancando astillas a
los puentes, chamuscando los penoles e hiriendo a la marinería.
Al reventar, las granadas lanzaban a lo alto
chorros de fuego que amenazaban a cada instante incendiar la arboladura.
Los fusileros, a su vez, tendidos detrás de las
amuras, habían comenzado a disparar, menudeando las descargas.
Los dos barcos se hallaban envueltos por una
espesísima nube de humo, surcada a intervalos por relámpagos, y el estruendo era
tan enorme, que apenas podían oírse las voces de mando.
El barco americano, mejor protegido, mejor
artillado, mucho más rápido y tripulado, además, por unos hombres que habían
encanecido entre el humo de los combates, llevaba ventaja a su adversario. Su
poderosa artillería castigaba de un modo terrible al crucero, inundándole de
fuego y de hierro, demoliendo su obra muerta, matando a sus hombres y abriéndole
en el casco enormes boquetes.
En vano aquella nave, que había creído
aniquilar fácilmente a los piratas de Mompracem, hacía esfuerzos sobrehumanos
para dar la réplica a aquel auténtico huracán de hierro que caía con horrible
estruendo sobre sus puentes, y hacía considerables estragos entre los artilleros
y los fusileros de la cubierta. Sus balas rebotaban en las planchas metálicas
del Rey del Mar, y sus granadas no lograban destruir las torres blindadas,
dentro de las cuales disparaban sobre seguro los artilleros de Mompracem, bajo
la dirección de los jefes de cañón americanos.
Cuando Sandokan se percató de la completa
inutilidad de los fusileros, tan indispensables en los praos pero no en esta
otra clase de barcos, los mandó que se retiraran bajo cubierta, ordenando,
además, dirigirse al crucero para darle el último golpe.
El Rey del Mar, casi incólume, a pesar del
furioso e ininterrumpido cañoneo de su enemigo, se lanzó hacia adelante,
describiendo un enorme semicírculo en torno al crucero del enemigo, que entonces
se había detenido.
Cuando se hallaba a una distancia de
cuatrocientos metros aproximadamente, le hizo una terrible descarga de andanada
con las piezas del puente y las de babor, dejándole raso como un pontón.
Las dos chimeneas cayeron destrozadas, sobre la
cubierta, derribadas por dos granadas que estallaron en su base.
-¡Esto se acabó! -dijo Yáñez -. ¡Intimidémosle
a la rendición!
-¡Si es que se rinde! -contestó Sandokan.
Esperó a que el viento aclarase el humo, y
luego mandó izar en el pico del palo mayor la bandera blanca. La contestación
fue una andanada que tiró por tierra a la mitad de los timones del Rey del Mar.
-¿Es que no tenéis bastante todavía? -gritó
Sandokan -. ¡Echadle a pique! ¡Fuego! ¡Fuego sin piedad!
Inmediatamente volvió a reanudarse por ambas
partes el cañoneo, y siguió en aumento de un modo espantoso. El Rey del Mar
continuaba dando vueltas rápidamente en derredor del desgraciado crucero, que se
deshacía materialmente bajo la lluvia de proyectiles que le enviaba su enemigo.
El barco americano lograba maravillas. Parecía
un volcán en erupción dispuesto a destruirlo todo,
Por su parte, el crucero oponía una resistencia
verdaderamente heroica a pesar de que ya no era otra cosa que un montón de
ruinas. Sus dos piezas de cubierta, desmontadas por aquella granizada de
proyectiles ya no contestaban.
El puente estaba inundado de muertos y de
heridos, mezclados con trozos de obra muerta, con penoles partidos, con pedazos
de aparejos y de cordaje, caídos de la arboladura bajo las descargas de metralla
enviadas por Sandokan.
Regueros de fuego corrían de proa a popa,
iluminando el mar de un modo sobrecogedor, y por los contracantiles de babor y
de estribor salían chorros de sangre.
El barco se deshacía por momentos bajo los
golpes furiosos, mortales, del Rey del Mar.
-¡Basta! -gritó de pronto Yáñez, que asistía a
tanto estrago desde la torre de órdenes -. ¡Alto el fuego! ¡Al mar las chalupas!
Sandokan, que contemplaba la escena fría,
impasible y terriblemente, se volvió hacía el portugués y le dijo:
-¿Qué es lo que ordenas, hermano?
-¡Que cese la matanza!
El Tigre de Malasia vaciló durante unos
instantes y después repuso:
-¡Tienes razón: salvemos a los supervivientes!
¡Esos hombres y sobre todo su comandante, son unos héroes! ¡Rápido! ¡Al agua las
chalupas!
CAPÍTULO IV - SIR MORELAND
La agonía del crucero había dado comienzo; y
era una agonía terrible, espantosa.
Aquel coloso, completamente envuelto en humo,
agotaba inútilmente las escasas fuerzas que le quedaban, tratando aún de asestar
un golpe mortal al formidable adversario que le había vencido y le disparaba los
últimos tiros de su artillería.
Aquella espléndida nave, que sería
probablemente la unidad más fuerte de la escuadra del rajá de Sarawak, ya no era
más que un informe montón de ruinas, que las llamas iban devorando lentamente
mientras que el agua la invadía por todas partes para arrastrarla a los
profundos abismos marinos.
Sus flancos, hechos astillas por las granadas y
los obuses del potente navío americano, parecían cribas; sus amuras y mástiles
ya no existían; sus baterías no ofrecían refugio alguno a los últimos
supervivientes.
Enormes llamas irrumpieron a través de las
escotillas y de las grietas de cubierta con furioso ímpetu, y se alargaron
espantosamente en medio de un inmenso fragor, y lanzando al aire nimbos de
chispas y densas nubes de humareda, que formaban como un gigantesco toldo sobre
el barco.
El crucero se hundía poco a poco, cabeceando y,
sin embargo, sus artilleros no cesaban de disparar con las últimas piezas que
todavía quedaban en batería y sus fusileros, que habían quedado reducidos a
menos de la mitad, hacían un fuego vivísimo y saltaban como tigres a través de
la cubierta invadida por las llamas, animándose con salvajes hurras.
A pesar del fuego de la nave semihundida, fuego
mal dirigido a causa de la excitación de los tiradores, la chalupa de vapor y
las tres balleneras del Rey del Mar habían sido echadas rápidamente al agua para
recoger a los últimos supervivientes en el momento en que el barco se fuese a
pique.
Yáñez tomó el marido de la barcaza, que
tripulaban catorce remeros por falta de tiempo para encender las calderas;
Sambigliong mandaba la otra,
-¡Apresúrate, Yáñez! -había gritado Sandokan.
Damna y Surama, que habían subido a cubierta al
ver que las llamas envolvían a la desgraciada nave, gritaban:
-¡Sálvelos! ¡Sálvelos usted, señor Yáñez! ¡Que
se ahogan!
Las chalupas emprendieron rápidamente la
marcha, dirigiéndose hacia el crucero. Los pocos hombres que todavía quedaban
sobre él, al ver que sus adversarios acudían en su socorro, cesaron de disparar
y empezaron a arrojarse al agua para escapar de las llamas y evitar el peligro
de volar por los aires cuando estallara el buque.
La barcaza fue la primera que llegó junto al
crucero. Yáñez, sin hacer el más mínimo caso del humo ni de la lluvia de
chispas, subió rápidamente por la escala que habían echado, y se lanzó hacía el
puente de órdenes, seguido por media docena de malayos.
Ante todo quería salvar a sir Moreland, si es
que le habían respetado las granadas del Rey del Mar,
Iba abriéndose paso por entre los fragmentos de
toda clase y los cadáveres que obstruían la cubierta, cuando de pronto hizo
explosión la proa, arrojándolos a todos en el agua.
El golpe fue tan violento que Yáñez, que había
ido a parar cerca de una de las balleneras, se desvaneció. Afortunadamente, los
malayos le vieron caer y tuvieron tiempo de cogerle casi en el acto y de
llevarle a la barcaza que se había acercado.
Abierto por la proa, el crucero se iba a pique
rápidamente. Sambigliong y los hombres de la chalupa que habían subido a bordo,
descendían a toda prisa, conduciendo a varios heridos que, con grandes riesgos,
habían podido sustraer a las llamas.
La nave se hundía. Desaparecieron sus amuras y
las olas invadieron bruscamente la cubierta, limpiándola desde popa a proa y
apagando de golpe las llamas.
La barcaza y las balleneras huían a fuerza de
remos, mientras que en derredor del buque se ensanchaba un gigantesco remolino.
La bandera de Sarawak fue lo último que brilló,
iluminada por el sol; resplandecieron durante un instante sus colores y en
seguida desapareció en el abismo.
¡Todo había concluido! El crucero descendía
entre los mugidos del inmenso vórtice en busca del insondable fondo del golfo.
Las cuatro chalupas, que habían huido a tiempo
de la succión ejercida por el buque en su inmersión, que fue cubierto en el acto
por una enorme ola que se extendió, con mil ruidos, sobre la superficie del
océano, regresaban apresuradamente hacia el Rey del Mar, que aguardaba a
quinientos metros de distancia del lugar del desastre.
Las aguas del golfo se llenaron de restos del
barco hundido y de cadáveres. .
Cajas, barriles y trozos de velamen flotaban en
todas direcciones.
Sambigliong se ocupaba en reanimar al
portugués, mientras otros se afanaban en derredor de un oficial joven, a quien
habían salvado en el preciso momento en que el crucero iba a desaparecer, y que
parecía gravemente herido, pues llevaba la chaqueta empapada en sangre.
Por fortuna, Yáñez no había sufrido lesión
alguna. Lo que le habla aturdido principalmente fue la Imprevista voladura y el
estallido de la explosión.
Efectivamente, al primer sorbo de ginebra que
le hizo beber el malayo, volvió en sí y abrió los ojos.
-¿Cómo se siente usted, señor Yáñez? -le
preguntó, sobresaltado, Sambigliong.
-Estoy medio deshecho; pero me parece que no se
me ha roto nada -contestó el portugués, tratando de esbozar una sonrisa -. ¿Y el
barco?
-Se ha ido a pique.
-¿Y sir Moreland?
-Aquí viene en la ballenera. Hemos podido
salvarle por verdadero milagro.
Yáñez se levantó sin necesidad de la ayuda del
malayo.
El joven comandante del crucero yacía en el
fondo de la barcaza, con el pecho al descubierto, muy pálido, manchado de sangre
y con los ojos cerrados.
-¡Muerto! -exclamó.
-No, no está muerto; pero la herida que tiene
en el costado debe de ser grave.
-¿Quién le ha herido? -preguntó Yáñez con
ansiedad -. ¿Tú, Sambigliong?
-¿Yo? ¡No, señor Yáñez! La explosión ha sido la
que le ha puesto en este estado. Y probablemente será algún casco de granada el
que le haya producido la herida.
-¡Pronto! ¡A bordo!
-Ya hemos llegado, señor Yáñez.
Las cuatro chalupas abordaron al Rey del Mar
cerca de la escala, que pendía desde hacía ya algún tiempo.
Hicieron sitio a la barcaza.
Dos hombres cogieron con sumo cuidado al
comandante de la nave hundida, que seguía desvanecido y comenzaron a subir con
grandes precauciones, seguidos por Yáñez y catorce marineros del crucero, únicos
supervivientes arrebatados a las olas.
Sandokan, que con tanta impasibilidad había
asistido a la destrucción del buque enemigo, los esperaba en lo alto de la
escala.
Al ver al capitán y a los marineros del rajá,
se quitó el turbante y dijo con voz grave:
-¡Honor a los valientes!
En seguida estrechó en silencio la mano de
Yáñez.
Damna, que, junto con Surama, se hallaba a
algunos pasos de distancia, muy pálida, profundamente emocionada por la horrible
escena que se había desarrollado ante sus ojos, se adelantó hacía los marineros
que transportaban al desgraciado comandante.
-¿Ha muerto? -preguntó con voz abogada.
-No -contestó Yáñez -; pero según parece la
herida es grave.
-¡Ay, Dios mío! -exclamó la joven.
-¡Silencio! -dijo Sandokan -. ¡Abrid paso al
valor desgraciado! ¡Que lleven al comandante a mi camarote!
Con un gesto que no admitía réplica, detuvo a
Damna y a Surama, y siguió a los marineros hasta la cámara, acompañado por Yáñez
y Tremal-Naik.
El médico de a bordo, que era americano y que
lo mismo que los maquinistas y los cabos de cañón, había aceptado las
proposiciones que le había hecho Sandokan para que continuase en el barco hasta
que terminase la campaña, acudió inmediatamente.
-¡Venga usted, señor Held! -le dijo Sandokan -.
¡Me parece que el comandante del crucero está muy grave!
-Haremos cuanto sea posible para salvarle
-contestó el americano.
-Cuento con la ciencia de usted.
Entraron en el camarote, donde habían ya
depositado a sir Moreland sobre el rico lecho del pirata.
-Esperad en el corredor hasta que yo os avise
-dijo Sandokan a los dos marineros -, y decid a los enfermeros que estén
preparados para venir en cuanto se les llame.
El médico desnudó completamente a sir Moreland.
No tenía más que una herida en un costado; pero era horrible,
El proyectil que se la causó, probablemente un
casco de granada, había magullado y rasgado la carne, formando un hondo surco,
que tenía más de veinte centímetros de largo.
La sangre se escapaba a borbotones por la
herida, amenazando con desangrar rápidamente a aquel desdichado,
-¿Qué pina usted, señor Held? -preguntó Yáñez,
mirándole como sí quisiera adivinar su pensamiento.
-La herida es más dolorosa que grave -respondió
el médico -. Ha perdido mucha sangre; pero este inglés es robusto.
-¿Puede usted asegurarme que curará?
-Aseguro a usted que no corre peligro la vida
de este hombre.
Sandokan permaneció unos momentos silencioso,
mirando el cadavérico rostro del inglés; después, y como si hablara consigo
mismo, dijo:
-¡Es mejor así! Ese hombre puede resultarnos
útil algún día.
Iba a salir de la habitación cuando el herido
exhaló de pronto un profundo suspiro, al que siguió un gemido ronco.
El doctor habla puesto sus manos sobre la
herida para unir sus bordes, y cuando sintió aquella presión, el comandante del
crucero se estremeció; después abrió los ojos.
Echó en derredor una mirada opaca, deteniéndola
primero en el doctor y luego sobre Yáñez, que estaba al otro lado de la cama.
Abrió los labios y murmuró apenas con voz casi
imperceptible:
-¡Usted!
-¡No hable, sir Moreland, no hable! -dijo el
portugués. ¡Se lo prohibe el doctor!
El comandante hizo un gesto negativo con la
cabeza, y haciendo acopio de todas sus fu |