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VERSION ON LINE DEL LIBRO:
"EL COYA DE LAS CABRAS Y SU ESTRELLA"
DE SAYA MAABAR
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EL COYA DE LAS CABRAS Y SU ESTRELLA
Saya Maabar
DEDICADO A:
El niño del pasado:
mi hermano Alejandro B. Barrientos
Y
A los niños del futuro:
mi ahijada Paloma Gabriela Fernández Parcero, su hermana Celeste Paz Fernández
Parcero
y Antonio y Leila Gelabert
¡OH! Caminito reseco,
Senda del amor
Tierra de raza te cubre, rocas añosas te marcan,
¿A dónde vas?
El viento acaricia tu superficie,
Lleva la brisa del mar,
El rumor de la nieve al caer,
La majestuosidad de los Andes
Y el arrullo del manantial.
¡Es la voz de la Patria!
¿Quién la oirá?
En la inmensa soledad
Tu voz se escuchará
Con un sonido distinto
¡Cantarás,Cantarás!
COYA: Tus ojos son expresión de la tierra y tu rostro, la inmortalidad de la
raza...
En un ambiente reseco y árido, donde la lluvia parece haberse olvidado de su
gente, donde sólo roca y tierra marrón colorada enmarcan el paisaje, muy lejana
- casi perdida - se ve una lucecita tenue y endeble.
La casa hecha de panes de tierra y caña parece una alucinación del desierto; una
mesa de madera y cuatro sillas, un aparador rústico de mano de obra casera
olvidado en un rincón, una banqueta con un almohadón al que los años han
consumido el color. En la parte de afuera; un rescoldo, una tina, el horno de
barro y un corral; luego, el silencio de la noche en la Puna.
Ese silencio cortante como el frío de las noches y asfixiante como el calor de
sus tardes. Esa inmensa soledad de la distancia que hace a su gente reservada y
con un dejo de tristeza. Un cielo estrellado con una luna redonda y brillante
que hace de techo, dando cierta luminosidad a las rocas y tal vez, a su gente.
Allí vive Doña Laila y su nietecito de seis años, más algunos recuerdos de los
tiempos pasados, donde la risa de sus otros seis nietos alegraban el lugar.
I
Entre rocas y silencio, mi coya va, caminando lentamente con su quena y sus
cabras. Mira con ojos redondos, casi con sorpresa, el paisaje tan conocido.
Cuida sus cabras con dedicación y esmero, es el hombre de la casa, como dice su
abuela, y sin sus cabras, no habría queso, ni leche, ni carne para sobrevivir.
Ellas son su vida, sus juegos, su trabajo diario.
Con su carita oscura, su ropa vieja y descolorida, su gorra y su atadito con pan
y algo de queso, el changuito de las cabras comienza un día más.
Se sienta al reparo del sol calcinante del día y espera; pero también sueña, le
habla al rebaño como si le escuchara, mientras él, manso y lento, se mueve por
el lugar. ¿Qué sueña mi coya, toca la quena y una melodía tierna y
dulce se desplaza por las inmensas distancias a través de la Puna, como un
lamento, como una plegaria se va perdiendo entre la soledad del tiempo que pasó
sin cambiar nada, sólo agregando arrugas en la cara de los ancianos y tristeza
en los ojos de mi coya.
Llega la nochecita con el regreso a casa, las cabras al coral y mi coya a su
tazón de leche y su pan casero, cuando hay. Luego a los cuentos de la abuela y
en el frío de la noche mi coya ¿a dónde va?. A sentarse en la tierra, como todas
las noches, a observar el cielo. ¿Qué espera mi coya?
II
En el cielo dos nuebecitas conversan, murmuran mirando fijamente a una hermosa
estrella brillante que soberbia y altiva, se hace la indiferente.
- Nube gris: ¿y si le dijéramos?
- Nube blanca: no, no nos escuchará
- Nube gris: pero si le explicáramos…
- Nube blanca: ¡es una estrella! No entenderá.
- Nube gris: pero, ¡es el sueño del niño!
- Nube blanca: sí, tal vez, pero…
- Nube gris: no cuesta nada intentar.
- Nube blanca: tienes razón, el coyita lo merece.
¿De qué hablan las nubes
Nube gris toma la decisión y ambas se acercan a la estrella que majestuosamente
expande más luz al verlas acercarse.
- Nube gris: Señora Estrella, ¡Oh magnífica! Nosotras queríamos pedirle…
- Nube blanca: es decir, si Usted quisiera escucharnos un minuto.
- Estrella: ¡Basta ya! ¿Qué desean?
- Nube gris: verá Usted, allá abajo en las rocas, un niño…
- Estrella: Sí, ¿qué pasa?
- Nube gris: un coyita, un niño tiene un deseo; como podría decirle, un sueño…
- Estrella: ¡y qué! Yo llevo miles de años soñando…
- Nube blanca: no, es que el coyita tiene sólo un sueño y si usted quisiera
podría…
- Estrella: (Con gesto altivo) ¿qué?
- Nube gris y blanca (a dúo): su sueño es tener una estrella.
- Estrella (riéndose): Pero yo, no soy una estrella cualquiera, yo soy la más
hermosa, la soberana del cielo, la más brillante.
- Nube gris: Por eso, Su Majestad, si usted quisiera, podría hacer que su sueño
se cumpliera, es tan fácil para usted y todo para ese niño…
- Estrella: ¡no!, ¡No!, y ¡no!
- Nuebecitas (a dúo): ¡Por favor!
- Estrella (girando hacia un costado): ¡he dicho que no y no pueden obligarme!
- Nube blanca y gris (mirándose): Lo sentimos mucho Su Majestad…
Y con gran esfuerzo tomaron a la estrella y empujándola, cayó del cielo y fue su
luz tintineante perdiéndose de vista de las nubes, hasta caer en la falda de mi
coya. Las nubes rieron.
Mi coya que se encontraba sentado en el suelo, frente a su misachico, pedía y
pedía a Dios que se le cumpliera su sueño.
- ¡Señor Diosito!, por favor... lo único que te pido es tener una estrella.
¡Esa! ¡Esa!, y señalaba con su dedito reseco a la más luminosa del cielo.
De pronto mi coyita no pudo ver, una luz le cegó momentáneamente y su sorpresa
–mezcla de llanto y alegría- fue inmensa. Su deseo se había cumplido, en su
falda brillaba una estrella.
- Coyita: ¡Señor estrella!
- Estrella: ¡Señora, por favor!
- Coyita: Sí, perdón, ¡gracias por venir!
- Estrella (acomodándose bastante molesta): sí, si, está bien, pero no vine, me
enviaron, es decir, vine porque quise, a mi nadie me ordena, ¡nadie!
- Coyita: ¡Gracias! ¡Gracias! y abrazándose a la estrella, se puso a llorar…
- Estrella: ¡Basta! Tus lágrimas me están mojando, la humedad no me hace bien,
¿por qué lloras?
- Coyita: no sé, es que yo siempre deseé y…
- Estrella: no entiendo nada ¿querías una estrella?, pues estoy aquí…
- Coyita: sí, pero es que me parece un sueño...
- Estrella: no, no lo es. Tócame; eso sí, no te pinches con mis puntas, son muy
filosas.
- Coyita (acariciándola): ¡es cierto!, eres de verdad y tu luz de plata, ¡eres
hermosa!
- Estrella: sí, lo soy, pero ¿para qué querías una estrella?
- Coyita: nunca tuve mas que a mi abuela y mis cabras, mi familia está muy
lejos…
- Estrella: ¡ah! ¿Tú eres el coyita de las cabras que yo veía?
- Coyita: ¿me veías?
- Estrella: Sí, todos los días y sus noches.
- Coyita: y, ¿cómo?
- Estrella: desde el cielo, ¡cómo iba a ser!
- Coyita: desde tan alto ¿me veías?
- Estrella: ¡por supuesto! Desde el cielo se puede ver todo el mundo y también a
su gente.
- Coyita: entonces, ¿por qué me mirabas a mí?
- Estrella: porque te veía tan solo…
- Coyita: sí, lo estoy…
- Estrella: lo estabas, (levantando la voz) ¡ahora me tienes a mí!
El coyita se quedó contemplándola, como incrédulo de lo que veían sus ojos y
pidiendo por dentro que nunca se fuera. En ese momento, sintió la voz de su
abuela que lo llamaba, contestó y tomando su estrella corrió a la casa, saludó a
su abuela y se fue rápido a tirarse a dormir; su mano brillaba, esa noche dormía
por primera vez a la luz de su estrella.
III
El alba despuntaba en la Puna, cuando mi coya salía con sus cabritas a pastar.
Pero esta vez su rostro tenía una expresión especial. La alegría lo desbordaba y
hacía surgir brillos de colores de sus ojos oscuros. Ya por el sendero, el
coyita hablaba: ¡vamos! Cabritas, ¡vamos!
- Estrella: hay demasiada luz y…
- Coyita: no, todavía es casi de noche, luego va a salir el sol
- Estrella: ¡por favor!, vas a tener que cubrirme, la luz me ciega.
- Coyita: yo te cubriré. Y sacándose el pañuelo de su cuello envolvió
cuidadosamente a la señora estrella.
- Estrella: ¡gracias! Así está mejor.
- Coyita: (silencioso)
- Estrella: ¿qué estás pensando?
- Coyita: es que yo quería pedirte algo…
- Estrella: (asomando una de sus puntas fulgurantes) ¿Y por qué no lo haces?
- Coyita: es que no me animo.
- Estrella: bueno, no es necesario que me lo digas, tus cabras me contaron...
- Coyita: ¿mis cabras
- Estrella: ¡pues claro!, es más, me gusta hablar con los animales.
- Coyita: entonces, ¿sabes lo que deseo?
- Estrella: Claro, las cabritas me dijeron que tú les dijiste que deseabas,
alguna vez tener una estrella para poder pedirle muchas cosas, sobre todo
conocer otros lugares y otra gente ¿es verdad?
- Coyita (sorprendido): Así es, no sabía que ellas me entendían…
- Estrella: Los animalitos entienden y tienen sentimientos. Vos también podrías
escucharlas.
- Coyita: ¿yo Si ellas no hablan.
- Estrella: Escuchando a tu corazón, dejando que él te diga lo que te hablan tus
animalitos.
- Coyita (tocándose el pecho): ¿escucharé su voz?
- Estrella: ¡Más aún!, sentirás sus miedos y alegrías porque ¿sabes?, ellos
también tienen emociones.
- Coyita: te haré caso, de hoy en mas hablaré y escucharé a mis cabras y a todos
los animalitos con el corazón, así nunca más estaré solo.
- Estrella (sonriente): empiezas a comprender.
Caía la noche silenciosa y fría cuando mi coya y sus cabras volvían a las casas.
La abuela con su cara adusta y silenciosa de siempre, preparaba algo en el
rescoldo. Mi chango se lavaba y luego se dirigía como todas las noches a cenar;
cuando se detuvo y, desandando el camino hacia la casa, se dirigió al lugar
donde tantas veces se sentaba bajo el cielo, a pedirle a Dios su estrella. Se
acomodó y tomándola de un pico delicadamente, la sacó del pañuelo en que se
hallaba envuelta y la colocó sobre su falda; luego, permaneció un rato en
silencio hasta que por fin se decidió a hablar:
- Señora Estrella, ¿sería mucho pedirle conocer otros lugares, otros pueblos?,
me dijeron que hay grandes ciudades y aparatos con figuras de colores en su
interior que se mueven y tantas cosas mas…
- Estrella: ¿por qué deseas tanto conocer otros lugares?, ¿no te gusta este
sitio?
- Coyita: sí, pero, dicen que hay mas allá (mirando hacia lo lejos) cosas tan,
pero tan lindas...
- Estrella: no pienso opinar, quiero que lo veas con tus propios ojos. Cumpliré
tu deseo: ¡agárrate fuerte!
Y en un instante, casi sin darse cuenta, el coyita de las cabras estaba en el
cielo aferrado de su estrella y deslizándose por los aires, a una altura tal que
le parecía imposible ver su propia casa; hasta que su vista se acostumbró a la
distancia y pudo divisarla como una lucecita diminuta en la inmensidad de su
tierra rocosa y árida, silenciosa y vacía.
Te llevaré a ver el mundo, le dijo la estrella y - mudo de alegría - el coya
sonrió.
El coyita de las cabras comenzaba a realizar su deseo tan esperado y añorado
durante tanto tiempo.
IV
EL MUNDO
La estrella y el coyita a través del firmamento dibujaban arabescos en el aire,
y un eco de campanas resonaban desde muy arriba; las nuebecitas complacidas
reían, el señor Sol y la Luna festejaban, estallando en mil colores.
- Estrella: ¡agárrate fuerte a mí, vamos a bajar para que puedas ver mejor!
- Coyita (asombrado): ¡Cuántas casas! ¡Cuánta gente!
- Estrella: ésta es una gran ciudad.
- Coyita: ¡qué hermosa casa! (fijando la vista en una enorme mansión de mármol)
¿podemos mirar la gente que vive allí por la ventana?
- Estrella: si así lo quieres…
- Coyita (apoyándose en la ventana entreabierta): hay niños como yo, pero qué
hermosa ropa que visten y cuántos juguetes. Sin embargo, parecen tristes,
¿porqué?
- Estrella: Pues... observa un poco más.
- Coyita (mirando como los niños eran llamados por una nana a un hermoso
comedor): ¿es la mamá?
- Estrella: no, es quien los cuida.
- Coyita: ¿y sus padres?
- Estrella: no, los padres casi nunca están, viajan por negocios para ganar
dinero y comprarles cosas lindas: ropas y juguetes.
- Coyita: ¡pobres! ¿y sus hijos no los extrañan?
- Estrella: Sí, pero no pueden hacer nada.
- Coyita: Con razón los niños tienen los ojos tristes, están solos.
- Estrella (luego de un silencio prolongado): Vamos a ver el mar…
- Coyita: sí, nunca lo vi., ha de ser muy lindo.
- Estrella: ¡lo es!
Como una estela desaparecieron y cambiando de rumbo se dirigieron al mar.
- Coyita: (asustado)¿Qué son esas lomas blancas?, se mueven
- Estrella (riéndose y haciendo alarde de su conocimiento poético): no son
lomas, son “olas azules bordeadas de encaje de espuma salada del mar”
- Coyita: ¿qué?
- Estrella: bueno, son olas que forma el agua de mar cuando se mueve.
- Coyita: nunca vi nada igual. ¡Mira!, los pájaros…
- Estrella: son gaviotas, buscan peces para comer.
- Coyita: ¿y eso
- Estrella: no, es arena de la playa.
- Coyita: ¡OH! ¿podemos acercarnos?
- Estrella: sí, ¿por qué no?
Y así, el coyita de las cabras con sus pies descalzos, tocó por primera vez la
arena; la brisa sacudió sus cabellos mientras una ronda de delfines festejaba en
el mar.
- Coyita: (correteando por la arena) ¡qué calor suave!, ¡Que viento!.
- Estrella: juega, yo te espero…
- Coyita: (recorriendo la playa, juntaba caracoles y piedras de diversos
tamaños, hasta que de pronto se detuvo ante un hombre viejo que en una casilla
hecha de maderas, dormitaba).¡Hola! ¿no le gusta el mar?
- El anciano: ¿quién eres?, no pareces de acá.
- Coyita: no lo soy, vivo lejos, en la Puna.
- Anciano: por eso me hablas, ahora comprendo…
- Coyita: No te entiendo, ¿porqué estás solo y enojado?
- Anciano: y como no iba a estarlo, nadie se ocupa de mí, no tengo nada y soy
siempre rechazado por todos.
- Coyita: (atento, escuchaba en silencio)
- Anciano: A la gente no le importan las personas como yo. Ni siquiera me ven.
- Coyita: ¿eres malo?
- Anciano: no, soy pobre.
- Coyita (indeciso y confundido): yo también, pero ¿qué tiene que ver?.¿ No
tienes animalitos? Yo tengo cabritas y una estrella.
- Anciano (riéndose con grandes carcajadas): ¿cabras. Acá no hay
cabras y no podría además darles de comer, no tengo ni para mí. ¡Ah! Y con
respecto a las estrellas tengo todas las más lindas para mí con solo mirar el
cielo en la noche. Sí, (dijo pensativo) ellas alegran mis noches solitarias, es
como si me hablaran.
- Coyita (con seguridad): Y te hablan…
- Anciano: ¡Ja! Ja! Ja!, me haces reír. (y sacando de una bolsa un caramelo, se
lo dio); toma es lo único que tengo para darte.
- Coyita: ¡gracias!, ¿qué es?, brilla.
- Anciano: ¡mira!, desenvolviendo el caramelo con sus manos avejentadas, se lo
puso en la boca al coyita.
- Coyita: ¡qué rico!, es dulce.
- Anciano: una de las pocas cosas dulces y sencillas que hay en esta vida (y
suspirando se acomodó sobre unas bolsas y se puso a dormitar).
El coyita al verlo dormido, le puso un hermoso caracol y una piedra que había
recogido de la playa en sus manos, luego dijo en voz baja: hasta pronto,
¡Adiós!. Y lentamente caminó hacia donde se encontraba su estrella, mientras
sentía deshacerse en su boca el caramelo de frutas que la había dado el anciano.
- Estrella (bostezando): ¿te divertiste?
- Coyita: sí, pero vi a un anciano que es muy bueno y estaba muy triste, ¿cómo
puede ser?. En este lugar donde todo es tan lindo. Le regalé un caracol y mi
mejor piedra de colores.
- Estrella: seguramente, ése será el mejor regalo que recibirá en mucho tiempo.
Dubitativa, mientras miraba los ojos del niño, dijo: ¿nos vamos?
- Coyita: ¿a dónde?
- Estrella: a ver más mundo…
Y así, dejaron el mar atrás en busca de nuevos lugares para ver.
El coyita permaneció callado, no podía todavía entender por qué ante tantas
cosas bellas sentía un dejo de angustia y tristeza. Pensaba y seguía pensando,
pero no encontraba la razón, en su mente pasaban continuamente las figuras de
los niños de la casa grande, el anciano con sus manos rugosas, mientras apretaba
contra su pecho un caracol y varias piedras que había recogido en la playa.
- Estrella: Mira hacia abajo…
- Coyita (con sus ojos redondos estallando de alegría): ¡cómo juegan!, y bajando
llegaron a un bosque donde dos nutrias se zambullían a orillas de un río,
jugueteando entre sí.
¡Cuánta agua!, ¡que maravilloso color verde azulado tiene!, ¡Ah!, porqué no
habrá tanta agua como acá en mi tierra. Si la hubiera, se podrían plantar
árboles como los que hay por aquí y habría sombra alguna vez en el día.
El coyita dejó que su vista se perdiera en la corriente del río, tal vez quería
ver en el espejo de agua, su propia tierra.
- Estrella: ¡mira las nutrias!
- Coyita(sin quitarles la vista de encima): ¡qué simpáticas!, ¿hay muchas?
- Estrella: había…
- Coyita: no comprendo, ¿ya no hay?
- Estrella: hay muy pocas porque su piel es codiciada por los hombres para hacer
abrigos.
- Coyita: ¿pero no hay otra forma de abrigarse, como lana por ejemplo, sin
necesidad de matar?
- Estrella: sí, hay muchas formas, pero los abrigos de piel de nutria son muy
caros.
- Coyita: ¿por lo abrigados?
- Estrella: No por eso, mas que nada porque son lindos.
- Coyita: y por eso matan a las nutrias, ¿sólo por eso?
- Estrella (con tristeza): sí
- Coyita (mirándolas como retozan en la ribera del río): ¿ y si las juntáramos y
las lleváramos a donde yo vivo? Allí, yo las protegería.
- Estrella: ¡imposible!. No sobrevivían en ese clima, ya que necesitan mucha
agua.
- Coyita (con los ojos llenos de lágrimas): ¡pero las van a matar!
- Estrella: pídele a Dios por ellas, nada puedes tú hacer.
- Coyita (llorando): cayó de rodillas en el suelo y juntando sus manitas se puso
a rezar.
- Estrella (en silencio, secó una lágrima que resbalaba por uno de sus picos)
miró al cielo e imploró.
Dentro de ese marco armonioso y donde la naturaleza pletórica de vida se
mostraba a los ojos de quien deseara contemplarla, el coyita y su estrella
brillaban como una luz más entre las miles de lucecitas de colores, que se
esparcían entre los huecos de las ramas de los árboles al moverse sobre el
lugar.
- Estrella: ¡vamos! Hay mucho que ver aún.
- Coyita (incorporándose): sí, quiero ver otras cosas.
- Y abrazados levantaron vuelo, como una pluma se desliza en el aire.
Recorrieron kilómetros y kilómetros hasta llegar a divisar las montañas con sus
picos cubiertos de nieve eterna. El coyita con los ojos agrandados por la
sorpresa dijo: ¡son cerros inmensos!
- Estrella: no, se llaman montañas.
Mientras descendían hacia la cima de una de las montañas, un copo de nieve
salpicó la nariz del coyita (refregándose graciosamente) dijo: ¿qué es esto
blanco
- Estrella: no, son copos de nieve.
- Coyita: ¡caen del cielo!
- Estrella: sí, es agua congelada por el frío.
- Coyita: ¿siempre cae, durante todo el año?
- Estrella: Acá, en los picos de las montañas sí, porque están muy altos.
- Abajo, también nieva pero no todo el año.
- Coyita: hace frío, pero todo es tan lindo…
- Estrella: Mira allá abajo, las casas con sus techos color rojo y sus
chimeneas.
- Coyita: Parecen sacadas de un cuento.
- Estrella: acá la gente tiene rebaños como tú, pero de ovejas.
- Coyita: ¿dónde?
- Estrella: allí.
- Coyita: Pero son muchas.
- Estrella: Y hay más, pero no se ven desde aquí.
- Coyita (tapándose los ojos con sus manitas regordetas): ¿de dónde viene esa
luz?
- Estrella: Es el sol que se está reflejando en la nieve, mira como cambian de
colores las laderas a medida que el sol las ilumina.
El coyita mira todo como si quisiera grabar en su memoria para siempre lo que
ve, luego de un silencio pregunta: ¿cómo es la gente de aquí?
- Estrella: ¡vamos a conocerla!. Y tomando al coyita llegaron a la puerta de una
casita blanca de donde salía un dulce olor a mermelada.
Una señora de cara rosada, no muy alta con cabellos rubios como el trigo maduro
y ojos claros como el cielo abrió la puerta en ese momento y al ver al coyita,
se sorprendió y dijo: ¡Válgame Dios!, un niño y con este frío. ¡Entra!, ¡Entra!,
y empujando suavemente al coyita cerró rápidamente la puerta de madera.
La casa era de troncos por dentro, sencilla, confortable. En una esquina
chisporroteaban los leños que daban calor al hogar. De pronto la señora comenzó
a hablar: ¿de dónde vienes, te traeré
chocolate caliente y mermelada; siéntate y sin dejarlo contestar salió hacia la
cocina regresando con chocolate, pan y mermelada casera.
- Coyita: Soy de la Puna. Me dicen el coyita de las cabras pero me llamo
Alejandro, aunque nadie me dice así.
- Señora: ¿y cómo llegaste hasta estos lugares tan lejanos para ti? –hablaba
mientras untaba grandes rodajas de pan que cubría con mermelada-.
- Coyita: bueno, es largo de contar…
- Señora: ¡Ay sí! Pobrecito, come primero y tómate el chocolate, debes tener
frío y hambre.
- Coyita: sí, gracias, un poco.
Tomó la taza y bebió; comiendo a grandes mordiscos las deliciosas rebanadas de
pan, hasta que casi no se podía mover. La señora mientras tanto lo miraba
pensando de dónde habría aparecido esa dulce personita de piel oscura.
Mientras tanto, la estrella dormitaba en el bolsillo del coyita haciéndose muy
chiquitita para que no la descubrieran. La nieve seguía cayendo empañando el
vidrio de las ventanas de la casa y formando una alfombra blanca alrededor de
ella. Los árboles se vestían cada vez más de blanco, el paisaje era de una
belleza paradisíaca. Dentro de la casa, la señora hablaba: ¿tienes padres?
- Coyita: no, sólo tengo a mi abuela y mis hermanos pero casi no los recuerdo,
hace mucho que se fueron.
- Señora: mi niño, deberás extrañar a tu abuela.
- Coyita (pensativo): sí, pero volveré y podré contarle tantas cosas.
- Señora (confundida): ¿ella también vive en la Puna?
- Coyita: sí, ella está allí.
- Señora: ¿y como vas a volver?
- Coyita: una estrella me llevará.
- Señora (riéndose): ¡qué cosas dices!. Eres muy lindo (con cierta melancolía).
Me hubiera gustado tener hijos, pero Dios dispuso que no fuera así.
- Coyita: ¿vive sola?
- Señora: no, con mi esposo, pero el trabaja lejos de aquí. Viene una vez por
semana. Pronto lo conocerás.
- Coyita: ¿Usted es feliz?
- Señora: sí, lo soy, con mi esposo nos tenemos el uno al otro y nos queremos
mucho.
- Coyita (bostezando): tengo sueño.
- Señora: ¡ven! Tírate en la cama y yo te arroparé.
- Coyita (mirando perplejo, una cama grande de madera con colchón y hermosas
sábanas con puntillas blancas como la nieve y una manta tejida multicolor): ¿esa
es su cama
- Señora: ¡que ocurrencia! Claro, que sí.
- Coyita (recostándose mientras la señora lo tapaba): ¡Gracias!. Luego se quedó
profundamente dormido.
Después de unas horas donde el pequeño durmió apaciblemente en esa atmósfera
cálida y tranquila, apretando en sus manos los caracolitos y rocas que había
traído del mar y las montañas, sintió una voz que le decía: ¡niño, despierta!.
Ya es tarde…
- Coyita (desperezándose): ¿qué hora es?
- Estrella: hora de irnos.
- Coyita: ¿tan pronto?
- Estrella: hay mucho que ver todavía.
- Coyita: tengo que despedirme de la señora
- Estrella: no, la harás sufrir.
- Coyita: pero, ¡no puedo irme así!
- Estrella: debemos irnos…
Pensativo, el coyita se deslizó de la cama al suelo y acomodándose el ponchito
se puso el gorro mientras le decía a la señora estrella: ...espera un minuto...
Recorrió la casa, hasta que encontró a la señora en un sillón dormitando cerca
de los leños con un tejido en sus manos, mirándola con cierta expresión de
tristeza puso entre sus manos un caracol y una piedrita; la besó en la mejilla
regordeta y rosada.
- Coyita: Ahora sí, podemos irnos.
- Estrella: No son lindas las despedidas, pero los momentos buenos de la vida,
como el cariño con que te trató esa señora y tu presencia aquí, quedarán
grabadas por siempre en el corazón de ambos. Al cariño no lo borra la distancia.
- El coyita –tomando de la mesa unos panes y un frasco de mermelada- dijo: lo
llevo para que mi abuela los pruebe, esta mermelada es riquísima y ella no la
conoce.
- La estrella tomando al coyita salió volando por la ventana dejando una brisa
al pasar que hacía tintinear a los copitos de nieve que seguían cayendo.
- Coyita (en un susurro): ¡Adiós señora, nunca la olvidaré!
El coyita y la estrella volaron sobre manantiales cristalinos iluminados por el
sol, sobre valles llenos de plantaciones de manzanas y otros frutales. El coyita
pudo ver como amanecía en un estallido de amarillos y rojos, también como se
ponía lentamente el sol perdiéndose en el horizonte, hasta que la estrella dijo:
-¡Ahora!, conocerás la selva – y como cayendo tocaron el suelo húmedo.
- Coyita: ¡que cantidad de plantas!. Casi no hay lugar para caminar. ¡OH!
También hay flores (giraba sobre sí mismo, observando todo, había tanto para
ver).
- Estrella: Sí, es bellísima, pero hay que tener cuidado también hay animales
salvajes y plantas carnívoras.
- Coyita: ¿animales malos como los lobos?
- Estrella: Feroces, no malos. Porque ellos no saben lo que hacen, no tienen la
posibilidad de pensar si está bien o mal una cosa, como los seres humanos.
- Coyita: Pero si los hombres saben lo que es el bien y el mal ¿porqué hacen
cosas malas, por matan, por qué no cuidan a los que están solos?
- Estrella: El hombre es un ser inteligente pero muy complicado. La gente vive
muy apurada para ponerse a pensar en los demás. Pero no todos son malos, tú, por
ejemplo, no lo eres.
- Coyita: El anciano de la playa tampoco, pero nadie lo quería, ni ayudaba.
- Estrella: Sí, pero lo importante no es lo que nos den o ayuden, sino lo que
nosotros damos o ayudamos. No hay que juzgar a los demás, primero hay que
juzgarnos nosotros. Sólo así comprenderemos los sufrimientos de las personas que
nos rodean y sus comportamientos.
- Coyita: Creo que empiezo a entender...
- Estrella: ¡Mira que hermoso plumaje tiene ese pájaro!. Es un tucán.
- Coyita: Parece pintado.
Lentamente fueron recorriendo la selva, vieron jaguaretés, serpientes, abejas,
pájaros y flores de todos los tamaños y colores.
El coyita no podía creer que tantas cosas bellas pudieran estar en un solo
lugar, pensaba que si pudiera llevarse alguna de esas plantas gigantes o algún
árbol enorme, no tendría tanto calor al sol cuando cuidara sus cabras en su
tierra.
De pronto, le llamó la atención como las abejas entraban y salían de una especie
de bolsa de barro seco, entonces preguntó ¿qué hacen?
- Estrella: Trabajan, juntan polen de las flores y lo traen para luego hacer la
miel, así alimentan a las demás y a la reina, con una miel diferente que se
llama jalea real.
- Coyita: ¿Porqué es diferente?
- Estrella: Porque es para la reina y deben alimentarla de tal manera que sea la
más grande y fuerte para que pueda defender y procrear, así habrá muchas
abejitas. El ciclo de la vida debe cumplirse.
- Coyita: ¿Esa bolsa de barro es su casa?
- Estrella: Es un camoatí y no está hecho con barro solamente sino también con
cera que fabrican las abejas, haciendo con ella diminutas divisiones interiores
para cuidar a las larvas que serán las nuevas abejas.
- Coyita: ¡Que maravilla!, ¿cómo pueden hacer tanto siendo tan pequeñas?
- Estrella: Nunca lo olvides, la constancia y el esfuerzo de los seres unidos
todo lo puede.
A medida que avanzaban la oscuridad los iba envolviendo más y más.
- Coyita: Está oscuro, no veo nada. Tengo miedo, ¿cómo saldremos?
- Estrella: No te asustes, encontraremos el camino. Lentamente, mientras recogía
alguna que otra flor rara, el coyita y su estrella salían de la selva mientras
escuchaban miles de sonidos que provenían de todas partes sin que se pudieran
precisar de dónde.
- Estrella (ya en la llanura): ¡Mira!, hay tormenta.
- Coyita: Está muy oscuro y hay mucho ruido.
- Estrella: Son truenos, va a llover.
- Coyita (mientras se desataba la tormenta): ¡Cae agua!, y mucha…
- Estrella: Sí, comenzó a llover.
- Coyita (melancólico): Si lloviera así en la Puna, la tierra no estaría tan
seca…
- Estrella: Cada lugar en el planeta tiene su característica que lo distingue,
pero todos los climas son necesarios, como todos los lugares son importantes
para la evolución de la tierra.
- Coyita: Pero la Puna no tiene muchas cosas.
- Estrella: ¡No te equivoques!, tiene lo más importante, gente como tú.
- Coyita: ¿Cómo yo?, yo no tengo nada.
- Estrella: No es así, tienes algo que mucha gente ha perdido.
- Coyita: ¿Qué?
- Estrella: Inocencia y fantasía.
- Coyita: ¿No lo tienen todos los niños del mundo?
- Estrella: Desgraciadamente son dos virtudes que se están olvidando. Pero
mientras haya un niño inocente que tenga la suficiente fantasía como para desear
una estrella, el mundo sobrevivirá.
Coyita (confundido, se quedó escuchando en silencio, mientras tanto tomaba un
poquito de agua de lluvia y la echaba en un frasquito que estaba tirado en el
pasto y lo guardó): Me gusta esta tormenta, ya no le tengo miedo; y acomodándose
se durmió contemplando el cielo atiborrado de nubes oscuras e hilos de agua
cayendo constantemente sobre el verde pasto de la llanura.
La estrella se metió en el bolsillo del coyita y se fue durmiendo titilando de
emoción; quería a ese niño, pero conocía su misión y eso la preocupaba.
Completamente despierto lo encontró la estrella, mientras ésta bostezaba, le
dijo: ¿qué te parece conocer otra ciudad?
- Coyita: Con mucha gente, casas, carros que se mueven sin mulas y aparatos con
imágenes de colores dentro y…
- Estrella: Sí, y mucho más.
- Coyita: ¡Por favor!, vamos ya.
- Estrella: Sujétate a mí.
Y levantaron vuelo nuevamente, luego de pasar por grandes terrenos con cultivos
de trigo, maíz, algodón y girasoles que se daban vuelta a saludarlos a su paso,
llegaron a otra ciudad.
- Estrella: Mira, pasearemos por encima para que la veas desde aquí hasta que
desees bajar y así lo hicieron.
- Coyita (tosiendo): ¡cuánto humo!
- Estrella: Se llama smog.
- Coyita: ¿Qué es?
- Estrella: Es el aire contaminado por el humo de las chimeneas de las fábricas,
automotores y otras máquinas.
- Coyita: Parece una nube grandota.
- Estrella: Sí, pero es una nube que hace daño.
- Coyita: ¿le hace mal a los pájaros?. No veo ninguno.
- Estrella: A los pájaros, a todos los animales y también a los seres humanos.
- Coyita: Me ahoga…¿nadie hace algo para evitarlo?. En la ciudad ¿no hay aire
puro?
- Estrella: Hay mucha gente que está luchando para volver a la naturaleza,
impidiendo que las fábricas vuelquen sus residuos en los ríos, protegiendo el
ambiente, pero todavía hay gente que no se da cuenta del peligro.
- Coyita: ¡Que pena!, hay tanta gente, tantos niños. Bajemos.
- Estrella: Sí, allá vamos.
Y en un giro descendieron hasta el empedrado de una calle alegre y llena de
colores. El empedrado y las casas parecían sacadas de un cuadro hecho por algún
pintor nostálgico, que sin embargo sabía como plasmar en colores una mezcla de
alegría y tristeza. Las casas con colores azules, amarillos, naranjas todas con
escalerillas parecían no encajar con el resto de la ciudad y sus enormes
rascacielos.
- Coyita: ¡Qué extraño lugar!
- Estrella: Es un lugar distinto dentro de la gran ciudad, aquí vienen personas
de otros países que vinieron a éste en busca de trabajo, con sus familias hace
muchos años.
- Coyita: ¡ Allá! (señalando) ¡hay casas en el agua!
- Estrella: No, se llaman barcos, se mueven y transportan personas y cosas de un
lugar a otro.
- Coyita: ¿Hasta donde van?
- Estrella: A cualquier lugar del mundo a través de ríos, mares y océanos.
Una música alegre y colorida se fue filtrando en el ambiente como una ráfaga de
viento se pierde entre los árboles. Una melodía atrayente, cargada de
nostalgias, esperas, alegrías y reminiscencias.
Provenía de un viejo bodegón que parecía haber sido traído de otra parte del
mundo, casi como desentonando con sus ladrillos al aire, entre las casas de
colores. Entonces, el coyita preguntó: ¿de dónde viene esa música tan rara?
- Estrella: De ese Bodegón.
- Coyita: ¿Es la música de la ciudad?
- Estrella: Sí, pero también lo es de muchos países. De la gente que vino de
distintos lugares llenos de esperanzas a radicarse aquí.
- Coyita: No entiendo su lenguaje.
- Estrella: No importa, trata de entenderla como te enseñé, deja que tu corazón
la sienta y él te dirá lo que quiere decir.
El coyita y su estrella escuchaban mientras caminaban hacia el Bodegón, donde
las mesas sencillas con manteles de algodón a cuadritos rojos y blancos las
cubrían. Hombres y mujeres de distintas nacionalidades ocupaban el lugar.
- Coyita: ¡Están alegres!, cantan.
- Estrella: Son gente sencilla, de trabajo, gozan con las pequeñas cosas y de la
compañía de sus hijos.
El coyita no se perdía detalle de la escena, tan peculiar le parecía esa gente.
Su forma de hablar tan alta y en un lenguaje desconocido. La forma de vestir,
todo parecía no coincidir con las ciudades que había visto antes.
La estrella dijo: vamos al centro de la ciudad.
Así lo hizo y el coyita pudo ver los automóviles, los televisores (o aparatos
con imágenes de colores que se movían adentro, como los definía el coyita);
también paseó con su estrella por las avenidas, miró las vidrieras llenas de
cosas que jamás pudo imaginar que existían. Vio escuelas con chicos de
impecables uniformes y delantales blanquísimos, también hospitales. Al ver salir
médicos y enfermeras, dijo: ¿son estudiantes?, son grandes…
- Estrella: No, son médicos y enfermeras, personas que dedican su vida a cuidar
y curar a los enfermos.
- Coyita: En la Puna no hay médicos, cuando me duele la panza mi abuela me lleva
a ver a la abuela Tina, ella me cura con sus yuyos.
- Estrella: Pero aquí, hay personas que estudian años para aprender a curar con
medicinas y no con hierbas, su misión es salvar vidas.
- Coyita: ¡Ojalá hubiera algún médico en la Puna!
- Estrella: Puede que lo haya en un día muy cercano.
- Coyita: ¿Quién va a acordarse de nosotros?. Somos muy pocos.
- Estrella (con una sonrisa pícara): Nunca me dijiste que te gustaría ser cuando
seas grande.
- Coyita (tímidamente, mirando de reojo): No sé como, pero creo que ahora quiero
ser médico, así podré ayudar a la gente de mi Puna.
- Estrella: Me parece muy bien (mientras sonreía complacida), ¿te gusta la
ciudad?
- Coyita: Sí, pero la gente vive muy apurada.
- Estrella: Así es.
- Coyita: No miran la puesta del sol, ni el río, ni el mar…
- Estrella: Tú lo dijiste, no tienen tiempo, viven apurados.
- Coyita: ¡Que pena!, cuantas cosas lindas se pierden.
Y mientras seguían recorriendo, el coyita pudo observar como chicos de su edad
pedían a la gente que pasaba extendiéndoles sus manos.
El coyita sorprendido preguntó: ¿por qué piden
- Estrella: Algunos sí y otros no.
- Coyita: No entiendo…
- Estrella: No pienses que porque hay tantas cosas modernas en la ciudad, no hay
también pobreza. Muchos de estos chicos han venido de las provincias, con sus
padres, pensando que acá todo era más fácil, sin embargo ya ves, tal vez aquí es
peor. Y para colmo están tan lejos de lo suyo. Nunca olvides, por pequeño que
sea el lugar donde has nacido, que ése es tu mundo, tu gente, tu Patria chica. Y
trabajando allí es como ayudas a tu gente y haces a la Patria grande.
- Coyita: ¿Cómo estará la abuela, ¿qué
será de mis cabras?
- Estrella: ¡Hum!, parece que sientes nostalgia, ¿extrañas mucho, verdad?
- Coyita: Creo que sí.
- Estrella: ¿No te parece que sería tiempo de regresar?
- Coyita: Sí, me gustaría mucho.
- Estrella: Entonces ¿qué estamos esperando?
En un abrir y cerrar de ojos la estrella y el coyita se encontraban atravesando
el cielo, eludiendo nubecitas como acompañados por una extraña melodía
celestial, avanzaban a grandes alturas. Saludaron a otras estrellas, rindieron
sus respetos al Sol, a la Luna y se extasiaron ante la Vía Láctea.
Pasaron momentos inolvidables hablando de las cosas que habían visto: el camino
de regreso a casa se hizo corto entre risas y comentarios. El coyita estaba
feliz; sin embargo, una gran pena embargaba a la estrella, el viaje llegaba a su
fin. Divisaron la casa y observando el corral de las cabras descendieron.
Entonces la estrella habló (temblando como una hoja en la tormenta mientras
destellos tornasolados surgían sin cesar de sus puntas): bueno, ha llegado el
momento de marcharme.
- Coyita: ¡OH no!, no puedes dejarme ¿qué haré sin ti?
- Estrella: Escucha. Tu puedes hacer todo lo que desees con sólo proponértelo.
Nunca debes olvidar escuchar a tu corazón. No pierdas jamás la inocencia y la
fantasía, solo así llegarás a ser un hombre de bien. Comprendiendo los defectos
y sufrimientos de los demás, es el primer paso para poder ayudar a tus
semejantes.
- Coyita: Pero no quiero que te vayas, quédate conmigo ¡Por favor!
- Estrella: No puedo, debo volver a ocupar mi lugar en el cielo, allí también
soy necesaria. Pero cuando tu quieras con sólo mirar hacia arriba me verás y en
tu corazón sentirás mis palabras y mi amor.
- Coyita (llorando): ¡Te voy a extrañar!
- Estrella: Estaré siempre contigo en todo lo que hagas y donde tú vayas.
Recuerda vive con amor a la gente, a los animales, a las plantas y a todo. Sin
amor no vale la pena vivir. Pon en cada acto de tu vida una pizca de ilusión,
una de fe y un gran amor. Yo tampoco te olvidaré. ¡Adiós, hasta siempre!
- Coyita (enjugándose una lágrima con el ponchito): ¡Adiós! Te quiero mucho.
¡Adiós!
V
El coyita…Médico
Parece que fue ayer cuando el coyita de las cabras soñaba con poseer una
estrella. Ha pasado mucho tiempo ya, mucho, mucho tiempo…
Un cuarto grande con sus paredes pintadas de blanco, una vitrina llena de
remedios, una mesa y dos sillas, una balanza, unos títulos enmarcados en color
negro y unos cuantos papeles desordenados sobre la mesa.
El coyita de las cabras ahora es un hombre, el Dr. Alejandro Mamani, quien
sentado piensa y recuerda.
La silueta recortada del hombre en la habitación iluminada por el sol que entra
por la única ventana, hace pensar en un árbol fuerte, frondoso, solitario en la
llanura.
Alejandro Mamani, el coya de las cabras, ¿en qué piensas?.
Cuantas cosas han pasado, que diferencia entre mi Puna querida y esta ciudad,
tanta gente, ¡tanto por hacer!. Parece que fue ayer cuando mi hermano Luis me
fue a buscar para traerme a la ciudad para estudiar. La escuela primaria, el
guardapolvo, la campana; luego mis libros de Secundario, la Facultad, el diploma
y aquí estoy en el Hospital, mi vida.
Sí, su vida, una vida donde los años han pasado solo para forjar un hombre
dedicado a salvar vidas, curar el dolor y ayudar al necesitado; pero en su
interior los años no han pasado: el niño coya sigue jugando y mirando el cielo
buscando su estrella.
La inocencia no se perdió, al contrario, encontró un santuario dentro de ese
hombre donde los avatares de la vida no lo tocaron. Sin embargo, la fama
adquirida y el cariño de la gente, no es suficiente.
Muy seguido en los últimos meses el corazón del Dr. Alejandro Mamani piensa,
ahora, se pregunta, como estará la gente de su tierra natal. Ya lo ha hablado
con Matilde, su esposa y con Dieguito su pequeño hijo de tres años. El desea
volver a su terruño. Siente que su gente lo necesita. Es como si una parte de él
hubiera quedado entre la tierra y el cielo de su Puna. Se pregunta si tiene
derecho a llevar a su familia a un lugar tan solitario. Matilde está dispuesta a
seguirlo, pero la idea de irse y sus deseos, se confunden.
Pasan los días, las semanas y una noche oscura y serena el Dr. Alejandro Mamani,
el coya de las cabras dice: Matilde, prepara nuestras cosas. Nos vamos a la
tierra donde nací.
- Matilde (sollozando): No sabes la alegría que me das, así volverás a ser el
mismo que cuando te conocí. Habías cambiado mucho últimamente, estabas muy
triste.
- Alejandro M: Perdona (abrazándola), no volverá a ocurrir. Sé que seremos
felices allá. Yo pertenezco a ese lugar y me debo a mi gente.
- Matilde: El niño y yo también los seremos.
Las despedidas fueron cargadas de cariño pero tristes. Alejandro Mamani, había
sabido ganarse el respeto de la gente y de sus colegas. Pero él debía cumplir
consigo mismo y seguir su ideal.
Llegaron cuando estaba despuntando el alba, la casa solitaria parecía no haber
cambiado, la abuela ya no estaba, pero seguía presente en cada rincón del hogar.
Su llegada produjo gran conmoción entre los lugareños. A pesar del tiempo
transcurrido las cosas no parecían haber cambiado mucho, la gente de esos pagos
caminaron kilómetros para saludar al “coyita de las cabras”, ahora “el doctor”.
VI
El tiempo empezó a transcurrir lentamente, su casa estaba siempre abierta para
quien lo necesitara, no tenían mucho dinero pero eran muy felices. El Doctor
Alejandro Mamani recorría grandes distancias, ya sea a pie o a lomo de mula para
atender a sus coyas.
Para la gente, era un poco hijo de cada uno de ellos, era el doctor de los
coyas, aquel pequeñito que tantas veces habían visto pasar llevando su rebaño a
pastar mientras tocaba su quena.
Al atardecer, cuando podía, se sentaba a observar el paisaje dejando que su
vista se perdiera en la distancia. Pasaba las horas hasta que llegaba la noche y
entonces se quedaba mirando las estrellas.
Así fue pasando el tiempo, Diego cumplía seis dulces añitos.
Alejandro Mamani seguía mirando el cielo y pensando en silencio. El había creído
que con su regreso esa desgarradora angustia que lo ahogaba se iría, pero a
pesar de su felicidad seguía atormentándolo.
Se preguntaba inútilmente, el porqué una y mil veces, todas las noches y a cada
momento, sin encontrar la respuesta.
Una noche de luna llena encontró la respuesta: su hijo no tenía una estrella.
Era eso lo que lo mortificaba, no conocería lo que él aprendió, no brillaría en
su mano una hermosa luz plateada que conservara su ilusión y fantasía a pesar de
las encrucijadas de la vida.
Pero, su hijo ¿la pediría, no sabía.
Llegó al fin el día tan esperado. Se escuchaba en la casa la risa clara y
transparente de Diego y el caminar apresurado de Matilde preparando la comida
para la cena.
Alejandro Mamani, el coyita de las cabras, sin embargo estaba triste sentado en
una baqueta que él mismo hiciera con sus manos, utilizando la madera que le
había regalado un abuelo como agradecimiento por haberlo atendido por su reuma.
Miraba el cielo con la vista fija, como extraviado por algunos de los senderos
del alma. Hasta que de pronto sintió una voz; era Diego su hijo.
- Diego: ¿Tata, porque está tan triste?
- Alejandro M: No, no lo estoy (levantándolo en brazos)
- Diego: Sí, lo veo pensativo, ¿en qué piensa?
- Alejandro M: Cosas de personas grandes, ¡olvídate!
- Diego: ¿No está contento que cumplo seis años?
- Alejandro M: ¡Por supuesto!. Contento y orgulloso.
- Diego: Sin embargo, sus ojos tienen lágrimas.
- Alejandro M: Son de emoción. Te estás haciendo hombre.
- Diego (abrazándolo mas fuerte): Yo sé porque está triste.
- Alejandro M: ¡Así!. ¿A ver porqué?
- Diego (sacando cuidadosamente del bolsillo de su pantalón algo que con premura
escondió entre sus dos manitos): ¿No se lo va a decir a nadie?
- Alejandro M (levantando la mano): Lo prometo.
- Diego (abriendo su manecitas): Mire, para no estar triste, le hace falta una
estrella como la mía.
Alejandro M, sorprendido y con una explosión de alegría, miró la luz plateada
que salía de las manos de su hijo, lo abrazó y besó varias veces. Sólo dijo
¡Hijo mío! Y se rió. Mientras tanto la estrella desde las manos del niño le
guiñaba un ojo con picardía.
La risa del coya de las cabras resonó y se extendió a través de la tierra y
llegó al cielo, al mar y a las montañas.
En el cielo, las estrellas titilaban con su mayor y más hermosa luz, la luna y
el sol festejaban mientras nube blanca y nube gris lloraban de alegría.
Nadie pudo explicárselo jamás, pero ese día llovió en la Puna toda la noche, las
gotas de agua eran finas, cálidas y los charquitos que se formaban eran de un
azul celeste que hacía contraste con el marrón de la tierra.
Lo que jamás pudo entender la gente fue por qué de la casa del Doctor salía una
luz refulgente que iluminaba la noche y convertía a las gotas de lluvia en una
especie de polvillo plateado que caía sin cesar.
Sólo el coya de las cabras, su hijo y la señora Estrella conocían el porqué.
Saya Maabar
Pagina nueva 9
María
Adela Barrientos, nació un 13 de mayo de 1955 en
una casa grande del Barrio de Boedo. Vivía con sus padres, su abuela materna, su
tío y su tía abuela, quién marcó con fuego el transcurso de su vida. Luego nació
su hermano Alejandro cuando ella tenía 7 años de edad. Uno de los regalos más
hermosos y esperado.
Su infancia
no fue como la de todos los niños, fueron años cargados de silencios y tristezas
ya que sus padres no consideraban apropiados los juegos, ni los amigos para
ellos. Por esos motivos, la soledad y el silencio, aún en compañía, dada la
prohibición de hablar en la mesa o hacer chistes, marcaron en la autora una gran
atracción, desde muy pequeña, por la lectura y el estudio.
Pasaron
muchas horas amargas, solo matizadas por las charlas con su tía abuela, la
dulzura de su abuela y la presencia de su pequeño hermano.
A los seis
años sus libros preferidos eran: “ El hombre mediocre” de José Ingenieros, “Las
bases” de J. B. Alberdi y “Yo acuso” de Emilio Sola.
Pero ya en la
escuela primaria comenzó a distinguirse por su personalidad, los juegos no le
atraían por eso no tenía muchas amigas o mejor dicho ninguna. Su afán por la
lectura se incrementó, así comenzó a leer a Vargas Llosas, Vargas Vila,
Schopenhauer, Juana de Ibarburu, Ling Yu Tang y muchos otros autores de estilos
disímiles.
A los 11 años
decidió ser abogada, entonces agregó a sus libros las Institutas de Ulpiano, la
Constitución Nacional y todas las obras que trataran el Nacimiento y desarrollo
de Roma, cuna del Derecho.
Terminó el
secundario, se recibió de Perito Mercantil y comenzó la Facultad de Derecho en
la Universidad Católica Argentina, aunque luego siguió a partir del segundo año
en la Universidad de Buenos Aires, Facultad de Derecho y Ciencias Sociales,
donde obtuvo el título de Abogada. Posteriormente obtuvo el Post Grado en
Criminología en la Universidad de la Policía Federal Argentina. Luego se diplomó
en el Magíster de Defensa Nacional en la Escuela de Defensa Nacional Argentina,
la tesis se encuentra en preparación. Participó de todo tipo de Cursos y
Seminarios sobre Inteligencia Estratégica aplicada, Programación
Neurolinguística, Logística empresarial, Estrategias de mercado, etc. También se
preparó y recibió como Corresponsal Militar. , Conductora y Productora de
programas radiales y actualmente Presidente de la Asociación sin fines de lucro
“Patria y Sociedad” dedicada principalmente a los ancianos.
Escribe desde
los 10 años, su infancia y la figura de su abuela y tía abuela oradaron
fuertemente en su ser. Sus escritos traducen especialmente las costumbres, la
sencillez de las familias de barrio, los valores familiares y patrióticos que
mamó desde muy niña. Sus relatos rondan especialmente alrededor de lo que tanto
la marcó: la soledad y los silencios.
Odia la
hipocresía y las falsedades, ama la verdad y el arraigo.
Su estilo
costumbrista lo plasma en distintos estilos y modos de expresión: así figuran
obras infantiles, testimoniales, proyectos, etc.
Su cuento “No
habrá jamás…” fue premiado en Diciembre de 2001 con la Mención Especial de la
Mutual de Escritores y Autores Argentinos – GEEAR –Ediciones Nueva Humanidad y
editado en la Antología Letras Vivas 2001, Selección de Poesía y Cuento en papel
y en CD, asimismo fue incluido en la página web de la Editorial. El cuento “Bajo
el Asfalto” fue incluido en la página web EL RURAL, Sección de Luis Landriscina,
como cuento por la provincia de Buenos Aires, otros como “La barra de chocolate
y la taza de porcelana” y “Axel, mi joyita peluda” también se encuentran en la
web el www.portaldelasmascota.com.ar. En la actualidad se están por editar dos
libros: “EL COYA DE LAS CABRAS Y SU ESTRELLA” y “PERCEPCIONES Y OTRAS
SENSACIONES”; el primero es un cuento corto infantil donde se resalta el valor
del “arraigo” y el segundo es una selección de cuentos sobre las impresiones del
ser humano ante los distintos avatares a que se ve expuesto.
Entre otras
obras publicadas figuran: “Mundo de Glicinas”, “La última luna”, “El Despertar”,
“La silla de paja” (www.misescritos.com.
) y muchos otros.