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Almafuerte
(1854 -1917)
Su verdadero nombre era Pedro Bonifacio Palacios
Nació en el 13 de
Mayo de 1854 en San Justo, provincia de Buenos Aires (Argentina).
Su vocación de
maestro , le llevó a los 16 años a dirigir una escuelita en el pueblo de
Chacabuco (en esta localidad, tuvo la oportunidad de conocer a Sarmiento, en
1884), y más tarde en Trenque Lauquen. Sin título oficial, y con métodos muy
personales, impartía una enseñanza que por sobre todo abría un panorama
espiritual en sus alumnos.
Fue docente
durante la presidencia de Sarmiento.
Por razones
personales debió abandonar la docencia, y se trasladó a Buenos Aires primero y
luego a la Plata, para dirigir y colaborar en periódicos de la época. Aunque
circunstancial, su labor periodística fue intensa y de lucha, transmitiendo su
espíritu a la juventud que participó en los hechos revolucionarios de la última
década del siglo XIX. Para este entonces, eran muchos los diarios que recogían
artículos y versos de Almafuerte (algunos publicados con otros seudónimos, ya
que utilizó varios en su acción periodística).
Sus mejores obras
fueron publicadas después de su muerte.
Murió en Buenos
Aires en el año 1917

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AVANTI!
Si te postran diez veces, te levantas
otras diez, otras cien, otras quinientas:
no han de ser tus caídas tan violentas
ni tampoco, por ley, han de ser tantas.
Con el hambre genial con que las plantas
asimilan el humus avarientas,
deglutiendo el rencor de las afrentas
se formaron los santos y las santas.
Obsesión casi asnal, para ser fuerte,
nada más necesita la criatura,
y en cualquier infeliz se me figura
que se mellan los garfios de la suerte...
¡Todos los incurables tienen cura
cinco segundos antes de su muerte!
¡PIU AVANTI!
No te des por vencido, ni aun vencido,
no te sientas esclavo, ni aun esclavo;
trémulo de pavor, piénsate bravo,
y arremete feroz, ya mal herido.
Ten el tesón del clavo enmohecido
que ya viejo y ruin, vuelve a ser clavo;
no la cobarde estupidez del pavo
que amaina su plumaje al primer ruido.
Procede como Dios que nunca llora;
o como Lucifer, que nunca reza;
o como el robledal, cuya grandeza
necesita del agua y no la implora...
Que muerda y vocifere vengadora,
ya rodando en el polvo, tu cabeza!
¡MOLTO PIU AVANTI!
Los que vierten sus lágrimas amantes
sobre las penas que no son sus penas;
los que olvidan el son de sus cadenas
para limar las de los otros antes;
Los que van por el mundo delirantes
repartiendo su amor a manos llenas,
caen, bajo el peso de sus obras buenas,
sucios, enfermos, trágicos,... ¡sobrantes!
¡Ah! ¡Nunca quieras remediar entuertos!
¡nunca sigas impulsos compasivos!
¡ten los garfios del Odio siempre activos
los ojos del juez siempre despiertos!
¡Y al echarte en la caja de los muertos,
menosprecia los llantos de los vivos!
¡MOLTO PIU AVANTI ANCORA!
El mundo miserable es un estrado
donde todo es estólido y fingido,
donde cada anfitrión guarda escondido
su verdadero ser, tras el tocado:
No digas tu verdad ni al mas amado,
no demuestres temor ni al mas temido,
no creas que jamás te hayan querido
por mas besos de amor que te hayan dado.
Mira como la nieve se deslíe
sin que apostrofe al sol su labio yerto,
cómo ansia las nubes el desierto
sin que a ninguno su ansiedad confíe...
¡Trema como el infierno, pero ríe!
¡Vive la vida plena, pero muerto!
¡MOLTISSIMO PIU AVANTI ANCORA!
Si en vez de las estúpidas panteras
y los férreos estúpidos leones,
encerrasen dos flacos mocetones
en esa frágil cárcel de las fieras,
No habrían de yacer noches enteras
en el blando pajar de sus colchones,
sin esperanzas ya, sin reacciones
lo mismo que dos plácidos horteras;
Cual Napoleones pensativos, graves,
no como el tigre sanguinario y maula,
escrutarían palmo a palmo su aula,
buscando las rendijas, no las llaves...
¡Seas el que tú seas, ya lo sabes:
a escrutar las rendijas de tu jaula!

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El cuento de navidad de Auggie Wren
por Paul Auster
Le oí este cuento
a Auggie Wren. Dado que Auggie no queda demasiado bien en él, por lo menos no
todo lo bien que a él le habría gustado, me pidió que no utilizara su verdadero
nombre. Aparte de eso, toda la historia de la cartera perdida, la anciana ciega
y la comida de Navidad es exactamente como él me la contó.
Auggie y yo nos
conocemos desde hace casi once años. Él trabaja detrás del mostrador de un
estanco en la calle Court, en el centro de Brooklyn, y como es el único estanco
que tiene los puritos holandeses que a mí me gusta fumar, entro allí bastante a
menudo. Durante mucho tiempo apenas pensé en Auggie Wren. Era el extraño
hombrecito que llevaba una sudadera azul con capucha y me vendía puros y
revistas, el personaje pícaro y chistoso que siempre tenía algo gracioso que
decir acerca del tiempo, de los Mets o de los políticos de Washington, y nada
más.
Pero luego, un
día, hace varios años, él estaba leyendo una revista en la tienda cuando
casualmente tropezó con la reseña de un libro mío. Supo que era yo porque la
reseña iba acompañada de una fotografía, y a partir de entonces las cosas
cambiaron entre nosotros. Yo ya no era simplemente un cliente más para Auggie,
me había convertido en una persona distinguida. A la mayoría de la gente le
importan un comino los libros y los escritores, pero resultó que Auggie se
consideraba un artista. Ahora que había descubierto el secreto de quién era yo,
me adoptó como a un aliado, un confidente, un camarada. A decir verdad, a mí me
resultaba bastante embarazoso. Luego, casi inevitablemente, llegó el momento en
que me preguntó si estaría yo dispuesto a ver sus fotografías. Dado su
entusiasmo y buena voluntad, no parecía que hubiera manera de rechazarle.
Dios sabe qué
esperaba yo. Como mínimo, no era lo que Auggie me enseñó al día siguiente. En
una pequeña trastienda sin ventanas abrió una caja de cartón y sacó doce álbumes
de fotos negros e idénticos. Dijo que aquélla era la obra de su vida, y no
tardaba más de cinco minutos al día en hacerla. Todas las mañanas durante los
últimos doce años se había detenido en la esquina de la Avenida Atlantic y la
calle Clinton exactamente a las siete y había hecho una sola fotografía en color
de exactamente la misma vista. El proyecto ascendía ya a más de cuatro mil
fotografías. Cada álbum representaba un año diferente y todas las fotografías
estaban dispuestas en secuencia, desde el 1 de enero hasta el 31 de diciembre,
con las fechas cuidadosamente anotadas debajo de cada una.
Mientras hojeaba
los álbumes y empezaba a estudiar la obra de Auggie, no sabía qué pensar. Mi
primera impresión fue que se trataba de la cosa más extraña y desconcertante que
había visto nunca. Todas las fotografías eran iguales. Todo el proyecto era un
curioso ataque de repetición que te dejaba aturdido, la misma calle y los mismos
edificios una y otra vez, un implacable delirio de imágenes redundantes. No se
me ocurría qué podía decirle a Auggie; así que continué pasando las páginas,
asintiendo con la cabeza con fingida apreciación. Auggie parecía sereno,
mientras me miraba con una amplia sonrisa en la cara, pero cuando yo llevaba ya
varios minutos observando las fotografías, de repente me interrumpió y me dijo:
—Vas demasiado
deprisa. Nunca lo entenderás si no vas más despacio.
Tenía razón, por
supuesto. Si no te tomas tiempo para mirar, nunca conseguirás ver nada. Cogí
otro álbum y me obligué a ir más pausadamente. Presté más atención a los
detalles, me fijé en los cambios en las condiciones meteorológicas, observé las
variaciones en el ángulo de la luz a medida que avanzaban las estaciones.
Finalmente pude detectar sutiles diferencias en el flujo del tráfico, prever el
ritmo de los diferentes días (la actividad de las mañanas laborables, la
relativa tranquilidad de los fines de semana, el contraste entre los sábados y
los domingos). Y luego, poco a poco, empecé a reconocer las caras de la gente en
segundo plano, los transeúntes camino de su trabajo, las mismas personas en el
mismo lugar todas las mañanas, viviendo un instante de sus vidas en el objetivo
de la cámara de Au-ggie.
Una vez que llegué
a conocerles, empecé a estudiar sus posturas, la diferencia en su porte de una
mañana a la siguiente, tratando de descubrir sus estados de ánimo por estos
indicios superficiales, como si pudiera imaginar historias para ellos, como si
pudiera penetrar en los invisibles dramas encerrados dentro de sus cuerpos. Cogí
otro álbum. Ya no estaba aburrido ni desconcertado como al principio. Me di
cuenta de que Auggie estaba fotografiando el tiempo, el tiempo natural y el
tiempo humano, y lo hacía plantándose en una minúscula esquina del mundo y
deseando que fuera suya, montando guardia en el espacio que había elegido para
sí. Mirándome mientras yo examinaba su trabajo, Auggie continuaba sonriendo con
gusto. Luego, casi como si hubiera estado leyendo mis pensamientos, empezó a
recitar un verso de Shakespeare.
—Mañana y mañana y
mañana —murmuró entre dientes—, el tiempo avanza con pasos menudos y cautelosos.
Comprendí entonces
que sabía exactamente lo que estaba haciendo.
Eso fue hace más
de dos mil fotografías. Desde ese día Auggie y yo hemos comentado su obra muchas
veces, pero hasta la semana pasada no me enteré de cómo había adquirido su
cámara y empezado a hacer fotos. Ése era el tema de la historia que me contó, y
todavía estoy esforzándome por entenderla.
A principios de
esa misma semana me había llamado un hombre del New York Times y me había
preguntado si querría escribir un cuento que aparecería en el periódico el día
de Navidad. Mi primer impulso fue decir que no, pero el hombre era muy
persuasivo y amable, y al final de la conversación le dije que lo intentaría. En
cuanto colgué el teléfono, sin embargo, caí en un profundo pánico. ¿Qué sabía yo
sobre la Navidad
Pasé los
siguientes días desesperado; guerreando con los fantasmas de Dickens, O. Henry y
otros maestros del espíritu de la Natividad. Las propias palabras “cuento de
Navidad” tenían desagradables connotaciones para mí, en su evocación de
espantosas efusiones de hipócrita sensiblería y melaza. Ni siquiera los mejores
cuentos de Navidad eran otra cosa que sueños de deseos, cuentos de hadas para
adultos, y por nada del mundo me permitiría escribir algo así. Sin embargo,
¿cómo podía nadie proponerse escribir un cuento de Navidad que no fuera
sentimental? Era una contradicción en los términos, una imposibilidad, una
paradoja. Sería como tratar de imaginar un caballo de carreras sin patas o un
gorrión sin alas.
No conseguía nada.
El jueves salí a dar un largo paseo, confiando en que el aire me despejaría la
cabeza. Justo después del mediodía entré en el estanco para reponer mis
existencias, y allí estaba Auggie, de pie detrás del mostrador, como siempre. Me
preguntó cómo estaba. Sin proponérmelo realmente, me encontré descargando mis
preocupaciones sobre él.
—¿Un cuento de
Navidad Si me invitas a comer,
amigo mío, te contaré el mejor cuento de Navidad que hayas oído nunca. Y te
garantizo que hasta la última palabra es verdad.
Fuimos a Jack’s,
un restaurante angosto y ruidoso que tiene buenos sandwiches de pastrami y
fotografías de antiguos equipos de los Dodgers colgadas de las paredes.
Encontramos una mesa al fondo, pedimos nuestro almuerzo y luego Auggie se lanzó
a contarme su historia.
—Fue en el verano
del setenta y dos —dijo. Una mañana entró un chico y empezó a robar cosas de la
tienda. Tendría unos diecinueve o veinte años, y creo que no he visto en mi vida
un ratero de tiendas más patético. Estaba de pie al lado del expositor de
periódicos de la pared del fondo, metiéndose libros en los bolsillos del
impermeable. Había mucha gente junto al mostrador en aquel momento, así que al
principio no le vi. Pero cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, empecé a
gritar. Echó a correr como una liebre, y cuando yo conseguí salir de detrás del
mostrador, él ya iba como una exhalación por la avenida Atlantic. Le perseguí
más o menos media manzana, y luego renuncié. Se le había caído algo, y como yo
no tenía ganas de seguir corriendo me agaché para ver lo que era.
“Resultó que era
su cartera. No había nada de dinero, pero sí su carnet de conducir junto con
tres o cuatro fotografías. Supongo que podría haber llamado a la poli para que
le arrestara. Tenía su nombre y dirección en el carnet, pero me dio pena. No era
más que un pobre desgraciado, y cuando miré las fotos que llevaba en la cartera,
no fui capaz de enfadarme con él. Robert Goodwin. Así se llamaba. Recuerdo que
en una de las fotos estaba de pie rodeando con el brazo a su madre o abuela. En
otra estaba sentado a los nueve o diez años vestido con un uniforme de béisbol y
con una gran sonrisa en la cara. No tuve valor. Me figuré que probablemente era
drogadicto. Un pobre chaval de Brooklyn sin mucha suerte, y, además, ¿qué
importaban un par de libros de bolsillo?
Así que me quedé
con la cartera. De vez en cuando sentía el impulso de devolvérsela, pero lo
posponía una y otra vez y nunca hacía nada al respecto. Luego llega la Navidad y
yo me encuentro sin nada que hacer. Generalmente el jefe me invita a pasar el
día en su casa, pero ese año él y su familia estaban en Florida visitando a unos
parientes. Así que estoy sentado en mi piso esa mañana compadeciéndome un poco
de mí mismo, y entonces veo la cartera de Robert Goodwin sobre un estante de la
cocina. Pienso qué diablos, por qué no hacer algo bueno por una vez, así que me
pongo el abrigo y salgo para devolver la cartera personalmente.
La dirección
estaba en Boerum Hill, en las casas subvencionadas. Aquel día helaba, y recuerdo
que me perdí varias veces tratando de encontrar el edificio. Allí todo parece
igual, y recorres una y otra vez la misma calle pensando que estás en otro
sitio. Finalmente encuentro el apartamento que busco y llamo al timbre. No pasa
nada. Deduzco que no hay nadie, pero lo intento otra vez para asegurarme. Espero
un poco más y, justo cuando estoy a punto de marcharme, oigo que alguien viene
hacia la puerta arrastrando los pies. Una voz de vieja pregunta quién es, y yo
contesto que estoy buscando a Robert Goodwin.
“—¿Eres tú, Robert?
—dice la vieja, y luego descorre unos quince cerrojos y abre la puerta.
“Debe tener por lo
menos ochenta años, quizá noventa, y lo primero que noto es que es ciega.
“—Sabía que
vendrías, Robert —dice—. Sabía que no te olvidarías de tu abuela Ethel en
Navidad.
“Y luego abre los
brazos como si estuviera a punto de abrazarme.
“Yo no tenía mucho
tiempo para pensar, ¿comprendes? Tenía que decir algo deprisa y corriendo, y
antes de que pudiera darme cuenta de lo que estaba ocurriendo, oí que las
palabras salían de mi boca.
“—Está bien,
abuela Ethel —dije—. He vuelto para verte el día de Navidad.
“No me preguntes
por qué lo hice. No tengo ni idea. Puede que no quisiera decepcionarla o algo
así, no lo sé. Simplemente salió así y de pronto, aquella anciana me abrazaba
delante de la puerta y yo la abrazaba a ella.
“No llegué a
decirle que era su nieto. No exactamente, por lo menos, pero eso era lo que
parecía. Sin embargo, no estaba intentando engañarla. Era como un juego que los
dos habíamos decidido jugar, sin tener que discutir las reglas. Quiero decir que
aquella mujer sabía que yo no era su nieto Robert. Estaba vieja y chocha, pero
no tanto como para no notar la diferencia entre un extraño y su propio nieto.
Pero la hacía feliz fingir, y puesto que yo no tenía nada mejor que hacer, me
alegré de seguirle la corriente.
“Así que entramos
en el apartamento y pasamos el día juntos. Aquello era un verdadero basurero,
podría añadir, pero ¿qué otra cosa se puede esperar de una ciega que se ocupa
ella misma de la casa? Cada vez que me preguntaba cómo estaba yo le mentía. Le
dije que había encontrado un buen trabajo en un estanco, le dije que estaba a
punto de casarme, le conté cien cuentos chinos, y ella hizo como que se los
creía todos.
“—Eso es
estupendo, Robert —decía, asintiendo con la cabeza y sonriendo. Siempre supe que
las cosas te saldrían bien.
“Al cabo de un
rato, empecé a tener hambre. No parecía haver mucha comida en la casa, así que
me fui a una tienda del barrio y llevé un montón de cosas. Un pollo precocinado,
sopa de verduras, un recipiente de ensalada de patatas, pastel de chocolate,
toda clase de cosas. Ethel tenía un par de botellas de vino guardadas en su
dormitorio, así que entre los dos conseguimos preparar una comida de Navidad
bastante decente. Recuerdo que los dos nos pusimos un poco alegres con el vino,
y cuando terminamos de comer fuimos a sentarnos en el cuarto de estar, donde las
butacas eran más cómodas. Yo tenía que hacer pis, así que me disculpé y fui al
cuarto de baño que había en el pasillo. Fue entonces cuando las cosas dieron
otro giro. Ya era bastante disparatado que hiciera el numerito de ser el nieto
de Ethel, pero lo que hice luego fue una verdadera locura, y nunca me he
perdonado por ello.
“Entro en el
cuarto de baño y, apiladas contra la pared al lado de la ducha, veo un montón de
seis o siete cámaras. De treinta y cinco milímetros, completamente nuevas, aún
en sus cajas, mercancía de primera calidad. Deduzco que eso es obra del
verdadero Robert, un sitio donde almacenar botín reciente. Yo no había hecho una
foto en mi vida, y ciertamente nunca había robado nada, pero en cuanto veo esas
cámaras en el cuarto de baño, decido que quiero una para mí. Así de sencillo. Y,
sin pararme a pensarlo, me meto una de las cajas bajo el brazo y vuelvo al
cuarto de estar.
“No debí
ausentarme más de unos minutos, pero en ese tiempo la abuela Ethel se había
quedado dormida en su butaca. Demasiado Chianti, supongo. Entré en la cocina
para fregar los platos y ella siguió durmiendo a pesar del ruido, roncando como
un bebé. No parecía lógico molestarla, así que decidí marcharme. Ni siquiera
podía escribirle una nota de despedida, puesto que era ciega y todo eso, así que
simplemente me fui. Dejé la cartera de su nieto en la mesa, cogí la cámara otra
vez y salí del apartamento. Y ése es el final de la historia.
—¿Volviste alguna
vez? —le pregunté.
—Una sola
—contestó. Unos tres o cuatro meses después. Me sentía tan mal por haber robado
la cámara que ni siquiera la había usado aún. Finalmente tomé la decisión de
devolverla, pero la abuela Ethel ya no estaba allí. No sé qué le había pasado,
pero en el apartamento vivía otra persona y no sabía decirme dónde estaba ella.
—Probablemente
había muerto.
—Sí,
probablemente.
—Lo cual quiere
decir que pasó su última Navidad contigo.
—Supongo que sí.
Nunca se me había ocurrido pensarlo.
—Fue una buena
obra, Auggie. Hiciste algo muy bonito por ella.
—Le mentí y luego
le robé. No veo cómo puedes llamarle a eso una buena obra.
—La hiciste feliz.
Y además la cámara era robada. No es como si la persona a quien se la quitaste
fuese su verdadero propietario.
—Todo por el arte,
¿eh, Paul?
—Yo no diría eso.
Pero por lo menos le has dado un buen uso a la cámara.
—Y ahora tienes un
cuento de Navidad, ¿no?
—Sí —dije—.
Supongo que sí.
Hice una pausa
durante un momento, mirando a Auggie mientras una sonrisa malévola se extendía
por su cara. Yo no podía estar seguro, pero la expresión de sus ojos en aquel
momento era tan misteriosa, tan llena del resplandor de algún placer interior,
que repentinamente se me ocurrió que se había inventado toda la historia. Estuve
a punto de preguntarle si se había quedado conmigo, pero luego comprendí que
nunca me lo diría. Me había embaucado, y eso era lo único que importaba.
Mientras haya una persona que se la crea, no hay ninguna historia que no pueda
ser verdad.
—Eres un as,
Auggie —dije—. Gracias por ayudarme.
—Siempre que
quieras —contestó él, mirándome aún con aquella luz maníaca en los ojos. Después
de todo, si no puedes compartir tus secretos con los amigos, ¿qué clase de amigo
eres?
—Supongo que estoy
en deuda contigo.
—No, no.
Simplemente escríbela como yo te la he contado y no me deberás nada.
—Excepto el
almuerzo.
—Eso es. Excepto
el almuerzo.
Devolví la sonrisa
de Auggie con otra mía y luego llamé al camarero y pedí la cuenta.
Tomado de Smoke
& Blue in the face, Editorial Anagrama, Paul Auster

PAUL AUSTER

El Palacio de la Luna
Paul Auster nació en 1947 en
Nueva Jersey y estudió en la Universidad de Columbia. Tras un breve período como
marino en un petrolero de la Esso, vivió tres años en Francia, donde trabajó
como traductor, “negro” literario y cuidador de una finca; desde 1974 reside en
Nueva York. Ha publicado la llamada “Trilogía de Nueva York” (que
comprende las novelas Ciudad de cristal, Fantasmas y La
habitación cerrada), El país de las últimas cosas, La invención de
la soledad y El Palacio de la Luna. También es autor del libro de
poemas Disappearances y del libro de artículos y ensayos The Art of
Hunger.
Marc Stanley Fogg (por Marco
Polo, por el Stanley que encontró a Livingstone y por el Phileas Fogg de La
vuelta al mundo en ochenta días) está a las puertas de la edad adulta cuando
los astronautas americanos ponen el pie en la luna. Hijo de padre desconocido,
muerta su madre cuando él tenía once años, Marc Stanley fue criado por su tío
Victor, un excéntrico que se ganaba la vida tocando el clarinete en orquestas de
mala muerte. Ahora, en el comienzo de la era lunar y muerto Victor, Marc Stanley
Fogg tiene dinero para sobrevivir unos pocos meses más. Gradualmente, pero sin
pausa, va cayendo en la indigencia, la soledad y una suerte de tranquila locura
de matices dostoievkianos, donde su vida se reduce a explorar los gozosos
infiernos del despojamiento absoluto. Vive ya como una animal en una cueva del
Central Park, en un semidelirio provocado por el hambre, cuando la bella Kitty
Wu le rescata. Fogg se salva y decide, por primera vez en su vida, buscar un
trabajo. El destino, y una compleja red de significantes en torno a la luna, lo
lunar y le luz, le llevan a trabajar como lector y acompañante de Thomas Effing,
un viejo pintor paralítico. Y escribiendo la biografía de Effing, que éste
quiere legar a Solomon Barber, el hijo al que nunca conoció, Marc Stanley Fogg
descubrirá, en un viaje que le lleva desde el palacio de la Luna, un restaurante
chino de Nueva York, a los lunares paisajes del Oeste americano, los misterios
de su propio origen, el nombre y la identidad de su padre.
Paul Auster ya había utilizado,
en Ciudad de cristal y en El país de las últimas cosas, las
convenciones de la novela al género -la policíaca y la de ficción científica,
respectivamente-. En El Palacio de la Luna recurre a la novela de
aventuras a lo Julio Verne, a los folletines del siglo XIX y hasta a la novela
victoriana para construir uno de los libros más sutiles, más llenos de
resonancias de la literatura americana contemporánea. El Palacio de la Luna
puede ser leído como un elegantísimo folletín contemporáneo sobre la paternidad
y la impostura, pero también como una espléndida novela de aventuras sobre la
aventura de crear.
“El Palacio de la Luna es,
tal vez, la mejor novela hasta la fecha de un escritor de enorme talento…” (Patrick
Parriender, The London Review of Books)
“Auster es un escritor de culto
entre otros escritores. El Palacio de la Luna, irónica y compleja,
deslumbre con sus (FALTA) lunares y, como la luna, fascina.” (ALA Booklist)
Traducción de Maribel De Juan
EDITORIAL ANAGRAMA
BARCELONA
Título
de la edición original:
Moon Palace
Viking
Nueva York,
1989
© Paul
Auster, 1989
©
EDITORIAL ANAGRAMA, S.A., 1990
Pedró de la Creu, 58
08034 Barcelona
ISBN:
84-339-3185-7
Depósito
Legal: B. 2471-1990
Printed in
Spain
Libergraf,
S.L., Constitució, 19, 08014 Barcelona
A la memoria de Norman Schiff
Nada puede asombrar a un norteamericano
Julio Verne
1
Fue el verano en que el hombre pisó por primera vez la
luna. Yo era muy joven entonces, pero no creía que hubiera futuro. Quería vivir
peligrosamente, ir lo más lejos posible y luego ver qué me sucedía cuando
llegara allí. Tal y como salieron las cosas, casi no lo consigo. Poco a poco, vi
cómo mi dinero iba menguando hasta quedar reducido a cero; perdí el apartamento;
acabé viviendo en las calles. De no haber sido por una chica que se llamaba
Kitty Wu, probablemente me habría muerto de hambre. La había conocido por
casualidad muy poco antes, pero con el tiempo llegué a considerar esa casualidad
una forma de predisposición, un modo de salvarme por medio de la mente de otros.
Esa fue la primera parte. A partir de entonces me ocurrieron cosas extrañas.
Acepté el trabajo que me ofreció el viejo de la silla de ruedas. Descubrí quién
era mi padre. Crucé a pie el desierto desde Utah a California. Eso fue hace
mucho tiempo, claro, pero recuerdo bien aquellos tiempos, los recuerdo como el
principio de mi vida.
Llegué a Nueva York en el otoño de 1965. Tenía entonces
dieciocho años, y durante los primeros nueve meses viví en un colegio
universitario. En Columbia, a todos los estudiantes de primer año que no fueran
de la ciudad se les exigía vivir en el campus, pero cuando terminó el curso me
trasladé a un apartamento de la calle 112 Oeste. Allí fue donde viví durante
los siguientes tres años, hasta el mismo momento en que toqué fondo. Teniendo en
cuenta lo adversas que me eran las circunstancias, fue un milagro que durara
tanto.
Viví en aquel apartamento con más de mil libros.
Anteriormente habían pertenecido a mi tío Victor, y él los había ido
adquiriendo poco a poco a lo largo de treinta años. Justo antes de que me fuera
a la universidad, me los ofreció, en un impulso, como regalo de despedida. Hice
todo lo que pude para rehusarlo, pero el tío Victor era un hombre generoso y
sentimental, y no me permitió rechazarlo.
-No puedo darte ni dinero -dijo- ni consejos. Llévate los
libros para complacerme.
Me llevé los libros, pero durante año y medio no abrí las
cajas en donde estaban guardados. Mi propósito era convencer a mi tío de que
aceptara que se los devolviera y no quería que les pasara nada mientras tanto.
Resultó que las cajas me fueron muy útiles en aquella
situación. El apartamento de la calle 112 no estaba amueblado, y en vez de
despilfarrar mis fondos en cosas que no quería ni podía permitirme, me dediqué a
convertir las cajas en piezas de “un mobiliario imaginario”. Era algo parecido a
hacer un rompecabezas: agrupar las cajas de cartón en configuraciones
modulares, ponerlas en hilera, apilarías una encima de otra, colocarlas una y
otra vez hasta que al fin empezaron a parecer objetos domésticos. Un grupo de
dieciséis me sirvió de soporte para el colchón, otro grupo de doce se convirtió
en una mesa, otros de siete se convirtieron en sillas, uno de dos en cabecera.
El efecto general era bastante monocromático, con aquel sombrío marrón claro en
todas partes donde miraras, pero no pude por menos de sentirme orgulloso de mi
inventiva. A mis amigos les pareció un poco raro, pero ya habían aprendido a
esperar de mí cosas raras. Imaginad la satisfacción, les explicaba, de meterte
en la cama y saber que tus sueños van a descansar sobre la literatura
norteamericana del siglo XIX. Imaginad el placer de sentarte a comer con todo
el Renacimiento escondido debajo de la comida. En realidad, yo no tenía ni idea
de qué libros había en cada caja, pero en aquel entonces yo era fantástico
inventando historias, y me gustaba el sonido de aquellas frases, aunque fuesen
mentira.
Mis muebles imaginarios permanecieron intactos casi un año.
Luego, en la primavera de 1967, murió el tío Victor. Esa muerte fue un golpe
terrible para mí; en muchos sentidos, el peor golpe que había recibido nunca. No
sólo era la persona a quien más habla querido en el mundo, sino que era mi único
pariente, mi único vínculo con algo más grande que yo. Sin él me sentí
despojado, totalmente arrasado por el destino. Si hubiera estado de alguna forma
preparado para su muerte, tal vez me habría sido más fácil enfrentarme a ella.
Pero ¿cómo se prepara uno para la muerte de un hombre de cincuenta y dos años
que siempre ha tenido buena salud? Mi tío simplemente se murió una hermosa tarde
de mediados de abril, y en ese momento mi vida empezó a cambiar, empecé a
desaparecer en otro mundo.
No hay mucho que contar de mi familia. El reparto era
pequeño, y la mayoría de sus miembros no permanecieron en escena mucho tiempo.
Viví con mi madre hasta los once años, pero entonces ella murió en un accidente
de tráfico, atropellada por un autobús que patinó y perdió el control en una
calle nevada de Boston. Nunca hubo un padre en la película, así que habíamos
sido solamente nosotros dos, mi madre y yo. El hecho de que usara su nombre de
soltera probaba que nunca habla estado casada, pero no me enteré de que era hijo
ilegítimo hasta después de su muerte. De niño, nunca se me ocurrió hacer
preguntas acerca de esas cosas. Yo era Marco Fogg, mi madre era Emily Fogg y mi
tío de Chicago era Victor Fogg. Todos éramos Fogg, y me parecía perfectamente
lógico que personas de la misma familia tuviesen el mismo nombre. Más adelante,
el tío Victor me dijo que originariamente el nombre de su padre habla sido
Fogelman, pero alguien de las oficinas de inmigración en Ellis Island lo había
acortado y dejado en Fog, con una sola g, y éste había sido el nombre
norteamericano de la familia hasta que le añadieron la segunda g en 1907.
Fogel significaba pájaro, según me informó mi tío, y me agradaba la idea
de tener a ese animal incorporado a mi identidad. Imaginaba que algún esforzado
antepasado mío habla sido capaz de volar realmente. Un pájaro volando en la
niebla, pensaba, un pájaro gigante que voló a través del océano, sin detenerse
hasta que llegó a América.
No tengo ninguna fotografía de mi madre, y me resulta
difícil acordarme de cómo era físicamente. Siempre que la veo en mi mente me
encuentro con una mujer baja, morena, con delgadas muñecas infantiles y dedos
blancos y delicados, y repentinamente, de vez en cuando, recuerdo lo agradable
que era que te tocaran aquellos dedos. Siempre es muy joven y guapa cuando la
veo, y probablemente ese recuerdo es exacto, puesto que sólo tenía veintinueve
años cuando murió. Vivimos en distintos apartamentos en Boston y en Cambridge,
y creo que trabajaba para una especie de editorial de libros de texto, aunque yo
era demasiado pequeño para tener una idea clara de lo que hacía allí. Lo que
destaca más vívidamente en mi memoria son las ocasiones en que íbamos al cine
juntos (películas de vaqueros con Randolph Scott, La guerra de los mundos,
Pinocho), cómo nos sentábamos en la oscuridad del cine y nos comíamos
poco a poco una bolsa de palomitas cogidos de la mano. Era capaz de contar
chistes que me hacían reír a carcajadas, pero eso sucedía sólo raramente, cuando
los planetas estaban en la conjunción propicia. A menudo se mostraba distraída,
propensa a un ligero mal humor, y a veces percibía que emanaba de ella una
verdadera tristeza, una sensación de que estaba batallando con alguna vasta y
eterna confusión. A medida que fui creciendo, me dejaba en casa con niñeras por
horas cada vez más a menudo, pero no entendí lo que significaban esas
misteriosas salidas suyas hasta mucho después, cuando hacía mucho tiempo que
habla muerto. Respecto a mi padre, sin embargo, el vacío era absoluto, tanto
mientras ella vivió como después de muerta. Ese era un tema del que se negaba a
hablar conmigo, y siempre que le preguntaba se mantenía inflexible.
-Se murió hace mucho tiempo -decía-, antes de que tú
nacieras.
No había en toda la casa ninguna prueba de su existencia.
Ni una fotografía, ni un nombre. Por falta de algo a que agarrarme, le imaginaba
como una versión morena de Buck Rogers, un viajero espacial que habla pasado a
la cuarta dimensión y no encontraba el camino de vuelta.
A mi madre la enterraron junto a sus padres en el
cementerio de Westlawn, y yo me fui a vivir con el tío Victor en el barrio de
North Side de Chicago. Gran parte de esa primera época se me ha borrado, pero
según parece andaba muy alicaído, suspiraba lo mío y por las noches sollozaba
hasta que me quedaba dormido como un patético huérfano de una novela
decimonónica. En una ocasión, una boba conocida de Victor se encontró con
nosotros en la calle y, cuando él nos presentó, se echó a llorar, se secó los
ojos con un pañuelo y murmuró que yo debía de ser el hijo del amor de la pobre
Emmie. Yo nunca habla oído esa expresión, pero comprendí que sugería cosas
horribles y desgraciadas. Cuando le pedí al tío Victor que me la explicara,
inventó una respuesta que no he olvidado nunca.
-Todos los hijos son hijos del amor -dijo-, pero sólo a los
mejores les llaman así.
El hermano mayor de mi madre era un soltero de cuarenta y
tres años, larguirucho y de nariz aguileña, que se ganaba la vida como
clarinetista. Como todos los Fogg, tenía tendencia a la apatía y la ensoñación,
a fugas repentinas y prolongados letargos. Después de un prometedor comienzo en
la Orquesta de Cleveland, estos rasgos de su carácter acabaron por dominarle.
Llegaba tarde a los ensayos porque se había dormido, se presentaba en los
conciertos sin corbata y una vez tuvo la osadía de contar un chiste verde
delante del concertino búlgaro. Después de que le despidieran, Victor fue de un
sitio a otro con varias orquestas menores, a cual peor, y cuando regresó a
Chicago en 1953 ya había aprendido a aceptar la mediocridad de su carrera.
Cuando fui a vivir con él en febrero de 1958, daba clases de clarinete a
principiantes y tocaba con la Howie Dunn’s Moonlight Moods, una pequeña
orquestina que hacía las acostumbradas rondas de bodas, confirmaciones y
fiestas de graduación. Victor sabía que le faltaba ambición, pero también sabía
que habla otras cosas en el mundo aparte de la música. Tantas, en realidad, que
a menudo se sentía abrumado por ellas. Como era de esa clase de personas que
siempre están soñando con hacer otra cosa mientras están ocupadas, no podía
sentarse a practicar una pieza sin detenerse a resolver mentalmente un problema
de ajedrez, no podía jugar al ajedrez sin pensar en los fracasos de los Chicago
Cubs, no podía ir al estadio de béisbol sin acordarse de un personaje secundario
de Shakespeare, y luego, cuando al fin volvía a casa, no podía sentarse con un
libro más de veinte minutos sin sentir la urgente necesidad de tocar el
clarinete. Por lo tanto, dondequiera que estuviese y adondequiera que fuera,
dejaba tras de sí un desordenado rastro de malas jugadas de ajedrez, marcadores
con resultados provisionales y libros a medio leer.
Sin embargo, no era difícil querer al tío Victor. La comida
era peor que la que me daba mi madre y los pisos en que vivimos estaban más
sucios y abarrotados, pero a la larga ésas eran cuestiones sin importancia.
Victor no pretendía ser algo que no era. Sabía que la paternidad estaba fuera de
sus posibilidades y por lo tanto me trataba menos como a un niño que como a un
amigo, un compañero en miniatura al que adoraba. Era un arreglo que nos convenía
a los dos. Al cabo de un mes de mi llegada, habíamos desarrollado un juego
consistente en inventar países entre los dos, mundos imaginarios que invertían
las leyes de la naturaleza. Tardamos semanas en perfeccionar algunos de los
mejores, y los mapas que dibujé de ellos los colgamos en un lugar de honor
encima de la mesa de la cocina. La Tierra de la Luz Esporádica, por ejemplo, y
el Reino de los Tuertos. Dadas las dificultades que el mundo real nos habla
creado, probablemente era lógico que quisiéramos abandonarlo lo más a menudo
posible.
Poco después de mi llegada a Chicago, el tío Victor me
llevó a ver la película La vuelta al mundo en 80 días. El héroe de la
historia se llamaba Fogg, como es sabido, y desde entonces el tío Victor me
llamaba Phileas como apelativo cariñoso, una referencia secreta a ese extraño
momento en que, como él dijo, “nos enfrentamos a nosotros mismos en la
pantalla”. Al tío Victor le encantaba inventarse complicadas y disparatadas
teorías acerca de las cosas y no se cansaba nunca de explicarme las glorias
ocultas en mi nombre. Marco Stanley Fogg. Según él, demostraba que llevaba los
viajes en la sangre, que la vida me llevaría a lugares donde ningún hombre había
estado antes. Marco, naturalmente, era por Marco Polo, el primer europeo que
visitó China; Stanley, por el periodista norteamericano que había seguido el
rastro del doctor Livingstone hasta “el corazón del Africa más oscura”; y Fogg,
por Phileas, el hombre que había dado la vuelta al mundo en menos de tres meses.
No importaba que mi madre hubiese elegido Marco simplemente porque le gustaba,
ni que Stanley fuese el nombre de mi abuelo, ni que Fogg fuera un nombre
equivocado, el capricho de un funcionario norteamericano medio analfabeto. El
tío Victor encontraba significados donde nadie los hubiera encontrado y luego,
con mucha destreza, los convertía en una forma de apoyo clandestino. La verdad
es que yo disfrutaba cuando me dedicaba tanta atención, y aunque sabía que sus
discursos eran fanfarronadas y palabrerías, había una parte de mí que creía cada
una de sus palabras. En breve, el nominalismo de Victor me ayudó a sobrevivir a
las difíciles primeras semanas en mi nuevo colegio. Los nombres son la cosa más
fácil de atacar, y Fogg se prestaba a multitud de espontáneas mutilaciones: Fag
y Frog, por ejemplo, junto con innumerables referencias meteorológicas: Bola de
Nieve, Hombre de Fango, Baboso. Cuando agotaron las posibilidades de mi
apellido, concentraron su atención en mi nombre. La o final de Marco era
un blanco evidente, que dio lugar a epítetos como Dumbo, Jerko y Mumbo Jumbo;
pero otras ocurrencias desafiaban todas las expectativas. Marco se convirtió en
Marco Polo; Marco Polo en Camisa Polo; Camisa Polo se transformó en Cara de
Camisa; y Cara de Camisa en Cara de Mierda, un deslumbrante ejemplo de crueldad
que me dejó aturdido la primera vez que lo oí. Finalmente sobreviví a mi
iniciación escolar, pero me dejó la sensación de la infinita fragilidad de mi
nombre. Este nombre estaba tan estrechamente ligado a mi sensación de quién era
yo que deseaba protegerlo de ulteriores daños. Cuando tenía quince años, empecé
a firmar todos mis trabajos M. S. Fogg, imitando pretenciosamente a los dioses
de la literatura moderna, pero al mismo tiempo encantado del hecho de que las
iniciales correspondieran a las de manuscrito. El tío Victor aprobó con
entusiasmo este cambio de postura.
-Cada hombre es el autor de su propia vida -dijo-. El libro
que estás escribiendo aún no está terminado. Por lo tanto, es un manuscrito. No
podría haber nada más apropiado.
Poco a poco, Marco fue desapareciendo de la circulación
pública. Yo era Phileas para mi tío, y cuando llegué a la universidad, para
todos los demás era M. S. Unos cuantos graciosos señalaron que esas letras eran
también las iniciales de una enfermedad,
pero para entonces yo aceptaba con gusto cualquier nueva asociación o
ironía que poder añadir a mi persona. Cuando conocí a Kitty Wu, ella me dio
varios otros nombres, pero ésos eran de su exclusiva propiedad, por así decirlo,
y también me alegré de recibirlos: Foggy, por ejemplo, que utilizaba sólo en
ocasiones especiales, y Cyrano, que respondía a razones que aclararé más
adelante. Si el tío Victor hubiera llegado a conocerla, estoy seguro de que
habría sabido apreciar el hecho de que Marco, a su modesta manera, al fin
hubiera puesto el pie en China.
Las lecciones de clarinete no iban bien (mi aliento se
resistía, mis labios se impacientaban) y pronto encontré el modo de
escabullirme. El béisbol me resultaba más atractivo, y a los once años ya me
había convertido en uno de esos flacos chavales norteamericanos que iban a todas
partes con el guante puesto y lo golpeaban con el puño derecho mil veces al día.
No hay duda de que el béisbol me ayudó a superar algunos obstáculos en el
colegio y cuando entré en la Liga Infantil aquella primavera, el tío Victor
venía a ver casi todos los partidos para animarme. En julio de 1958 nos
trasladamos repentinamente a Saint Paul, Minnesota (“una oportunidad
excepcional”, dijo Victor, refiriéndose a un trabajo que le hablan ofrecido
para enseñar música), pero al año siguiente ya estábamos de vuelta en Chicago.
En octubre, Victor compró un televisor y me permitió faltar al colegio para ver
a los White Sox perder la Serie Mundial en seis partidos. Ese fue el año de
Early Wynn y los bulliciosos Sox, de Wally Moon y sus vertiginosas carreras
completas. Nosotros éramos hinchas del Chicago, naturalmente, pero los dos nos
alegramos secretamente cuando el hombre de las cejas gesticulantes echó uno
fuera en el último partido. Al principio de la temporada siguiente volvimos a
apoyar a los Cubs, los chapuceros e ineptos Cubs, el equipo dueño de nuestras
almas. Victor era un acérrimo defensor del béisbol diurno y consideraba un bien
moral que el rey del chicle no hubiera sucumbido a la perversión de la luz
artificial.
-Cuando voy a un partido -decía-, las únicas estrellas que
quiero ver son las del terreno de juego. Es un deporte que pide luz del sol y
lana sudada. ¡El carro de Apolo suspendido en el cenit! ¡La gran bola ardiendo
en el cielo americano!
Tuvimos largas discusiones durante aquellos años acerca de
hombres como Ernie Banks, George Altman y Glen Hobbie. Éste era uno de sus
favoritos, pero, en consonancia con su visión del mundo, mi tío afirmaba que
nunca triunfaría como lanzador porque su nombre implicaba falta de
profesionalidad. Los comentarios disparatados de este tipo eran la esencia del
humor de Victor. Como para entonces yo me había aficionado verdaderamente a sus
chistes, comprendía por qué tenía que decirlos con una cara muy seria.
Poco después de cumplir yo catorce años, la población de
nuestra casa aumentó a tres. Dora Shamsky, de soltera Katz, era una fornida
viuda de cuarenta y tantos años con una extravagante melena rubio platino y un
trasero enfundado en una faja muy apretada. Desde el fallecimiento del señor
Shamsky, ocurrido seis años antes, trabajaba de secretaria en la sección de
actuarios de la compañía de seguros Mid-American Life. Su encuentro con el tío
Victor tuvo lugar en la sala de baile del Hotel Featherstone, donde los
Moonlight Moods estaban a mano para proporcionar entretenimiento musical en la
fiesta de Nochevieja que la compañía daba todos los años. Después de un
noviazgo rápido como un torbellino, la pareja ató el vínculo en marzo. Yo no vi
nada de malo en el hecho en sí y actué orgullosamente de padrino en la boda.
Pero una vez que el polvo empezó a posarse, me dolió observar que mi nueva tía
no reía con mucho gusto las bromas de Victor, y me pregunté si eso no indicaría
que era un poco obtusa, una falta de agilidad mental que no auguraba buenas
perspectivas a la unión. Pronto aprendí que habla dos Doras. La primera era toda
animación y actividad, un personaje brusco y masculino que se movía por la casa
con la eficacia de un sargento, un baluarte de quebradizo buen humor, una
sabelotodo, una mandona. La segunda Dora era una borracha coqueta, una mujer
sensual, llorosa y autocompasiva que se tambaleaba por la casa en albornoz rosa
y vomitaba sus borracheras en el suelo del cuarto de estar. De las dos, yo
prefería con mucho a la segunda, aunque sólo fuera por la ternura que me
demostraba entonces. Pero Dora borracha me planteaba un problema que no sabía
resolver, porque esos derrumbamientos suyos ponían a Victor malhumorado y
triste, y lo que yo más odiaba en el mundo era ver sufrir a mi tío. Victor podía
soportar a la Dora sobria y gruñona, pero su embriaguez despertaba en él una
severidad y una impaciencia que a mí me parecía antinatural, una perversión de
su verdadero carácter. Lo bueno y lo malo estaban por lo tanto en guerra
constante entre sí. Cuando Dora estaba bien, Victor estaba mal; cuando Dora
estaba mal, Victor estaba bien. La Dora buena producía un Victor malo y el
Victor bueno sólo reaparecía cuando Dora era mala. Permanecí prisionero de esta
máquina infernal durante más de un año.
Afortunadamente, la compañía de autobuses de Boston me
había pagado una indemnización generosa. Según los cálculos de Victor, habría
suficiente dinero para costear cuatro años de universidad y vivir modestamente,
y aún quedaría algo extra que me serviría para entrar en la llamada vida real.
Durante los primeros años mantuvo este capital escrupulosamente intacto. Me
mantenía de su propio bolsillo y lo hacía con alegría, orgulloso de su
responsabilidad y sin mostrar la menor inclinación a tocar ni un céntimo de
aquella suma. Sin embargo, cuando Dora entró en escena, Victor cambió de planes.
Retiró los intereses acumulados, junto con una pequeña cantidad de lo otro, y me
matriculó en un internado privado de New Hampshire, pensando que de este modo
corregiría los efectos de su equivocación. Porque si Dora habla resultado no ser
la madre que él había esperado proporcionarme, no veía ningún motivo para no
buscar otra solución. Era una lástima tocar el capital, claro está, pero no
había más remedio. Cuando tenía que enfrentarse a una elección entre el ahora y
el luego, Victor siempre había elegido el ahora, y dado que toda su vida estaba
ligada a la lógica de este impulso, era natural que optase por el ahora una vez
más.
Pasé tres años en la Academia Anselm para chicos. Cuando
volví a casa después del segundo año, Victor y Dora ya hablan separado sus
vidas, pero no parecía que tuviera sentido volver a cambiarme de colegio, así
que regresé a New Hampshire cuando se acabaron las vacaciones de verano. Las
explicaciones de Victor respecto al divorcio eran bastante confusas, y nunca
estuve seguro de lo que pasó en realidad. Habló algo de cuentas bancarias
desaparecidas y de platos rotos, pero también mencionó a un hombre llamado
George, y me pregunté si él también tendría que ver en el asunto. Sin embargo,
no le insistí a mi tío para que me diera detalles, puesto que, en definitiva,
parecía más aliviado que apenado por estar solo otra vez. Victor había
sobrevivido a las batallas matrimoniales, pero eso no significaba que no le
hubieran dejado heridas. Su aspecto era inquietantemente desaseado (le faltaban
botones, los cuellos estaban sucios, los bajos de los pantalones raídos) y hasta
sus chistes habían adquirido un carácter melancólico, casi patético. Esas
señales ya eran bastante graves, pero lo más preocupante para mí eran sus fallos
físicos. Había momentos en que daba traspiés (una misteriosa debilidad en las
rodillas), tropezaba contra los muebles y no parecía saber dónde estaba. Yo
sabía que la vida con Dora habla hecho estragos en él, pero tenía que haber algo
más. Como no quería aumentar mi alarma, logré convencerme de que sus problemas
tenían menos que ver con su cuerpo que con su estado anímico. Puede que
estuviera en lo cierto, pero, pensándolo ahora, me cuesta creer que los síntomas
que observé por primera vez aquel verano no estuvieran relacionados con el
ataque al corazón que le mató tres años más tarde. Victor no me dijo nada, pero
su cuerpo me hablaba en clave, y yo no tuve los recursos o la inteligencia
necesarios para descifrar el mensaje.
Cuando volví a Chicago para las vacaciones de Navidad, la
crisis parecía haber pasado. Victor habla recobrado en gran medida su
fanfarronería y puesto en marcha, de repente, grandes proyectos. En septiembre,
él y Howie Dunn habían disuelto la Moonlight Moods y habían formado otro grupo,
aunando fuerzas con tres músicos más jóvenes que tocaban la batería, el piano y
el saxofón. Ahora se llamaban Moon Men, Los Hombres de la Luna, y la mayoría de
sus canciones eran números originales. Victor escribía las letras, Howie
componía la música y los cinco las cantaban, más o menos.
-Se acabaron las viejas piezas clásicas -me anunció Victor
cuando llegué-. Se acabaron las melodías bailables. Se acabaron las bodas y sus
borrachos. Nos hemos salido del circuito del pollo de goma y vamos a intentar ir
a lo grande.
No había duda de que habían montado un espectáculo
original, y cuando fui a verlos actuar la noche siguiente, las canciones me
parecieron una revelación: llenas de humor y de chispa, una forma bulliciosa de
sátira que se burlaba de todo, desde la política al amor. Las letras de Victor
tenían un sabor desenfadado de cancioneta, pero el tono subyacente era de un
efecto casi swiftiano. Un cruce de Spike Jones con Schopenhauer, si tal cosa es
posible. Howie les había conseguido una actuación en uno de los clubs del centro
de Chicago y acabaron actuando allí todos los fines de semana desde el día de
Acción de Gracias hasta el día de San Valentín. Cuando regresé a Chicago después
de graduarme, ya tenían una gira a la vista e incluso se hablaba de grabar un
disco para una compañía de Los Angeles. Y ahí es donde los libros del tío Victor
entran en la historia. La gira iba a comenzar a mediados de septiembre y no
sabía cuándo volvería.
Era de noche, tarde, y faltaba menos de una semana para que
me fuera a Nueva York. Victor estaba sentado en su silla al lado de la ventana,
fumándose un paquete de Raleighs y bebiendo schnapps en una jarra
comprada en una tienda de baratillo. Yo estaba despatarrado en el sofá, flotando
dichosamente en un estupor de whisky y tabaco. Llevábamos tres o cuatro horas
hablando de cosas intrascendentes, pero ahora había un respiro en la
conversación y cada uno se dejaba llevar en silencio por sus propios
pensamientos. El tío Victor dio la última chupada a su cigarrillo, bizqueó
cuando el humo subió por su mejilla, y luego apagó la colilla en su cenicero
favorito, un recuerdo de la Feria Mundial de 1939. Mientras me examinaba con
brumoso afecto, tomó otro sorbo de su bebida, hizo un ruido con los labios y
lanzó un profundo suspiro.
-Ahora viene lo difícil -dijo-. Los finales, las
despedidas, las famosas últimas palabras. Arrancar las estacas, creo que le
llaman en las películas del Oeste. Aunque no tengas noticias mías a menudo,
Phileas, recuerda que siempre pienso en ti. Ojalá pudiera decirte dónde voy a
estar, pero nuevos mundos nos reclaman de repente a los dos y dudo que tengamos
muchas ocasiones de escribirnos. -El tío Victor hizo una pausa para encender
otro cigarrillo y vi que le temblaba la mano que sostenía la cerilla-. Nadie
sabe cuánto durará esto -continuó-, pero Howie es muy optimista. Tenemos ya
muchos contratos y sin duda habrá más. Colorado, Arizona, Nevada, California.
Pondremos rumbo al Oeste, internándonos en las tierras salvajes. Creo que será
interesante, independientemente de lo que salga de ello. Una panda de tipos
urbanos en la tierra de los vaqueros y los indios. Pero me atrae la idea de esos
espacios abiertos, la idea de tocar mi música bajo el cielo del desierto. ¿Quién
sabe si no se me revelará allí una verdad nueva?
El tío Victor se rió, como para disimular la seriedad de
ese pensamiento.
-La cuestión es -resumió- que con tanta distancia que
recorrer tengo que viajar ligero de equipaje. Tendré que desechar cosas,
regalarlas, tirarlas a la basura. Como me duele pensar en perderlas para
siempre, he decidido dártelas a ti. ¿En quién más puedo confiar, después de
todo Empezaré por los libros. Sí, sí,
todos. Por lo que a mí respecta, no podría haber ocurrido en mejor momento.
Cuando los conté esta tarde, había mil cuatrocientos noventa y dos volúmenes.
Un número propicio, creo, porque evoca el recuerdo del descubrimiento de
América, y la universidad a la que vas lleva ese nombre en honor de Colón.
Algunos de estos libros son grandes, otros pequeños, unos son gordos, otros
delgados, pero todos contienen palabras. Si lees esas palabras, puede que te
ayuden en tu educación. No, no, ni hablar de eso. Ni una palabra de protesta. En
cuanto estés instalado en Nueva York, te los mandaré. Me quedaré con un ejemplar
de Dante, pero todos los demás son para ti. Además, está el ajedrez de madera.
Yo me quedaré con el magnético, pero el de madera tienes que llevártelo tú.
Luego está la caja de puros con los autógrafos de jugadores de béisbol. Tenemos
casi todos los de los Cubs de las dos últimas décadas, algunas estrellas y
numerosas luminarias menores de la liga. Matt Batts, Memo Luna, Rip Repulski,
Putsy Caballero, Dick Drott. La oscuridad de esos nombres solos debería hacerlos
inmortales. Después vienen diversas baratijas y chucherías. Mis ceniceros de
recuerdo de Nueva York y El Alamo, las grabaciones de Haydn y de Mozart que
hice con la Orquesta de Cleveland, el álbum de fotos de la familia, la placa que
gané de niño por acabar el primero en el concurso musical del estado. Eso fue en
1924, aunque cueste creerlo, hace mucho, mucho tiempo. Por último, quiero que te
quedes con el traje de tweed que compré en Loop hace unos cuantos inviernos. A
mí no me hará falta en los sitios adonde voy, y está hecho de la mejor lana
escocesa. Sólo me lo he puesto dos veces y si se lo doy al Ejército de
Salvación, acabará en las espaldas de algún desgraciado alcohólico de Skid Row.
Es mucho mejor que lo uses tú. Te dará cierta distinción, y no es ningún crimen
tener el mejor aspecto posible, ¿verdad? Mañana temprano iremos al sastre para
que te lo arregle.
»Bien, creo que eso es todo. Los libros, el ajedrez, la
miscelánea, el traje... Ahora que he dispuesto de mi reino, me siento
satisfecho. No hace falta que me mires de ese modo. Sé lo que hago y me alegro
de haberlo hecho. Eres un buen chico, Phileas, y siempre estarás conmigo, esté
donde esté. Por ahora, vamos en direcciones opuestas. Pero antes o después nos
reuniremos de nuevo, estoy seguro. Al final todo sale bien, ¿comprendes?, todo
conecta. Los nueve círculos. Los nueve planetas. Las nueve entradas. Nuestras
nueve vidas. Piénsalo. Las correspondencias son infinitas. Pero ya basta de
charlatanería por esta noche. Se hace tarde y el sueño nos llama a los dos. Ven,
dame la mano. Sí, eso es, un buen apretón, firme. Así. Y ahora sacúdela. Eso es,
un apretón de manos de despedida. Un apretón que nos dure hasta el fin de los
tiempos.
Cada una o dos semanas, el tío Victor me enviaba una
postal. Generalmente eran tarjetas turísticas de colores chillones: imágenes de
puestas de sol en las Montañas Rocosas, fotos publicitarias de moteles de
carretera, cactus, rodeos, ranchos para turistas, pueblos fantasma, panorámicas
del desierto. A veces había frases de saludo impresas dentro de un lazo pintado
y en una incluso hablaba una mula por medio de un bocadillo de tebeo que
aparecía sobre su cabeza: Recuerdos desde Silver Gulch. Los mensajes de la parte
de atrás eran breves y crípticos garabatos, pero lo que yo ansiaba no eran tanto
noticias como señales de vida. El verdadero placer estaba en las propias
postales, y cuanto más ordinarias y absurdas fueran, más feliz me hacía el
recibirlas. Cada vez que encontraba una en mi buzón, me parecía que compartíamos
una broma privada, y las mejores (una fotografía de un restaurante vacío en
Reno, una mujer gorda a caballo en Cheyenne) incluso las pegué en la pared
encima de mi cama. Mi compañero de cuarto entendió lo del restaurante vacío,
pero la amazona le desconcertó. Le expliqué que tenía un extraordinario parecido
con la ex mujer de mi tío, Dora. Teniendo en cuenta las cosas que pasan en el
mundo, dije, era muy posible que la mujer fuese la mismísima Dora.
Como Victor no se quedaba mucho tiempo en ninguna parte, me
era difícil contestarle. A finales de octubre le escribí una carta de nueve
páginas contándole el apagón de Nueva York (me había quedado atrapado en un
ascensor con dos amigos), pero no la eché al correo hasta enero, cuando los
Hombres de la Luna comenzaban un contrato de tres semanas en Tahoe. Aunque no
podía escribirle con frecuencia, conseguía mantenerme en contacto espiritual
con él llevando su traje. No se puede decir que los trajes estuvieran
precisamente de moda entre los estudiantes por entonces, pero me sentía como en
casa dentro de él y puesto que a todos los efectos prácticos no tenía otra casa,
continué poniéndomelo diariamente desde el principio del curso hasta el final.
En momentos de tensión y tristeza, constituía para mí un consuelo sentirme
arropado en el calor de la ropa de mi tío, y hubo veces en que imaginé que el
traje me mantenía entero, que si no lo llevara puesto, mi cuerpo volarla en
pedazos. Cumplía la función de una membrana protectora, una segunda piel que me
escudaba de los golpes de la vida. Recordándolo ahora, me doy cuenta de la pinta
tan curiosa que debía de tener: un muchacho flaco, despeinado, serio,
claramente en desacuerdo con el resto del mundo. Pero la verdad era que yo no
tenía el menor deseo de adaptarme. Si mis compañeros me colocaban la etiqueta de
bicho raro, ése era su problema. Yo era el intelectual sublime, el futuro genio
arisco y obstinado, el rebelde inconformista que se mantiene apartado de la
manada. Casi me ruborizo al recordar las ridículas poses que adoptaba en aquella
época. Era una grotesca amalgama de timidez y arrogancia, y alternaba largos e
incómodos silencios con furiosos ataques de verborrea. Cuando me daba la vena,
pasaba noches enteras en los bares, fumando y bebiendo como si quisiera matarme,
citando versos de poetas menores del siglo
xvi y oscuras frases en latín de filósofos medievales, y haciendo todo lo
posible por impresionar a mis amigos. Los dieciocho años es una edad terrible, y
aunque yo iba por ahí convencido de que en cierto modo era más maduro que mis
compañeros de clase, la verdad era que únicamente había encontrado una manera
diferente de ser joven. Más que nada, el traje era una divisa de mi identidad,
el emblema de la forma en que yo deseaba que me vieran los demás. Objetivamente
considerado, el traje no tenía nada de malo. Era un tweed oscuro, de un tono
verdoso, a cuadritos y con solapas estrechas, una prenda sólida y bien hecha,
pero después de varios meses de uso constante empezó a dar una impresión
azarosa; colgaba de mi descarnada osamenta como una ocurrencia tardía, un
torbellino de lana deformada. Lo que mis amigos no sabían, claro está, era que
lo llevaba por razones sentimentales. Bajo mi postura inconformista, satisfacía
también el deseo de tener a mi tío cerca de mí, y el corte de la prenda no tenía
casi nada que ver en el asunto. Si Victor me hubiese dado un traje morado de
petimetre, sin duda lo habría llevado con el mismo espíritu con que usaba el de
tweed.
Cuando en primavera se acabaron las clases, rechacé la
proposición de mi compañero de cuarto de que compartiéramos un piso el curso
siguiente. Zimmer me agradaba bastante (de hecho, era mi mejor amigo), pero
después de cuatro años de compañeros de cuarto y dormitorios escolares, no podía
resistir la tentación de vivir solo. Encontré el apartamento de la calle 112
Oeste y me trasladé allí el 15 de junio; llegué con mis maletas justo momentos
antes de que dos tipos fornidos trajeran las setenta y seis cajas de cartón con
los libros del tío Victor, que habían estado en un almacén durante los últimos
nueve meses. Era un apartamento estudio en el quinto piso de un edificio grande
con ascensor: una habitación de tamaño mediano con una cocinita en el lado
sureste, un armario empotrado, un cuarto de baño y un par de ventanas que daban
a un patio. Las palomas aleteaban y arrullaban en el alféizar y abajo había
seis cubos de basura abollados. Dentro, la luz era escasa, teñida de gris, e
incluso en los días más soleados no entraba más que un miserable resplandor. Al
principio sentí algunas punzadas, ligeros golpecitos de miedo ante la idea de
vivir solo, pero luego hice un descubrimiento singular que me ayudó a cogerle
gusto al sitio y a instalarme en él. En mi segunda o tercera noche allí, por
casualidad, me encontré de pie entre las dos ventanas, situado en un ángulo
oblicuo con respecto a la de la izquierda. Moví los ojos ligeramente en esa
dirección y de repente vi una rendija de aire entre los dos edificios que había
detrás. Veía Broadway, una pequeñísima, diminuta, porción de Broadway, y lo
extraordinario era que todo el pedazo que vela estaba ocupado por un letrero de
neón, una luminosa antorcha de letras rosas y azules que componían las palabras
palacio de la luna. Reconocí el
letrero del restaurante chino que había en la misma manzana, pero la fuerza con
que me asaltaron aquellas palabras ahogó cualquier referencia o asociación
práctica. Eran letras mágicas que colgaban en la oscuridad como un mensaje del
cielo. palacio de la luna.
Inmediatamente pensé en el tío Victor y en su grupo, y en aquel primer momento
irracional los temores dejaron de hacer presa en mí. Nunca había experimentado
nada tan súbito y absoluto. Una habitación desnuda y mugrienta se había
transformado en un lugar de espiritualidad, un punto de intersección de extraños
presagios y sucesos misteriosos y arbitrarios. Seguí mirando el letrero del
Palacio de la Luna y, poco a poco, comprendí que habla venido al sitio adecuado,
que este pequeño apartamento era exactamente donde debía vivir.
Pasé el verano trabajando media jornada en una librería,
yendo al cine y enamorándome y desenamorándome de una chica que se llamaba
Cynthia. cuyo rostro hace mucho tiempo que se desvaneció de mi memoria. Me
sentía cada vez más a gusto en mi nuevo apartamento, y cuando se reanudaron las
clases aquel otoño me lancé a una frenética ronda de copas hasta altas horas de
la noche con Zimmer y mis amigos, de persecuciones amorosas y de largas y
silenciosas borracheras de lectura y estudio. Mucho más adelante, cuando pensé
en esas cosas desde la distancia de los años, comprendí lo fértil que aquella
época resultó para mí.
Luego cumplí veinte años, y pocas semanas después recibí
una larga carta del tío Victor, casi incomprensible, escrita a lápiz en la parte
de atrás de unas hojas amarillas de pedido de la Enciclopedia Humboldt. Por lo
que pude deducir, corrían tiempos duros para los Hombres de la Luna y, después
de una larga racha de mala suerte (contratos incumplidos, pinchazos, un
borracho que le había partido la nariz al saxofonista), el grupo había acabado
disolviéndose. Desde noviembre, el tío Victor vivía en Boise, Idaho, donde había
encontrado un trabajo temporal vendiendo enciclopedias de puerta en puerta.
Pero las cosas no le habían salido bien, y por primera vez desde que le conocí,
distinguí una nota de derrota en las palabras de Victor. “Mi clarinete está
empeñado -decía la carta-, el saldo de mi cuenta es cero y los residentes
de Boise no tienen ningún interés en las enciclopedias.”
Le mandé un giro a mi tío, seguido de un telegrama en el
que le apremiaba a venir a Nueva York. Victor contestó unos días más tarde
agradeciéndome la invitación. Tendría arreglados sus asuntos al final de la
semana, decía, y entonces cogerla el primer autobús que saliera. Calculé que
llegaría el martes, el miércoles a más tardar. Pero el miércoles llegó y pasó, y
Victor no apareció. Envié otro telegrama, pero no recibí contestación. Las
posibilidades de desastre me parecían infinitas. Imaginé todas las cosas que
podían sucederle a un hombre entre Boise y Nueva York y de pronto todo el
continente americano se transformó en una inmensa zona de peligro, una terrible
pesadilla de trampas y laberintos. Traté de localizar al dueño de la pensión de
Victor, no conseguí nada por ese lado, y entonces, como último recurso, llamé a
la policía de Boise. Le expliqué cuidadosamente mi problema al sargento que
estaba al otro extremo de la línea, un hombre llamado Neil Armstrong. Al día
siguiente el sargento Armstrong me llamó para darme la noticia. Habían
encontrado al tío Victor muerto en su habitación de la calle Doce Norte,
derrumbado en una silla con el abrigo puesto y un clarinete a medio montar entre
los dedos de su mano derecha. Había dos maletas llenas junto a la puerta. La
habitación fue registrada, pero las autoridades no encontraron nada que
pareciera sospechoso. Según el informe preliminar del forense, la causa probable
de la muerte era un ataque cardíaco.
-Mala suerte, muchacho -añadió el sargento-. Lo siento de
veras.
Volé al Oeste a la mañana siguiente para resolver los
trámites. Identifiqué el cuerpo de Victor en el depósito de cadáveres, pagué sus
deudas, firmé papeles e impresos y lo arreglé todo para que mandaran sus restos
a Chicago. El hombre de la funeraria de Boise estaba preocupado por el estado en
que se encontraba el cuerpo. Después de descomponerse en su habitación casi una
semana, no se podía hacer mucho con él.
-Yo en su lugar -me dijo- no esperaría milagros.
Organicé el entierro por teléfono, me puse en contacto con
unos cuantos amigos de Victor (Howie Dunn, el saxofonista de la nariz rota,
algunos de sus antiguos alumnos), hice un débil intento de localizar a Dora (no
pude encontrarla) y luego acompañé el ataúd hasta Chicago. Victor fue enterrado
junto a mi madre y el cielo nos obsequió con un diluvio mientras estábamos allí
viendo desaparecer a nuestro amigo bajo la tierra. Luego fuimos a casa de los
Dunn, en North Side, donde la señora Dunn había preparado un modesto almuerzo de
fiambres y sopa caliente. Yo llevaba cuatro horas llorando sin parar, y me bebí
en poco rato cinco o seis bourbons dobles con la comida. Me animaron
considerablemente, y al cabo de una hora o cosa así empecé a cantar en voz alta.
Howie me acompañó al piano y durante un rato la reunión se hizo bastante
estridente. Luego vomité en el suelo y se rompió el hechizo. A las seis me
despedí de todos y salí vacilante a la lluvia. Vagué ciegamente durante dos o
tres horas, vomité otra vez en el escalón de una puerta y luego me encontré a
una prostituta delgada y de ojos grises que se llamaba Agnes y estaba parada
debajo de un paraguas en una calle iluminada por las luces de neón. La acompañé
a una habitación del Hotel Eldorado, le di una breve conferencia sobre los
poemas de sir Walter Raleigh y luego le canté nanas mientras ella se desnudaba y
abría las piernas. Me llamó lunático, pero le di cien dólares y aceptó pasar la
noche conmigo. Sin embargo, dormí mal, y a las cuatro de la madrugada me levanté
silenciosamente, me puse mi ropa mojada y cogí un taxi para ir al aeropuerto.
Estaba en Nueva York a las diez de la mañana.
Al final, el problema no era la pena. La pena era la
primera causa, tal vez, pero pronto dejó paso a otra cosa, algo más tangible, de
efectos más calculables, más violento en el daño que producía. Toda una cadena
de fuerzas se había puesto en marcha y en un momento determinado empecé a
bambolearme, a volar alrededor de mí mismo en círculos cada vez más grandes,
hasta que finalmente me salí de órbita.
La verdad era que mi situación económica se estaba
deteriorando. Me había dado cuenta de ello hacia algún tiempo, pero hasta
entonces la amenaza había sido solamente algo que se alzaba en la lejanía y no
había pensado seriamente en el asunto. A consecuencia de la muerte de Victor,
sin embargo, y de los miles de dólares que me había gastado en aquellos días
terribles, el presupuesto que debía permitirme acabar mi carrera universitaria
había quedado hecho añicos. A menos que hiciera algo para reponer el dinero, no
podría llegar hasta el final. Calculé que si seguía gastando al ritmo que
llevaba, mi capital se agotaría en el mes de noviembre del último curso. Y con
eso quiero decir todo: cada centavo, cada níquel hasta el mismísimo fondo.
Mi primer impulso fue dejar la universidad, pero, después
de darle vueltas a la idea un día o dos, pensé que era mejor no hacerlo. Le
había prometido a mi tío que me graduaría, y puesto que él ya no podía aprobar
el cambio de planes, no me sentía libre de romper mi palabra. Además estaba la
cuestión del servicio militar. Si dejaba la universidad ahora, me revocarían la
prórroga de estudiante, y no me atraía la idea de marchar al encuentro de una
muerte temprana en las junglas de Asia. Así que me quedaría en Nueva York y
continuaría asistiendo a mis clases en Columbia. Esa era la decisión juiciosa,
lo que debía hacer. Después de un comienzo tan prometedor, no debería haberme
resultado difícil seguir actuando de una forma sensata. Había toda clase de
opciones disponibles para personas en mi situación -becas, préstamos, programas
de trabajo y estudio-, pero en cuanto empecé a pensar en ellos, reaccioné con
asco. Fue una respuesta involuntaria, repentina, un brusco ataque de náuseas.
Comprendí que no quería tomar parte en esas cosas y por lo tanto las rechacé
todas, tercamente, despectivamente, sabiendo muy bien que acababa de sabotear mi
única esperanza de sobrevivir a la crisis. A partir de aquel momento, de hecho,
no hice nada que me ayudara, me negué a mover un dedo. Dios sabe por qué me
comporté así. Entonces me inventé incontables razones, pero, en último término,
probablemente todo se reducía a la desesperación. Estaba desesperado, y, frente
a tanto cataclismo, me parecía necesaria algún tipo de acción drástica. Deseaba
escupirle al mundo, hacer algo lo más extravagante posible. Con todo el fervor y
el idealismo de un joven que ha pensado demasiado y ha leído demasiados libros,
decidí que lo mejor era no hacer nada: mi acción consistiría en una negativa
militante a realizar ninguna acción. Esto era nihilismo elevado al nivel de una
proposición estética. Convertiría mi vida en una obra de arte, sacrificándome en
aras de tan exquisitas paradojas que cada respiración me enseñaría a saborear mi
propia condena. Las señales apuntaban a un eclipse total, y aunque buscaba a
tientas otra lectura, la imagen de esa oscuridad me iba atrayendo gradualmente,
me seducía por la simplicidad de su diseño. No haría nada por impedir que
ocurriera lo inevitable, pero tampoco correría a su encuentro. Si por ahora la
vida podía continuar como siempre había sido, tanto mejor. Tendría paciencia,
aguantaría firme. Simplemente, sabía lo que me esperaba, y tanto daba que
sucediera hoy o mañana, porque sucedería de todas formas. Eclipse total. El
animal había sido sacrificado; sus entrañas, descifradas. La luna ocultaría el
sol y, en ese momento, yo me desvanecería. Estaría completamente arruinado,
sería un desecho de carne y hueso sin un céntimo en el bolsillo.
Fue entonces cuando empecé a leer los libros del tío Victor.
Dos semanas después del entierro, elegí al azar una de las cajas, corté
cuidadosamente la cinta adhesiva con un cuchillo y leí todo lo que había en su
interior. Resultó ser una extraña mezcla, embalados sin ningún orden o propósito
aparente. Había novelas y obras de teatro, libros de historia y de viajes,
manuales de ajedrez y novelas policíacas, ciencia ficción y filosofía; un caos
absoluto de letra impresa. No me importaba. Leí todos los libros hasta el final
y me negué a juzgarlos. Por lo que a mi concernía, cada libro era igual a todos
los demás, cada frase se componía del número adecuado de palabras y cada palabra
estaba exactamente donde tenía que estar. Esa fue la forma que elegí de llorar
la muerte del tío Victor. Una por una, abriría cada caja, y uno por uno, leería
cada libro. Esa era la tarea que me habla fijado, y la cumplí hasta el final.
Todas las cajas contenían una mezcolanza similar a la
primera, un batiburrillo de malo y bueno, montones de literatura efímera
esparcidos entre los clásicos, manoseados libros de bolsillo emparedados entre
ejemplares de tapas duras, noveluchas baratas alternando con Donne y Tolstoi. El
tío Victor nunca habla organizado su biblioteca de ninguna forma sistemática.
Cuando compraba un libro lo colocaba en el estante al lado del que había
comprado antes de ése, y poco a poco las hileras se iban extendiendo, ocupando
mayor espacio a medida que pasaban los años. Así era precisamente como habían
entrado los libros en las cajas. La cronología, al menos, estaba intacta, la
secuencia se había preservado por omisión. Consideré que éste era un orden
perfecto. Cada vez que abría una caja penetraba en un segmento nuevo de la vida
de mi tío, un período determinado de días, semanas o meses, y me consolaba
pensar que estaba ocupando el mismo espacio mental que mi tío habla ocupado
antes, leyendo las mismas palabras, viviendo las mismas historias, quizá
albergando los mismos pensamientos. Era casi como seguir la ruta de un
explorador de tiempos lejanos, repitiendo sus pasos cuando se abría camino por
las tierras vírgenes, avanzando hacia el oeste con el sol, persiguiendo la luz
hasta que finalmente se extinguía. Dado que las cajas no estaban numeradas ni
etiquetadas, no tenía modo de saber de antemano en qué período iba a entrar. El
viaje, por tanto, estaba hecho de breves excursiones discontinuas. De Boston a
Lenox, por ejemplo. De Minneapolis a Sioux Falls. De Kenosha a Salt Lake City.
No me importaba tener que ir dando saltos por el mapa. Al final, se llenarían
todas las lagunas, se cubrirían todas las distancias.
Ya había leído muchos de esos libros y otros me los había
leído Victor en voz alta: Robinsón Crusoe, El doctor Jekyll y Mr.
Hyde, El hombre invisible. Sin embargo, no dejé que eso se
interpusiera en mi camino. Me adentré en todos con la misma pasión, devorando
las obras conocidas tan ávidamente como las nuevas. Pilas de libros acabados se
alzaban en los rincones de mi habitación y cuando una de estas torres parecía
estar en peligro de derrumbar-e, llenaba dos bolsas de la compra con los
volúmenes amenazados y me los llevaba la próxima vez que iba a Columbia. Justo
al otro lado del campus, en Broadway, estaba la Librería Chandler, una ratonera
abarrotada y polvorienta que hacía un buen negocio con la compraventa de libros
usados. Entre el verano de 1967 y el verano de 1969 hice docenas de visitas a
ese lugar, y poco a poco me desprendí de mi herencia. Esa fue la única acción
que me permití: hacer uso de lo que ya poseía. Me resultó desgarrador separarme
de las antiguas pertenencias del tío Victor, pero al mismo tiempo sabía que él
no me lo hubiera reprochado. De alguna manera, había saldado mi deuda con él
leyendo los libros, y ahora que andaba tan escaso de fondos parecía lógico que
diera el paso siguiente y los convirtiera en dinero contante.
El problema era que no sacaba lo suficiente. Chandler era
duro regateando y su concepto de los libros era tan diferente del mío que apenas
sabía qué decirle. Para mí, los libros no eran tanto el soporte de las palabras
como las palabras mismas y el valor de un libro estaba determinado por su
calidad espiritual más que por su estado físico. Un Homero con las esquinas
levantadas era más valioso que un Virgilio impecable, por ejemplo; tres
volúmenes de Descartes, menos que uno de Pascal. Esas eran diferencias
esenciales para mí, pero para Chandler no existían. Para él, un libro no era más
que un objeto, una cosa que pertenecía al mundo de las cosas y, como tal, no era
radicalmente distinto de una caja de zapatos, una escobilla del retrete o una
cafetera. Cada vez que le traía otra parte de la biblioteca del tío Victor, el
viejo empezaba con su rutina. Tocaba los libros con desprecio, examinaba los
lomos, buscaba marcas y manchas, dando siempre la impresión de alguien que está
manejando un montón de basura. Esas eran las reglas del juego. Degradando los
libros, Chandler podía ofrecer precios ínfimos. Después de treinta años de
práctica, tenía perfectamente aprendido el numerito, un repertorio de murmullos
y apartes, de gestos de ascos, chasquidos de lengua y tristes sacudidas de
cabeza. La actuación estaba concebida para hacerme comprender que mi criterio no
tenía ningún valor, para avergonzarme y obligarme a reconocer la audacia de
haberle llevado aquellos libros. ¿Me estás diciendo que quieres dinero por esto?
¿Esperas que el basurero te pague por llevarse tu basura?
Yo sabía que me estaba estafando, pero raras veces me
molestaba en protestar. ¿Qué podía hacer, después de todo? Chandler negociaba
desde una posición de fuerza y nada cambiaría eso, porque yo siempre necesitaba
desesperadamente vender y a él le era indiferente comprar. Tampoco servía de
nada que yo fingiera indiferencia. Sencillamente, la venta no se habría
realizado, y no vender era peor que ser estafado. Descubrí que generalmente
sacaba más cuando llevaba pequeñas cantidades de libros, no más de doce o quince
cada vez. Entonces, el precio medio por volumen subía muy ligeramente. Pero
cuanto menor fuera la compraventa, mayor sería la frecuencia con que tendría que
volver, y yo sabía que debía reducir mis visitas al mínimo, porque cuanto más
tratara con Chandler, más se debilitaría mi posición. Por lo tanto, hiciera lo
que hiciera, Chandler salía ganando. A medida que pasaban los meses, el viejo
dejó de hacer ningún esfuerzo por hablarme. Nunca me saludaba, nunca sonreía,
nunca me daba la mano. Su actitud era tan impersonal que a veces llegué a
preguntarme si me recordaba de una vez para otra. En lo que a Chandler
concernía, yo podría haber sido un nuevo cliente cada vez que entraba: una
colección de desconocidos dispares, una horda fortuita.
A medida que vendía los libros, mi apartamento iba
experimentando muchos cambios. Era inevitable, ya que cada vez que, abría una
nueva caja, simultáneamente destruía un mueble. Mi cama quedó desmantelada, mis
sillas se fueron encogiendo hasta que desaparecieron, mi mesa de trabajo se
atrofió hasta dejar un espacio vacío. Mi vida se había convertido en un cero
creciente, algo que podía incluso ver: un vacío palpable, floreciente. Cada
incursión en el pasado de mi tío, producía un resultado físico, un efecto en el
mundo real. Las consecuencias estaban siempre ante mis ojos y no había forma de
escapar de ellas. Quedaban tantas cajas, tantas habían desaparecido. Me bastaba
con mirar mi habitación para saber lo que estaba sucediendo. La habitación era
una máquina que medía mi situación: cuánto quedaba de mí, cuánto se había ido.
Yo era a la vez el perpetrador y el testigo, el autor y el público de un teatro
en el que había una sola persona. Podía seguir el proceso de mi propio
descuartizamiento. Pedazo a pedazo, me veía desaparecer.
Aquéllos eran tiempos difíciles para todos, desde l