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Mediodía de domingo
La casa antigua se encontraba silenciosa, de pronto, esa paz; escasa generalmente, se perdió y dio lugar a la sesión de golpes de ollas, agua corriendo y gritos de mi madre. Comenzaba a preparar el almuerzo.
Mi hermano de diez años de edad y yo de diez y siete, nos quedábamos en el comedor haciendo todo lo posible para no ser notados.
Todavía me parece ver a mi hermano, con los ojos muy abiertos y sus puños cerrados, esperando, casi en la oscuridad, no ser descubierto.
Mientras tanto los insultos contra nuestra abuelita y nuestro padre nos producían un temor, tan grande, que ahora ya maduros, ese miedo vuelve a surgir cuando alguien grita o insulta, aunque sea en broma o una pelea pasajera.
Siempre lo mismo, parvas de platos sin lavar, la mesa de la cocina cubierta de carne y verduras desordenadas y mi madre culpando a todo el mundo por tener que preparar la comida.
- No sé para que estudié para Profesora de Piano, si iba a terminar así…
- Pero ¡Claro! Esas viejas entrometidas insistían en que tenía que casarme…
Esas viejas que nuestra madre nombraba eran, nuestra abuela materna y nuestra tía abuela, lo único que teníamos en nuestra mente como sinónimo de “familia”.
- Y ¿para qué?, para casarme con un inútil, que además, es un miserable obrero, cuando yo tenía oportunidades a montones de casarme con un hombre como la gente…
Nuestro padre, sabiendo lo que se venía, se había ido temprano al fondo de la casa a tomar mate con nuestra abuela y tía abuela, allí estaban hablando y mateando bajo el limonero. Nosotros escuchábamos en la penumbra.
Más ruidos, más insultos, más temor de que comenzara con nosotros.
Y todo llega…
- ¡ah!, están ahí…
- yo sola matándome y ustedes seguro hablando mal de mí, ¿no?
- ¡No!, llegaba a balbucear, mientras mi hermano se quedaba mudo.
- Entonces ¿por qué no vinieron a ayudarme? Es porque estaban hablando algo que no querían que escuchara…
- No, decía yo
- No, pero sí. Agarrá esos platos y lavalos, hoy sino vamos a comer a las tres de la tarde. – Bueno, decía yo, mientras acomodaba en una silla, alrededor de la mesa a mi hermano.
Luego, comenzaba a fregar y fregar. Parecía interminable la suciedad que con los días se había pegado; la pileta tenía una rotura que hacía que el agua cayera sobre mis pies y mojara mis piernas, yo lo aguantaba estoicamente, pero el frió me hacía tiritar.
- Ella preguntaba ¿Qué pasa?, ¡Ah!, el agua, yo la aguanto todos los días.
- Yo mantenía el silencio para evitar que mi hermano escuchara más, de lo que ya escuchaba.
- ¡Estás mojando el suelo! Y luego lo tengo que limpiar yo…
Esa era otra de sus mentiras, luego de terminar de cocinar y comer, yo era la encargada de limpiar todo, mi madre ensuciaba de salsa hasta la ventana.
- Bueno ¡ya está!, tendé la mesa así terminamos con todo esto…
Pensar que el domingo era el único día que nos sentábamos todos juntos. Era hermoso pensar en ese día, pero yo, lo sigo recordando, con dolor y con un temor infantil de que pudiera volverse a repetir.
Luego, todos a la mesa: mi abuelita, mi tía abuela, mi papá, mamá y nosotros, en ese momento terminaba la batalla y comenzaba la guerra.
- Nena, pasá los platos…
- - Y así lo hacía…
- ¡No ensucies el mantel!
Y el mantel tenía mas manchas que países el mapamundi.
-¡Que ricos están los fideos! Decía mi papá.
- ¡Vos comerías piedras!
-Pero están muy buenos de verdad…
- Bueno, después de todo lo que trabajé…
Y así se continuaba todo el tiempo hasta que terminaba el almuerzo.
Luego de tantos domingos amargos la mayor parte de los mediodía de domingo, tratábamos todos de hablar poco.
Cada palabra era motivo de una contestación cruel y denigrante. Mi hermano no hablaba, yo trataba de hacer bromas o contar algo, más que nada por mi hermanito y mis abuelas. Pero era inútil.
De la boca de mi madre salían acusaciones constantes, falsas e indignantes, que no se podían evitar.
Es el día de hoy que trato de comer rápidamente para no recordar sus palabras. Y también, trato de no sentarme.
Ante tantas acusaciones, mi tía abuela, le decía:
- Querida tratemos de tener un almuerzo, un domingo en paz. Están los chicos.
- Mejor, así saben lo que es mi vida…
Y continuaba sin parar, sin respeto por nada ni por nadie.
- ¿ya terminaron, no?, nena levantá la mesa.
Ahí me paraba y sin terminar de comer, comenzaban mis tareas. Así fue por años y años.
El tiempo fue pasando, todos se fueron yendo de este mundo, menos mi padre.
Mi hermano se casó, yo sigo viviendo…Pero realmente no me gustan los domingos y menos aún: los mediodías de los días domingo.
Esos días, juntos o separados, sé que mi hermano y yo, por dentro, nos escondemos y lloramos…
Saya Maabar

El pollito negro
Era una tarde pesada y húmeda de verano, en el silencio de la tarde apenas se escuchaba el movimiento rápido de un cuis deslizándose entre el pasto y las ramitas secas caídas de los árboles.
Los pájaros ahogaban sus trinos y el viento casi no soplaba.
El candente sol obligaba a la gente a refugiarse en la siesta de la tarde dentro de sus casas.
En el jardín el niño jugaba solo un juego imaginario, que sólo se notaba por sus movimientos y sus grandes ojos dirigidos a la rama que sostenía su mano derecha.
Con su carita redonda, su pequeña nariz y una boquita carnosa, con sus escasos cinco años, era tan callado y con una mirada tan dulce y soñadora que inspiraba una sonrisa.
En la casa de enfrente un parroquiano y su esposa pasaban su vejez criando gallinas gordas y también pigmeas. Una de color negra, era la preferida de Ale, como yo lo llamaba.
Muchas veces pasaba horas buscando granos de maíz silenciosamente para dárselos a las gallinas y una porción especial a su mascota negra.
Con ese cuidado silencioso y esmerado se estableció una comunicación muy especial entre ellos. Todas las tardes Don Álvarez y Doña Carmen recibían nuestra visita y Ale desaparecía, luego de saludar, corriendo hacia el gallinero.
Las vacaciones en el campo eran sumamente aburridas, sobre todo, para mí que soñaba con la actividad de la Capital, donde vivíamos. Sin embargo, tenía un encanto especial para mi hermano, quien parecía disfrutar de tanto silencio para pensar.
El era tan callado que parecía vivir en un mundo propio. En la casa de Buenos Aires también tenía un sitio mágico y propio; al fondo de la casa antigua el patio techado de glicinas blancas y lilas, rodeado de madreselvas y jazmines había un banco alargado, muy parecido al que se ven en las plazas. Ese banco hacía de colectivo, de tren, de casa, de salón de lectura en las tardes tibias y se cubría de flores en los días lluviosos. Ahí Ale jugaba y también soñaba…
Esa tarde en el gallinero las cosas no se encontraban iguales. Ale vio como una gallina pigmea caminaba seguida de varios pollitos de distintos plumajes y fue allí donde notó que entre ellos había uno muy chiquitito y negro como su mamá.
Vino a llamarme alegre y muy agitado, nos dirigimos al gallinero -¡Mira! Gritaba son hermosos y ¡Mira el negrito! Que chiquito, repetía mientras se ponía en cuclillas para verlos mejor.
A partir de esa tarde, todos los días era camino obligado cruzar el camino y llegar a la casa de Don Álvarez para ver los pollitos especialmente “el negrito” como Ale lo llamaba.
Los días fueron pasando hasta que una tarde, mientras Doña Carmen, hacía tortas fritas, vi venir a Ale con lágrimas en los ojos. Me apresuré a alcanzarlo y preguntarle que le pasaba y me tomó de las manos, fuimos hasta el patio y vi – con sorpresa- al pollito negro tieso e inmóvil en el pasto.
Mi hermano, en ese momento, aferrado a mí, lloraba abierta y desconsoladamente. Su “negrito” había muerto, yo trataba de calmarlo, sabía de su profundo cariño hacia él y hacia todos los animalitos, por eso era inútil.
De pronto, ante sus sollozos, aparecieron Don Álvarez y Doña Carmen…
Los niños tienen sentimientos puros y un lenguaje sencillo y franco. Sus corazones, aunque chiquitos, son mucho más grandes y sinceros que los de los adultos y por eso más fáciles de romper.
Se escucharon las palabras de Don Álvarez, como un rayo en una tormenta: ¿qué le hiciste? ¡Lo mataste!
Los ojos del niño se volvieron más tristes y en la profundidad de su mirada podía notarse su impotencia. Balbuceaba: ¡yo no fui! ¡Yo, no hice nada! ¡Lo encontré, así! y muchas palabras y frases más que no fueron escuchadas.
Mi hermano estaba desconsolado y su llanto aumentaba. Ante mi incredulidad, intercedí: ¡Basta! Conozco a mi hermano y él no miente. Usted sabe que los pollitos suelen morir de esta forma cuando son recién nacidos y que…
Sin embargo, el daño ya estaba hecho, Ale desde esa época hasta hoy, siempre se caracterizó por su sinceridad. Pero las dudas de Don Álvarez lo marcaron para siempre.
Se acabaron las tardes de paseo en el gallinero, aprendió algo que hasta el momento no sabía: que la verdad no alcanza ante la obstinación y la ligereza para emitir un juicio. Conoció la injusticia y además, que también, puede provenir de alguien querido. Además, aprendió, sobre todo, el dolor de la pérdida de algo amado.
Los años pasaron, él ya es un hombre, pero a veces, cuando lo miro vuelvo a recordar al “pollito negro”. Ya, que como él, mi hermano en el corazón sigue siendo: suave y chiquito. No olvidó al “negrito” ni menos aún, la acusación injusta.
El parece ahora el gallo, el dueño del gallinero pero, por dentro, es el pollito con pelusita negra, tierno e indefenso.
La injusticia marca en una forma indeleble el alma humana, en este caso dio un golpe de muerte a la inocencia y a la confianza de un niño.
En realidad, deberíamos tener lástima y no ira contra las personas que acusan y actúan de esa forma, porque ellos jamás tendrán nada en su corazón para recordar. Que los hagan reír y llorar a la vez.
Ale seguirá herido, pero tiene el corazón repleto de dulzura y además muchas mascotas en su casa, que cuidar.
Sin embargo, yo sé, que, aún sufre…
Saya Maabar
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