El Rincón de Saya

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¿Cuánto te amo?

 

¿Crees que te amo poco?

Te amo hasta olvidar el tiempo.

Tus manos dieron nueva vida a mi rostro.

Tu cuerpo me devolvió la conciencia de mi propio ser.

Tu piel suave y aterciopelada renovó en mí la sensación del placer y del gozo que creía olvidados.

Tu sonrisa iluminó mi día.

Es la luz que entró por la ventana de mis sueños y los hizo realidad.

Sin ella, aún viviría en la noche eterna pero sin Dios y sin estrellas.

Tu alegría y tus estallidos de felicidad se asemejan a los vientos que arrecian en la tormenta y que vienen precedidos por la paz.

Tus palabras son como los golpes de un látigo o suaves como el murmullo de una madre a su hijo.

Mi tiempo se detiene con tu ira y se acelera con tu serenidad.

Te amo tanto, que no hay nada en este mundo que me haga llorar como tu ausencia.

Sí, llorar. Y lloro mucho, no porque no estés a mi lado, sino por el temor a dejar de sentir tus labios en los míos y nuestros cuerpos juntos en el éxtasis del amor.

Lloro por tantas cosas, pero mientras tanto, espero con ansías verte llegar agitando la puerta y mi corazón.

Quiero perderme en la profundidad de tus ojos y cegarme por su brillo.

Nunca dudes que te amo…

Te amo tanto que te escribo esta carta de despedida…

No puedo perderte pero debo dejarte ir.

No quiero llorar, pero estoy llorando.

Me despido a la distancia mediante estas letras porque no podría hacerlo frente a frente, oliendo tu perfume.

No puedo separarme de ti, pero lo hago porque el tiempo igualmente, lo hará en pocos años.

Tu juventud es tan real como el peso de mis años.

Yo pensé que a mi edad estaría retozando en compañía de mis recuerdos.

Nunca imaginé que estaría palpitando de placer y de amor

Sin embargo lo estoy y por eso te escribo, por eso te dejo que vueles y alcances la cima del mundo. Porque yo sería un estorbo, yo cortaría tus alas atándote a mi amor.

Seguiría tus pasos, uno a uno, sin pensar en la fatiga, pero tu ritmo es muy rápido para mí.

Tanto temo tu ausencia que prefiero irme de tu lado a tener que ver que te alejas.

Yo viví demasiado antes de conocerte, ahora querría tener más tiempo pero sé que siempre sería poco para vivir tanto amor.

Por eso te dejo ahora y no cuando ya no pueda seguir tus pasos y tenga que verte perdiéndote en el camino de la vida.

De esta forma, se que siempre estarás conmigo en mi corazón y en mi mente, pero por favor no olvides: ¡Cuánto te amo!

 

                                                      Saya  Maabar

 

 

 

La mano inmóvil

Julia vivía en un mundo de luces y sombras al que amaba. Deseaba muchas cosas, sí, pero no para sí, sino para los demás.

Su casa era su mundo, su techo: la aprobación, sus ventanas: el agradecimiento de la gente, su puerta: su generosidad y sólo su jardín era un poco suyo. Lo constituía la espera desinteresada y su confianza hacia el prójimo.

Julia no conocía realmente nada de sí misma mas que lo que debía realizar para ayudar a los demás.

Sabía que existía su jardín pero siempre posponía su visita. No sabía si tenía flores o estaba vacío. Cuando pensaba en ocuparse de él siempre alguien la necesitaba y posponía la visita.

Julia podía definirse más que como una persona, como una mano…

Nadie se tomaba el trabajo de mirarla, bastaba con ver si en su mano extendida estaba lo que le habían pedido. Y siempre era así, ella cumplía…

Con el paso del tiempo Julia se fue convirtientdo cada día más en sólo eso: una mano.

Mientras tanto, sin que ella se diera cuenta, su jardín se iba convirtiendo en un terreno vació y desierto. Su única posesión personal se iba destruyendo lentamente y así también su espera. Y así, sin siquiera percatarse se fueron yendo los pájaros, que ella nunca había visto, es decir también se quedó sin esperanza.

Ella en su continuo trajín seguía dando aún más allá de sus fuerzas.

Su mano había tomado, casi podía decirse, vida propia. Así ella seguía dando mientras Julia se iba esfumando como su jardín; pero no se daba cuenta. Confiada en la existencia de su único refugio, su jardín, seguía entregándose más y más.

Una mañana Julia comenzó a sentirse mal entonces decidió acordarse de su jardín y fue a visitarlo. Cuando llegó se dio cuenta que su única posesión había desaparecido y con él su consuelo: su esperanza.

La pena y el dolor que la embargaron eran indescriptibles y se acentuó cuando se dio cuenta que no habían sido sus obligaciones la causa de su pérdida. El jardín había sido saqueado, lo que mas la hería era que las únicas personas que podían haberlo hecho, eran aquellos que recibían de sus manos su ayuda. Ya que sólo ellos llegaban a su casa.

El impacto fue tan grande que la fuerza de Julia fue disminuyendo, a pesar de sus vanos intentos de reponerse.

De pronto los que venían a buscar ayuda se encontraron sin Julia, sólo con una mano, pero esta vez inmóvil y vacía.

La gente no podía entender lo que sucedía pero tampoco intentaron averiguarlo. Volvieron varias veces pero la mano seguía vacía. Nadie preguntó por Julia, nadie trató de ayudarla. Con el tiempo se olvidaron de ella y se fueron en busca de otra mano pródiga.

No se supo nada más de Julia, los pocos que intentaron verla se encontraron sólo con su mano inmóvil y se fueron sin siquiera preguntar.

Julia se quedó en el terreno vacío que fue su jardín. Con los ojos puestos en el cielo esperando que algún pájaro volviera y le devolviera la esperanza que había perdido. Observaba la tierra seca para ver aparecer una gramilla, aunque más no fuera y con el deseo de ver una flor.

Algunos cuentan que al pasar el tiempo volvió a crecer su verde jardín y también que regresaron los pájaros multicolores pero también dicen que a Julia no se la volvió a ver. Otros dicen que Julia se convirtió en pájaro y que se fue con ellos, otros dicen que se fundió en la tierra durante la espera y que está ahí, solamente esperando que alguien venga a preguntarle si necesita algo. Otros dicen que mirar su mano inmóvil la mato.

Todo puede ser posible, pero lo único que es real es que Julia ya no está, que se fue esfumando como su jardín y que entre las flores, que renacieron en él, a ella ni a su mano se las puede ver.

El tiempo dará una respuesta o tal vez, en honor a Julia, el tiempo también callará.

                                                           Saya  Maabar

 

El payaso

El payaso caminaba graciosamente con su nariz roja y sus lágrimas negras pintadas en su blanco rostro, la gente aplaudía.

Los niños se divertían y hacían largas colas para poder verlo actuar.

Piruetas bien realizadas, toda una destreza desperdiciada en papeles secundarios en circos que no entendían el arte que ocultaba.

Sólo, en su camerino limpiaba pacientemente su maquillaje dejando para el último sus dos lágrimas negras. ¡Total!...pensaba y una seguidilla de amargas lágrimas caían sobre su rostro, aún joven, estirando hasta hacer desaparecer esas lágrimas negras perfectamente dibujadas.

Su sonrisa de payaso, sin embargo, se mantenía. Se había convertido en una mueca que lo hacía muy aceptado en fiestas y le abría las puertas de los trabajos que le daban: a veces momentos de prosperidad y otros apenas para comer.

Pero el payaso seguía; haciendo reír mientras por dentro sus lágrimas lo inundaban y la soledad lo invadía.

Una noche después del espectáculo comenzó a sacarse el maquillaje y sin darse cuenta sus manos se deslizaron al costado del cuerpo. Su rostro inerte, como todo él, sin embargo conservaba su sonrisa.

El funeral fue sencillo, sólo estaba, además del sacerdote el dueño del circo que lo apreciaba y siempre había destacado su buen humor y su actuación.

De pronto llegó un mensajero con un ramo de flores. Había revisado varias veces que la dirección fuera la correcta. Entonces se dirigió al dueño del Circo y le preguntó: ¿podría decirme donde puedo encontrar al señor Juan Marías? El hombre evidentemente nervioso le señaló con el dedo el cajón mientras le decía: acaba de fallecer, éste es su sepelio. ¿Está seguro que son para él?, el ramo parecía mas para una fiesta que para esa ocasión. Sí, contestó con seguridad.

-       Démelas, yo haré que las coloquen.

-       No, dijo con determinación el muchacho, tengo órdenes de dárselas personalmente.

Y así, con paso firme, se dirigió hacia el lugar del entierro. Se persignó y apoyó sobre el cajón el hermoso ramo de rosas rojas. Sin querer al apoyarlo leyó la tarjeta: “En el único día que deseo que sientas y te lleves mi amor. Firmada “el payaso a Juan Marías”. Sin fecha.

                                                                   Saya   Maabar

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Caminaba con la cabeza gacha, mechones grasosos de pelo caían sobre su rostro, ese rostro que en esa etapa de la vida: la infancia, se había convertido en un enigma para todos los chicos que los observaban a lo lejos y con cierto temor.

Todas las mañanas se lo veía revolviendo cartones y trapos bajo el puente al lado del río, por la tarde con sus pies, medio vestidos con restos de medias viejas, caminaba bajo el aplastante sol del verano con una botella vacía de vino bajo el brazo. Por la noche desaparecía bajo el puente.

Los niños al lado del río, mientras pescaban, comentaban: ha de tener cara de monstruo…no decía otro: parece muy viejo…Así seguían los comentarios sobre el vagabundo.

La gente del lugar no le prestaba atención se encontraba casi podría decirse incorporado al paisaje, sin embargo no era bien visto y era rechazado sin palabras pero con miradas hirientes y con burlas grotescas.

Una tarde luminosa apareció una limusina negra de donde bajaron dos hombres que lo tomaron por los brazos, ante la resistencia del vagabundo, y lo metieron en el coche. Todos miraban, pero noté que no había ningún tipo de sorpresa, cuando el coche se fue cada uno volvió a sus tareas.

Creo que allí nació mi intriga sobre ese ser humano del cual ni siquiera conocía el nombre. Entonces le pregunté a la dueña de la única Despensa del lugar: se llama Jesús…me dijo secamente y se dio la vuelta para seguir acomodando unos paquetes.

Que hermoso nombre pensé y tan solo y perseguido como El. La información que había obtenido no me servía de mucho, pasaron los días y cual fue mi sorpresa cuando llegó el coche negro lujoso y los mismos dos hombres bajaron  a un hombre joven de pelo corto, lo dejaron bajo el puente y se fueron.

Tímidamente me acerqué y por primera vez ví su rostro. Me quedé impresionada, su piel era blanca y lisa y sus ojos profundamente azules era tremendamente joven. Cuando lo vi tan bien vestido acomodar trapos y acomodarse entre unos cartones me di cuenta que ese ser era, nada menos que, Jesús.

Con el transcurso de los días volvió a la rutina, poco a poco su bello rostro se fue cubriendo nuevamente de barba y el pelo empezó a crecer.

No podía aguantar mis dudas entonces me dirigí a la casa de una vecina que junto a su esposo cuidaban el lugar y que estaban allí desde mucho antes que se comenzaran a edificar las casas de veraneo.

Doña Carmen me abrió la puerta y luego de cruzar algunas palabras de cortesía, directamente le pregunté si sabía porque Jesús era un ciruja y le conté lo que había visto.

Mientras se tomaba unos mates, se quedó pensativa…recordando. Entonces me dijo: él no siempre fue así…un dejado de la mano de Dios, no, claro que no…

Yo esperaba ansiosa que continuara, pero ella parecía haberse quedado en una nube muy oscura de sus recuerdos y no la quería interrumpir. De pronto dijo: él es abogado ¿sabías? Mi sorpresa no podía ser mayor, la mujer continuó: sí lo es o lo era, es de una familia muy rica. Una vez por mes vienen a buscarlo lo bañan, lo visten…pero ¡es inútil! Lo traen porque sino se escapa e igual vuelve…siempre vuelve.

Desconcertada pregunté: pero ¿por qué Se hizo otro silencio y la mujer continuó: no y sí, loco de pena y de angustia…... ¡eso sí!

Yo entonces le dije: cuénteme mas, ¡por favor!

Jesús era el mayor de tres hermanos, buena familia, mucho dinero. Cuando se recibió de Abogado le hicieron una  fiesta muy grande y también un asado para la peonada. Tenía una novia muy linda, todo el mundo lo respetaba. Le habían regalado un Estudio en Gral. Belgrano y otro en Buenos Aires, ¡va!, en la Capital, quiero decir…

Le dio otra chupada al mate, hizo un largo silencio y continuó: dicen que una noche de tormenta lo llamaron por teléfono de urgencia que así nomás tomó el abrigo y se fue. Dicen que era su mejor amigo que lo habían encarcelado por asesinato, así nomás!...por asesinato. Jesús se encargó de defenderlo, era su primer caso, lleno de fuego en las entrañas, luchó y luchó…pero parece que el caso se complicó, no sé dicen que fue cosa del  Juez… no sé, la cuestión que le dieron, creo que 20 años o algo así. El siguió con papeles para el Juez y esas cosas, pero parece que no tuvo suerte y nomás lo metieron en la cárcel, sí así fue.

Pero él es muy joven, dije yo. No tanto, dijo la mujer tiene casi 45 años…si por ahí anda. Pero el se recibió muy joven dije rápidamente, sí me contestó la mujer asintiendo con la cabeza…entonces el amigo ya salió de la prisión…la mujer asintió otra vez con la cabeza, chupó el mate y dijo: ¡sí! Pero hace mucho ya….entonces no entiendo, dije yo. La mujer en voz baja y levantando las cosas del mate dijo: si porque parece ser que luego de dos o tres añitos nomás, el Juez le dio la razón a esos papeles que había llevado el Jesús y lo soltaron.

La mujer se levantó para entrar, se venía la fresca, como ella misma decía, entonces como última pregunta dije: pero entonces lo salvó, la mujer despaciosamente dio media vuelta para mirarme y me dijo, sí Jesús lo salvó… pero él no pudo salvarse a él…

Salí de la casa pensativa, a lo lejos, se veía a Jesús preparando su tapera, se acercaba la noche y” pintaba fría” como decía por ahí. Mientras seguía sus movimientos comprendí: la cárcel que eligió Jesús era al aire libre para que así los gritos de su alma no se escucharan, la de su amigo había pasado a ser un recuerdo, tenía su familia y su vida. Jesús fue mas severo que el Juez, por leyes injustas de los hombres, se condenó de por vida a gritar sin ser escuchado y se decidió a vivir en el olvido.

Mientras la noche se cerraba sobre mí por ese camino reseco me preguntaba: ¿sabría el Juez que condenó al hombre equivocado, de por vida y por su error?

No, estoy segura que no, Jesús era solamente un simple hombre cargando su cruz, ¡no!, seguro que no se querría acordar de él….

 

                                                                     Saya  Maabar

 

     


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