La verdad está tan lejos como la luna. Esa luna redonda y brillante que
pareciera que podemos tocar con las manos.
Cuando empezamos a buscarla comenzamos un viaje, que esperamos, tenga retorno y
éxito.
Caminamos largas distancias y muchas veces sufrimos caídas. Los ojos vidriosos
de tanto intentar no cerrarlos, para no perder el rumbo. El aliento entrecortado
por el dolor de las heridas recibidas. Las manos ensangrentadas de sacar las
marañas espinosas de falsedades, que estorban la llegada. El corazón palpitando,
cada vez más, y el sendero que continúa.
Cada vez parece más lejos, mientras el deseo de verdad y su necesidad aumenta y
se convierte en el motivo para seguir viviendo.
Se cruzan enormes ríos llenos de mentiras, se llega a la otra orilla, con la
agonía de la decepciòn. Y se sigue caminando, arrastrándose, observando los
cadáveres de aquellos que también lo intentaron y no lo lograron, muriendo sin
alcanzar la verdad.
Continúo en la búsqueda dejando pedazos de mí, pero siguiendo ese ideal, que
debería ser de todos, pero parece que cada vez es de menos seres.
Zumban los oídos del viento de mentiras y rumores que aumentan a medida que se
sigue el camino tortuoso de la injusticia, para encontrar la verdad.
Alucino, la fiebre me empaña la visión pero, aún borrosa, puedo ver la luna más
cerca…
Me doy cuenta que la verdad está mucho más lejos e inaccesible de lo que yo
pensaba, pero igual sigo.
Pasan años y años y la búsqueda se hace más y más difícil. Tengo menos fuerzas
pero no menos ansias para seguir intentando.
El día se va haciendo noche, se va acabando la fuerza y se va lentamente
extinguiendo la llama de la vela que conserva la vida.
Me recuesto a esperarel último respiro y extiendo mis brazos: ¡ahí está!: mi
verdad buscada, no llego a tocarla pero la sigo sintiendo hasta que la muerte
llega a mí.
Mis ojos la siguen y ella, mi verdad, me sigue iluminando aún, como la luna…
SayaMaabar
PERCEPCIONES
- II -
Un grano de arena se arroja al despeñadero para que no se
piense en destruir a la montaña.
Se tapa un grito de agonía haciendo que el volumen de las
risas ficticias lo ahoguen.
Se llora en silencio la derrota para no gritar la tristeza
del triunfo.
Se respeta una persona por anciana mientras se destroza a la
inmunda que es su engendro.
Se aclama con ¡vivas! Al que derrota a la injusticia y se
está aplaudiendo al nuevo victimario.
Se odia con ardor lo que se ama mientras se finge
indiferencia ante el amor.
Se trata de impedir lo que se desea para evitar el temora
lo logrado.
Se mancilla lo bueno como grotesco para no sentir la
humillación de no tenerlo.
Se prefiere el silencio a la desdicha mientras el reloj del
tiempo marca los minutos de dolor.
Se habla de las glorias de los otros para no pensar ni
hablar de las propias frustraciones.
Se da con una generosidad gastada para pedir aquello no
ganado.
Y si esto fuera poco, se pide a Dios misericordia,
esperando que él no tenga memoria.
¡Oh! Dioses del Olimpo, envíen sus rayos contra el Mundo.
¡Que se parta en dos lo nauseabundo!. ¡Que surja de la tierra lo profundo!.
¡Empuñen los ángeles sus espadas! Prefiero que de la tierra no quede nada;
porque si así sucediera, la nada atraería al todo y lo vacuo sería otra vez
llenado. El cántaro vació rebozaría y mientras tanto, letamente, la luz
devolvería la vida.
¡No pierdan tiempo, ya no queda! El mismo hombre lo ha
gastado, por miedo a tener que matar a su enemigo. ¿Qué es lo que digo?. El
hombre es su propio enemigo y en su afán de abarrotarse de tesoros ha perdido,
en el tiempo, hasta su amigo.
No se pregunten lo que han ganado, es muy triste el
recuento de lo perdido.
Siéntense cómodos en la vida y traten de no tratar de
percibir lo mal vivido, porque el día que lo hayan conseguido,
habrán preferido:
haber muero a haber nacido…
Saya Maabar
DESGARROS
No puedes entender el trino de los pájaros ante un grito de dolor.
¿Cómo puedes sostener el látigo ante una densa nube de horror?
No sientes que en silencio la humanidad se desangra, primero unas gotas luego torrentes de sangre corren en penosa agonía después de la traición.
Si pudieran observar el llanto de las almas en busca de la verdad, como caen las lágrimas de los justos ante tanta vandalidad. ¡Que crueles! Son las manos de los hombres que no tienen corazón y que dulces son las manos de los niños que no conocen la ambición. ¡Oh Dios!, ¡Si pudieras con tus manos poderosas borrar un minuto esta visión!. Cuanta angustia, ¡cuanta pena!. Si pudiéramos los hombres observar con atención esta imagen de desidia, desolación y desamor, tal vez, sólo tal vez, entenderíamos que pequeños y miserables somos. Querríamos tal vez tapar a nuestros ojos y no ver…¡Aterrados!, buscaríamos refugio en la suave oscuridad del olvido o quizás inclinaríamos nuestras cabezas a solicitar perdón.
Somos ingratos y egoístas y todavía sale el sol. Odiamos, mancillamos todo lo que tocamos y todavía tenemos manos para tocar una flor.
No merecemos la vida que nos diste y mientras se leen estas líneas una nueva vida acaba de nacer. Si entre tanta podredumbre, maldad y soledad, todavía hay un cielo que mirar: ¡Que inmensa es tu bondad, padre mío, cuando nos haces recordar!…Que es duro tu camino, largo y lleno de asperezas, pero bello y brillante el despertar.
¡Abrázame Padre!…No me dejes de mirar, ilumina mi mente obnubilada, no me dejes maldecir. No permitas que me ciegue…dame fuerzas porque yo, solamente quiero: ¡perdonar!.
SayaMaabar
Pagina nueva 9
El peregrino
Era un hombre pálido, de estatura mediana y de mirada incisiva. Sus manos se
caracterizaban por los nudillos marcados y sus palmas parecían las de un
trabajador manual, sin embargo, él era un estudioso, lo que podríamos llamar un
intelectual.
Hacía tiempo ya que había dejado sus cátedras en la Universidad y también su
hogar para emprender un viaje que sólo tendría regreso si encontraba lo que
tanto buscaba, ese fin que le permitiría seguir viviendo.
Siempre había sido un hombre medido y desinteresado, pero no por eso no
tendríamos que decir que, para todos, era un triunfador.
Una mañana de invierno, cerró despacio el libro que estaba leyendo y se quedó
como todos los días mirando hacia el sol. De pronto lo decidió, debía partir.
Tal vez así contestaría el único interrogante que le impedía ser feliz con
plenitud; él deseaba ver por una sola vez en su vida al sol y la luna juntos.
Sus métodos científicos le daban mil explicaciones, los libros le decían que
siempre la imagen de la luna está, aunque difusa mientras brilla el sol y que el
sol siempre está iluminando el planeta aún cuando la esfera celeste esté azul
oscuro y brille la luna, le daban miles de explicaciones pero él tenía una sola
ambición: ver al sol y la luna juntos. Así, tomó una muda de ropa que colocó en
un bolso mediano, dos libros, el dinero que venía ahorrando desde que había
comenzado a trabajar para pagarse sus estudios universitarios y emprendió el
camino.
Pasaron muchos años, visitó distintos países, observó distintas culturas, pero
mientras tanto sus mañanas y sus noches jamás le mostraron lo que él tanto
ansiaba ver.
A veces, en la soledad de algún hermoso paraje se preguntaba a sí mismo el
porque de dicha obsesión; sólo conseguía entender que era importante para su
vida y no para sus investigaciones científicas, pero no alcanzaba a entender la
causa.
El tenía una única hermana que era todo para él, siempre a su lado ya que sus
padres nunca se ocuparon de ellos afectivamente. Entonces ellos se soldaron como
hierro forjado y luego como acero se unieron para que nunca nadie pudiera
separarlos. Eran felices, a su manera, habían estudiado, tenían una casa y no
les faltaba para comer. Sin embargo, algo faltaba. No sabía si su hermana sentía
lo mismo que él, nunca lo habían hablado a pesar de contarse todo. Cuando lo
pensaba realmente no comprendía porque no se lo dijo ni siquiera ante la
tristeza que le ocasionó a ella con su partida. Luego se decía para conformarse,
que alguna razón importante habría y que si regresaba compartiría, como hizo con
tantas cosas, su descubrimiento y sus razones con ella. Pero todavía no podría
regresar y así se quedaba observando el cielo.
Una mañana lluviosa en la que él se encontraba en una Hostería en la montaña de
un país extranjero comenzó a añorar el café que le servía su hermana, su risa y
sus abrazos. Su mente volvió a esa unión indisoluble que nadie había podido
romper, a pesar de los avatares de la vida. No podía entenderlo pero los
recuerdos comenzaron a agolparse en su mente, con un ritmo galopante. Tan
fuertes que a pesar de no haber encontrado todavía su respuesta se decidió a
regresar. Sacó su pasaje, hizo su maleta y tomó su avión. Ya en el aire, pudo
observar la luna redonda y brillante en la bóveda azul, se dormitó un poco,
leyó, y el tiempo siguió pasando. Transcurriendo varias horas, casi un día, de
pronto una brillante luz lo despertó. Era el sol; había llegado.
Mientras terminaba el papeleo, a través de los cristales no podía dejar de
observar el sol, lo último que había visto al partir de ese país lejano donde
fue a buscar respuestas, era la luna. Se dijo a sí mismo, que era una paradoja,
pero en realidad no entendió muy bien, el sentimiento que acompañaba sus
pensamientos.
Llegó a su vieja casa, abrió la puerta y con un grito de alegría su hermana se
arrojó a sus brazos, dejó caer su equipaje y también la abrazó. Por un instante,
sus ideas se confundieron, pero cuando se separó para mirar a su hermana se dio
cuenta que había estado buscando en vano, la respuesta estaba en ella. El sol en
la sonrisa de ella y la luna en la melancolía de sus ojos. La misma de los suyos
y también el sol en su sonrisa. Era verdad, la luna y el sol, aunque no se vean
por distintos motivos siempre están y juntos. Entonces comprendió, no importaba
la distancia entre ellos también siempre estarían juntos, tal vez alegres o
tal vez melancólicos o ambos a la vez, pero eso sí, siempre juntos….