Solo te vi, por primera vez, parado al lado de tu padre y te metiste en mi corazón para siempre.
Me aceptaste y no soy tu mamà. Peor aún, sería tu "madrastra"; palabra cargada de prejuicios y vacía de sentimientos para muchos, no para mí...
Con el transcurso del tiempo sentí el calorcito de tu piel, ese olor a bebé, a pensar de tus catorce años.
No pude resistir obligarme a recordar tus comidas favoritas, tu música, tu sonrisa...
Tus manos entre las mías, con esa especie de reparo, porque según vos: ¡sos grande para eso!
Arroparte a la noche y esperar verte para recibir un beso y ese abrazo de muchachito - bebé.
Te llamàs Juan Manuel, pero para mí, serás siempre "mi Juami", ese niño que Dios me prestó como consecuencia de algún hecho bueno que habré hecho en mi vida.
¿Pero también fue en préstamo, ese cariño?. No, creo que en su infinita sabiduría me permitió apropiarme de ese amor de madre hacia ti, aunque no naciste de mi vientre, ni llevàs mi sangre.
Sos el hijo que no tuve y que me prestaron pero, sí, nos une la sangre emotiva, el lazo que forma el amor.
Tu vida, es mi vida, cada golpe me duele, cada herida tuya me hace sangrar...
Hijo de mi corazón y de mi cariño, no te lo diré jamás...pero así te siento...
Mis brazos te rodearan y protegerán aún después de mi muerte.
Sol de mi vida, manos de ternura, nunca sabrás lo que siento; pero estaré con vos, invisible, tomando tu mano y acompañando tus pasos.
Hijo de un amor prestado, pero mío al fin...
Siempre contigo, prefiero perder mi vida a que sufras en la tuya.
¡Jamás me olvides!
Yo no existo, pero siempre viviré para ti, regalo con gusto tu propiedad a tus padres, me conformo simplemente, con tu amor prestado...
Saya Maabar
UN CUENTO DEDICADO A LOS ADOLESCENTES. EN EL DÍA DE LA MADRE: UN CUENTO PARA PENSAR...
Lucero del alba
Recuerdo cuando era muy chico y miraba por la ventana las estrellas, mientras mi madre me iba señalando, una a una, y diciéndome el nombre de ellas. Era niño y con mis pocos años, tus palabras eran como el dulce sonido que me daba ternura y calor. No entendía aún el valor de esas charlas. Hoy son un adolescente y dejé de escucharte, mis amigos reemplazaron mi tiempo contigo. Sin darme cuenta me olvidé de oler el perfume de tus cabellos cuando me besabas al acostarme. Ya no camino de tu mano o de tu brazo mirando vidrieras y respondiendo a tus preguntas sobre las cosas que vemos, para que luego vos vayas a comprármelas a escondidas. Me gustaba cuando hablabas de mi futuro y ahora hace mucho que no le presto atención a tu ilusión y, menos aún, a tu tristeza. Han pasado algunos años, nada más, y mi vida ¡ha cambiado tanto! Mis amigos, ya son menos, muchos se han puesto de novios y no nos reunimos tan seguido como antes. Mis nuevos amigos, no me hacen olvidar los proyectos que quedaron en el olvido con mis anteriores compinches de aventuras. Mi moto, el motivo por el cual siempre te enojabas, parece ya no servirme para poder ver todo el mundo, como antes creía. No hablo, y vos respetás mi silencio. Ya no compartimos, con risas, tus errores o los míos. Paso tanto tiempo afuera que cuando llego a casa ni siquiera me acuerdo de ver si estás dormida. ¿Cómo fue que llegué a esta situación? Extraño tus retos, porque significaban que te importaba. El no escucharlos ahora me produce un vacío que no puedo describir. ¿Cuándo dejaste de ser mi horizonte? ¿Cuándo mi familia, comenzó a ser un grupo de extraños? Te quiero sentir como antes y no me animo a ser el que fui. Para todos creí ser grande para tus brazos, y tal vez lo sea, pero ahora me doy cuenta que mis amigos no remplazan a mi familia. Quisiera volver a mirar las estrellas contigo, pero aunque miro en las noches el cielo pareciera como que vos ya no estás en ellas… He estado en el silencio tanto tiempo mamá que ya no sé como hablar contigo. Me gustaría poder dar vuelta en el tiempo y ser el adolescente de hoy con tus abrazos y calor, que permitía que me dieras, cuando niño. Hoy ansío tus pellizcos, tus besos y tus palabras y estoy tratando de encontrar la forma de volver a vos. Entro a casa te miro, vos estás en la cocina, esta vez te escucho de verdad, no solamente digo algún monosílabo y sigo a mi habitación: - ¡Hola, hijo! ¿Como estás? - ¡Bien!, ¿Y vos mamá? - Bien, querido. Te hago la merienda, ¿querés leche con chocolate? - Lo que quieras… Se da vuelta y como siempre se pone a prepararme esa tazona de leche, como ella dice: “para que no me descalcifique” Me dice: - Hace mucho que no tomabas la leche en casa… - Sí, bueno… Realmente no sé que contestar. Tal vez tengo miedo a los reproches que sé que ella podría hacerme, pero no los hace. Entonces me dice: - ¿Estás bien? ¿te pasa algo? - No, le respondo rápidamente. No sé como restablecer nuestros diálogos anteriores, nuestras charlas entre galletitas y carcajadas. Entonces digo: - ¿Sabés Mamá? - ¿Qué? - Anoche estuve mirando las estrellas, como cuando las mirábamos juntos antes de dormirme… - Sí, ayer las estrellas brillaban en una forma muy especial - Sin embargo, a mi me pareció que no brillaban como cuando estabas vos conmigo en el dormitorio. - ¿Por qué? - Porque antes era como si te viera al mirar a las estrellas y ayer me pareció que no estabas… - Pero ¡sí estaba! - Me pareció que no - Para no molestarte, estaba pero no me viste… - ¿Por qué? - Porque para poder velar tus sueños y cuidar tus pasos como siempre lo he hecho, me convertí en “tu” lucero del alba. Me quedé callado mirando su rostro y me di cuenta que nunca me había abandonado. Quería hablar tantas cosas y ahora no me salía palabra alguna. Miré por la ventana la noche había llegado con un manto oscuro sin luces y dije: - No hay estrellas mamá Ella se acercó me abrazó fuerte y me dijo: - no lo ves, pero siempre están y cuando duermas también, como todos los días de tu vida, estará tu lucero del alba. En ese momento me di cuenta de que todo volvía a su antiguo lugar ante mis ojos, porque en la realidad de mis tiempos, mi madre seguía a mi lado, nunca me había abandonado y nunca lo haría. Han pasado muchos años, ella ha envejecido, yo he formado una familia y algún día mi madre no estará conmigo, pero ahora sé, que ella nunca me dejará de acompañar, y que bastará mirar el cielo para saber que desde el lucero del alba mi madre me pregunta: ¿querido, cómo estás? Saya Maabar
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Dedicado a: Maxi y Romi
Los extraño
tanto…
Sí, porque las
horas que paso pensando en ustedes, se hacen tan largas y solitarias, que se
asemejan a un camino en el bosque, marcado en la tierra, sinuoso e interminable.
Sí, los extraño
porque sus dudas me hacen dudar. No temo a la falta de decisión sino al dolor
que pueda causarles mi error.
Sí, porque el
brillo de sus ojos me ilumina todo el día y hace clara la noche más oscura.
Sí, los extraño
porque siento su ausencia como el piquete de una abeja, que sin querer, pica y
su dolor se extiende y dura. Sin haber tenido deseos de herir.
Sí, porque sus
problemas son tormentas tumultuosas para mí y vivo pensando en como guiarlos
para que no pierdan el rumbo.
Sí, los extraño
tanto, que yo, no sería quién soy si ustedes no hicieran dulce el aroma de mi
entorno; y sus palabras son las notas musicales que apaciguan mi ansiedad.
Sí, los extraño,
porque son parte de mi corazón, el murmullo de mis días y la alegría que
completa mi existencia.
Los momentos en
que estamos juntos, somos uno, por eso no podría continuar el camino boscoso de
la vida, sino tuviera al final de esa senda, como guía, la luz de sus ojos…