El Rincón de Saya

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La señora Kathia

 

           Hacía tiempo ya que buscaba un departamento, no eran muchas sus pretensiones y tampoco lo era su dinero. A decir verdad, esa mañana con pocas ganas tomó el Diario y ojeó los clasificados; de pronto se sorprendió, un aviso destacado ofrecía una casa: “Casa de cinco habitaciones y dos baños, con dependencias de servicio $100 y algún requisito a cumplimentar”. Primero le pareció una broma, pero luego tomó su cartera y salió; en su mente pasaban los otros avisos “$350 por mes, un ambiente, con Te. Luminoso”, etc. No, no podía ser.

Llegó al fin, la casa era hermosa, con el frente totalmente de mármol y se encontraba en Belgrano. Con cierta indecisión abrió la verja de hierro forjado y tocó el timbre. Un hombre muy atento la hizo pasar, por dentro la casa estaba totalmente amoblada en estilo señorial y muy cuidada. Las arañas de alabastro y cristal de roca, semejaban una catarata de diamantes. No podía creerlo, el vendedor seguía hablando, no era una broma, realmente se alquilaba por cien pesos. Lo extraño era que no había otras personas interesadas, entonces recordó los requisitos.

En el momento en que iba a preguntar, de una puerta que parecía venir de un sótano apareció una viejecita encorvada de cabellos canos, al verla el vendedor se apresuró a presentarla y dijo: ¡Ah! Le presento a la Sra. Kathia, le dijo algo en su idioma que no entendió y se retiró. A Denisse le pareció haber notado una cortada sonrisa en el rostro de la anciana.

El vendedor se apresuró a decir: hablando de la señora Kathia, dentro de los requisitos para el alquiler de esta propiedad se encuentra que…Denisse lo miraba expectante…bueno, dijo el vendedor –evidentemente nervioso- que la señora Kathia siga viviendo aquí; en realidad –se apresuró a decir- no molesta, vive en el sótano y…Denisse lo detuvo: ¿y porqué en el sótano?. Para no molestar. Hay muchas habitaciones podría ocupar alguna. Denisse de pronto, se dio cuenta que estaba hablando como si fuera la propietaria entonces miró directamente al vendedor a los ojos y le dijo: la alquilo. (la señora Kathia que estaba escuchando sonrió complacida).

El vendedor dispuso los papeles, todo ya estaba preparado, fue a la Escribanía, y a la nochecita Denisse estrenaba su casa.

Cuando abrió la puerta pensó que parecía irreal que ella viviera allí. La casa le parecía un sueño, pero mucho la intrigaba el porqué la Sra. Kathia estaba incluida, como un objeto en la casa, y más aún que viviera en el sótano.

El tiempo fue pasando la Sra. Kathia seguía hablando su idioma pero Denisse aprendió a entenderla por el gesto de sus manos, sus ojos, su sonrisa y hasta llegó a hablar algunas palabras en polaco.

La viejecita era dulce, pasaba muchas horas en el sótano y a la noche la escuchaba orar antes de irse a dormir, ya que ahora lo hacía en la habitación continua de ella.

Denisse sentía una inmensa curiosidad por saber que había en ese sótano y en la habitación pero reprimía sus impulsos y así lo hizo durante casi dos años. Ella se había acostumbrado a respetar a esa mujer callada y taciturna que vivía como una sombra en su casa. Es más, había encontrado en ella la abuela que ya no tenía. Un gran cariño se apoderó de ella hacia esa enigmática mujer.

Un día gris plomizo sonó el timbre el vendedor. Cuando pasó al salón, luego de sentarse, le dijo con el rostro muy serio: le vengo a comunicar que la Sra. Hanneman, es decir, la propietaria ha decidido no renovarle el contrato debido a que necesita la casa para una sobrina. Denisse sintió, por un momento, que se desplomaba. ¿Se siente bien?, le dijo el vendedor con un ademán de levantarse del sillón, sí, si…lo tranquilizó ella. La señora Kathia atisbaba desde la puerta entreabierta las expresiones de Denisse ¿cuándo debo irme?, el contrato vence en un mes, pero tiene algunos días más, si los necesita me lo comunica; saludó y se fue.

Denisse se dejó caer en el sillón con sus manos agarrándose la cabeza ¿dónde iría?. La señora Kathia despaciosamente se fue acercando a ella y sin que se diera cuenta le tomó las manos, Denisse sobresaltada dijo, tratando de cambiar la expresión; no se preocupe ya encontraremos donde ir..¡Ay!. no sé si me entiende…

No se preocupe, no volverá al sótano…Denisse hablaba con voz alta y haciendo gran cantidad de gestos, como hubiera deseado que la señora Kathia la entendiera.

De pronto levantando una mano como pidiendo silencio la señora Kathia habló: Denisse, dijo con voz entrecortada. ¿Me entiende? Gritó Denisse; si, te entiendo y hablo tu idioma; pero ¿por qué durante tanto tiempo nunca me lo comentó?

Denisse yo vine de Polonia huyendo de la Guerra, no traje nada conmigo, dinero sí, pero de  valor sólo mi sobrina. Durante todo este tiempo me pasé buscándola. Fingí por temores pasados de ser descubierta; ¿pero como vive acá: preguntó Denisse. Yo soy la propietaria, la Sra. Hanneman. ¿Usted, No entiendo. Buscaba a mi sobrina y la encontré, tú eres Natasha, mi sobrina. No siento decírselo, yo no soy Natasha. Sí tu serás mi Natasha. Pero ella…ya no necesito mentirme más, ella murió en el campo de concentración. Yo traje ese recuerdo pero me gustaba la idea de que vino conmigo  y se perdió, eso me permitía la fantasía de seguir buscándola desde mi mundo, mi sótano, ¿entiendes?

La señora Kathia tomó a Denisse de la mano y la llevo a conocer su sótano. El lugar era impecable, una cama, una mesa y dos sillas, dos platos, dos juegos de cubiertos, dos copas. Un candelabro y una foto de una hermosa adolescente de cara rosada con largas trenzas. Denisse miraba todo, hasta que detuvo sus ojos en la foto. Entonces la señora Kathia dijo con voz pausada y dolida: esa era Natasha.

Denisse siguió contemplando la foto, de pronto la señora Kathia le hizo una seña y ésta entendió, subieron la escalera y cerraron la puerta con llave depositándola en un jarrón de la mesita que se encontraba al lado.

¿Qué te parece si tomamos el té Natasha?, preguntó. Denisse la miró con una dulce comprensión.

La señora Kathia dijo: mejor te llamaré Denisse, ya es hora que Natasha pueda descansar.

Denisse asintió con la cabeza y abrazadas se dirigieron hacia el comedor.

 

                                                                                Saya   Maabar

 


Cuento un cuento, de Laura Devetach


Hace muchos años, cuando yo vivía en Reconquista, allá por el norte de Santa Fe, había llovido muchísimo.
Tanto había llovido que los caminos de tierra parecían flanes, gelatinas, cintas de sopa negra.
Nosotros teníamos que ir a otro pueblo y, como los colectivos se empantanaban en los flanes, las gelatinas y las sopas negras, había que viajar en tren. Aquellos trenes comían paladas de carbón, soltaban un humo negro que hacía bellos dibujos.
Empezaban las ruedas a traquetear sobre las vías
chu–cu–chú
chu–cuchú
chu–cuchú
chucuchú
cuchichú
chucuchú
chucuchú...
y un silbido largo acompañaba al humo que se desflecaba como una cabellera PFUIIiiii PFUiiii...

Primero era lindo, novedoso, vertiginoso. Pero después...
Venían largas paradas misteriosas. El tren se empacaba en medio del campo, como si obedeciera al capricho de algún Dios.
Las vacas de los campitos se cansaban de mirarnos y el guarda contestaba "¿Quién sabe
Entre las dos hicimos más de tres preguntas.
Después escuchamos de nuevo las ruedas del tren, y decían:
Cuento un cuento
cuentouncuento
cuentoun...
También decían:
Mecontaron y te cuento
mecontaronytecuento
mecontarony...
Y ella me contó más de un cuento y yo le conté los cuentos que sabía.
Y salió el sol.
Por suerte conocí muchas viejas preguntonas, muchos trenes, hice viajes, y resultó lindo eso de escuchar y a veces callar, sólo callar para que las voces de algunas cosas llegaran.
Ahora, como mi vieja de pañoleta, cuando viajo, escucho qué cosas dicen las ruedas, la gente. Y si se da la ocasión cuentouncuento, cuentouncuento, cuentoun...






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