Base de Datos de laLiteratura Japonesa traducida a otros idiomas
La Fundación Japón, en colaboración con The Japan P.E.N. Club, ha elaborado una base de datos de Literatura Japonesa traducida a otros idiomas, la cual se encuentra a disposición de los interesados en su página Web en la siguiente dirección:
Esta base contiene los datos de obras literarias, principalmente de finales de la Segunda Guerra Mundial hasta los años 90, y cuenta con un sistema de búsqueda por nombre de autor, obra, idioma, etc.
La información está basada básicamente en los siguientes catálogos:
Japanese Literature in Foreign Languages 1945-1995 (Japan P.E.N. Club)
Japanese Literature Today ( JapanP.E.N. Club)
Index Translationum Cumulative Index since 1979 (UNESCO)
Además se utilizó la información de The National Institute of Informatics y NACSIS Webcat, y se contó con la colaboración del Guest Professor Fujino Yukio de la Facultad de Artes Liberales de la Aichi University.
Esta base de datos no está concluida y puede no tener algunos datos importantes ni tampoco muchas obras publicadas a partir del año 2000. The Japan P.E.N. Club procura proporcionarle la información más actualizada y confiable, por lo que la base se encuentra en constante actualización.
En este proceso de contar con la mayor información, la Fundación Japón le agradecería el envío de correcciones o nuevos datos al siguiente correo electrónico:
Japanese Literature in Translation Search Database Staff in Charge
«Desde una arboleda cercana llegaba el chirrido regular de un pájaro, un ric-ric, como si estuvieradándole cuerda a algún mecanismo. Nosotros hablábamos de él como del pájaro-que-da-cuerda…» Haruki Murakami es uno de los novelistas japoneses contemporáneos con mayor prestigio en su país. Pero hablar aquí de literatura japonesa sugiere siempre un mundo exótico, ajeno por completo al nuestro. Sin embargo, Murakami no sólo está considerado ya en Occidente un autor de culto, sino que su extensa obra narrativa ha roto fronteras y la crítica mundial lo sitúa entre Mishima y Pynchon. Era, pues, imprescindible darle a conocer definitivamente también en nuestra lengua. Tooru Okada, un joven japonés que acaba de dejar voluntariamente su trabajo en un bufete de abogados, recibe un buen día la llamada anónima de una mujer. A partir de ese momento la vida de Tooru, que había transcurrido por los cauces de la más absoluta normalidad, empieza a sufrir una extraña transformación. A su alrededor van apareciendo personajes cada vez más extraños, y la realidad, o lo real, va degradándose hasta convertirse en algo fantasmagórico. La percepción del mundo se vuelve mágica, los sueños son realidad y, poco a poco, Tooru Okada deberá resolver los conflictos que, sin sospecharlo siquiera, ha arrastrado a lo largo de toda su vida. Crónica del pájaro que da cuerda al mundo pinta una galería de personajes tan sorprendentes como profundamente reales. El mundo cotidiano del Japón moderno se nos aparece de pronto como algo extrañamente familiar.
Mil grullas: la ceremonia del té y sus tazones fantasma
Por Amalia Sato
Figura emblemática, miembro de la Escuela de las Nuevas Sensibilidades (Shinkankaku School), guionista de un clásico del cine experimental de 1926 (Una página de locura, dirigida por Kinugasa Teinosuke), Kawabata Yasunari desde muy joven se instala activamente en el medio artístico. Su vida se había iniciado con una presencia de muerte que sólo "el inútil esfuerzo", sobre el que permanentemente vuelve, podía mitigar en parte: inútil esfuerzo por acceder a la belleza, a los conocimientos de un Occidente trasvasado, inútil esfuerzo de la escritura. Perseguido por las pérdidas, la de su padre cuando era una criatura de dieciocho meses, su madre un año más tarde, su nodriza a los seis, su hermana a los diez, a los catorce su último familiar, el abuelo, en esa sucesión leyeron los estudiosos japoneses una "disposición de huérfano", que sólo encontró refugio en un mundo literario. En una conferencia que dictó en Hawaii en 1969, titulada "La existencia y el descubrimiento de la belleza", Kawabata cuenta cómo sentado en un lujoso hotel, tiene una mañana la visión de mesas dispuestas en una terraza, con cientos de vasos colocados boca abajo brillando como diamantes bajo el sol tropical. Algo que nunca había visto y que lo deleita. Sentencia entonces que la literatura no hace sino registrar tales encuentros con la belleza. Para Kawabata, los mejores calificados para descubrir la pura belleza son los niños pequeños, las mujeres jóvenes y los hombres moribundos. Así, las mejores sorpresas de estilo las deparan los textos escolares; así, toda su obra refleja su fascinación con un tipo de inmaculada mujer idealizada. Y por eso su ensayo clave se titula "Los ojos de un hombre moribundo". La trama de Mil grullas (Sembazuru) gira alrededor de uno de los ritos consagrados de la cultura japonesa, la ceremonia del té, encuentro que desde el siglo xiii pacificaba a los guerreros. Para imaginar las escenas con los objetos apropiados se justificaría la consulta a una enciclopedia de arte: las grullas del pañuelo son un auspicioso símbolo de longevidad; los tazones ceremoniales de cerámicas renombradas: el Oribe oscuro con toques de blanco y diseño de helechos de la primera ceremonia; la jarra Shino de esmalte blanco y tenue rojo para la ofrenda floral fúnebre; el par de Raku, negro y rojo -tazones hombre/esposa; el terrible Shino cilíndrico con la huella imborrable de un lápiz de labios- que será lanzado en una suerte de exorcismo pero cuyos pedazos habrá que enterrar con respeto; el Karatsu verduzco con toques de azafrán y carmesí, de asimétrica factura coreana que conformará con el anterior otra bella pareja de objetos-fantasma. Las acuarelas de Sotatsu y las caligrafías del poeta Muneyuki que decoran el altar estético. Es el refinado mundo de la ciudad de Kamakura, son los entornos del templo zen Engakuji. El recuerdo de una muchacha hermosa reaparecerá a lo largo del relato en la imagen de las mil grullas de su pañuelo, en contraste con la presencia de la madre y la hija, que serán amantes del protagonista. Desde el principio ya se dibuja un triángulo de mujeres que el protagonista ve de espaldas al ingresar en el recinto ceremonial. Se sucederán sin fin: la madre del joven Kikuji, desdibujada; Chikako, la mujer de la mancha en el pecho, amante del padre de Kikuji, manipuladora que se apropia de la ceremonia y de los objetos que han pasado de mano en mano; la señora Ota, frágil carnalidad que enlaza dos generaciones de hombres; Fumiko, evanescente y en quien se continúa el kharma amoroso de la madre, y Yukiko, la joven de quien sólo se dice que es bella pues su gusto exquisito -la elección del diseño de su pañuelo y un bordado de lirios en su cinto- la califican sin necesidad de ninguna descripción. Todas serán vértices de sucesivas combinaciones. En la noción de estructura novelística que Kawabata trabajaba, los incidentes eran más importantes que las conclusiones, y por eso lo más rico de la novela son los diálogos. Muchos compararon sus desarrollos con los de lentas obras de teatro noh: pues su placer eran los tiempos morosos que los plazos de entrega a las revistas le permitían; como en los versos encadenados, era la serie lo que le interesaba. Sus finales suelen ser vertiginosos, como en ésta, donde Fumiko desaparece y Kikuji sospecha que se ha suicidado igual que su madre, la señora Ota. La práctica novelística de Kawabata no coincide con sus teorizaciones sobre la estructura en tres pasos. Sus novelas podrían terminar en cualquier punto y se diría que nunca hay un final. Se percibe un crecimiento sin un plan preconcebido, influido por la técnica del fluir de la conciencia que admiraba en la narrativa de Joyce y Proust, y la tradición japonesa de una continuidad por adición, como en el Genji o El libro de la almohada. No hacía caso del concepto de argumento, una superstición heredada de la aplicación de conceptos dramáticos, que no aplicaba a sus novelas, que se iban conformando, como las redacciones infantiles, con oraciones impredecibles, libres, iluminadas. Kawabata, que dejó muchísimos escritos inconclusos, también solía practicar otro curioso ejercicio: reducía los textos extensos a lo que llamaba "relatos del tamaño de la palma de una mano", operación en la que lo consideraban maestro. Al recibir en 1968 el Premio Nobel, para el que mucho colaboraron las espléndidas traducciones al inglés de Edward Seidensticker, Kawabata invocó el bello Japón, el Japón estético que desde el siglo xix intriga a Occidente. Un Japón tradicional, "que se ha ido", pero que él encontraba en espacios naturales alejados de lo urbano o en los lugares donde se cumplían los viejos ritos: "el otro mundo" ajeno a la cotidianeidad, donde hay una regresión a lo maternal al dejarse dominar el hombre por el sentimiento de amae (tomar provecho de la benignidad de otro, mostrarse como un niño con sentido). Aquí, la casita del jardín, donde se practica la ceremonia del té, espacio preservado donde los tazones se cargan de una emotividad que desafía el tiempo y en el cual el rito convoca a un eros que se vierte en cada gesto, contaminando a sucesivas generaciones de amantes. Pero la experiencia espiritual y estética se convierte, en manos de Chikako, en un ejercicio de la perversión, en un momento de gran tensión, en una exhibición de poder, como en el siglo xvii lo hacía Toyotomi Hideyoshi, el jefe militar, al desplegar los objetos ceremoniales de sus predecesores. Como esas "islas en un mar distante" que le atraían, trabaja Kawabata su estilo elusivo tan influido por su clásico favorito, el Romance de Genji. Para percibirlo en bruma hay que sostener la ilusión de una lengua donde hay un modo para los hombres y otro para las mujeres, con una entonación, desinencias verbales y vocabularios diversos, donde los adjetivos declinan con indicaciones temporales, donde hay infinidad de recursos para expresar la duda, la suposición, lo incompleto. El primer episodio de Mil grullas se publicó en 1949; en 1951 la da por terminada. En un haiku del mes de enero de 1953, prometía:
En el cielo de Año Nuevo mil grullas vuelan o así me parece.
Pero la breve historia que inicia entonces, con el mismo protagonista, queda inconclusa.
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LA
PERLA
YUKIO
MISHIMA
El 10 de
diciembre era el cumpleaños de la señora Sasaki. La señora Sasaki deseaba
celebrar el acontecimiento con el menor ajetreo posible y solamente había
invitado para el té a sus más íntimas amigas, las señoras Yamamoto, Matsumura,
Azuma y Kasuga, quienes contaban exactamente la misma edad que la dueña de casa.
Es decir, cuarenta y tres años.
Estas
señoras integraban la sociedad "Guardemos nuestras edades en secreto" y podía
confiarse plenamente en que no divulgarían el número de velas que alumbraban la
torta. La señora Sasaki demostraba su habitual prudencia al convidar a su fiesta
de cumpleaños solamente a invitadas de esta clase.
Para
aquella ocasión la señora Sasaki se puso un anillo con una perla. Los brillantes
no hubieran sido de buen gusto para una reunión de mujeres solas. Además, la
perla combinaba mejor con el color de su vestido.
Mientras
la señora Sasaki daba una última ojeada de inspección a la torta, la perla del
anillo, que ya estaba algo floja, terminó por zafarse de su engarce. Era aquel
un acontecimiento poco propicio para tan grata ocasión, pero hubiera sido
inadecuado poner a todos al tanto del percance. La señora Sasaki depositó, pues,
la perla en el borde de la fuente en que se servía la torta y decidió que luego
haría algo al respecto.
Los
platos, tenedores y servilletas rodeaban la torta. La señora Sasaki pensó que
prefería que no la vieran llevando un anillo sin piedra mientras cortaba la
torta y, muy hábilmente, sin siquiera darse vuelta, lo deslizó en un nicho
ubicado a sus espaldas.
El
problema de la perla quedó rápidamente olvidado en medio de la excitación
producida por el intercambio de chismes y la sorpresa y alegría que producían a
la dueña de casa los acertados regalos de sus amigas. Muy pronto llegó el
tradicional momento de encender y apagar las velas de la torta. Todas se
congregaron agitadamente alrededor de la mesa, cooperando en la complicada tarea
de encender cuarenta y tres velitas.
Tampoco
podía esperarse que la señora Sasaki, con su limitada capacidad pulmonar apagara
de un solo soplido tantas velas y su apariencia de total desamparo suscitó no
pocos comentarios risueños.
Después
del decidido corte inicial, la señora Sasaki sirvió a cada invitada una tajada
del tamaño deseado en un pequeño plato que, luego, cada una llevaba hasta su
respectivo asiento. Alrededor de la mesa se produjo una confusión bastante
considerable. Todas extendían sus manos al mismo tiempo.
La torta
estaba adornada con un motivo floral y cubierta con un baño rosado, salpicado
abundantemente con pequeñas bolitas plateadas hechas de azúcar cristalizada. La
clásica decoración de las tortas de cumpleaños.
En la
confusión del primer momento algunas escamas del baño, migas y cierta cantidad
de bolitas plateadas se desparramaron sobre el mantel blanco. Algunas de las
invitadas juntaban estas partículas con los dedos y las ponían en sus platos.
Otras, las echaban directamente en su boca.
Luego,
cada una volvió a su asiento y, con toda la tranquila alegría que correspondía,
comieron sus porciones.
Aquélla
no era una torta casera. La señora Sasaki la había encargado con anticipación en
una confitería de bastante renombre y todas coincidieron en que su gusto era
excelente.
La
señora Sasaki resplandecía de felicidad. De pronto, y con un dejo de ansiedad,
recordó la perla que había dejado sobre la mesa. Con disimulo se levantó tan
displicentemente como pudo y comenzó a buscarla. La perla había desaparecido.
Sin embargo, estaba segura de haberla dejado allí. La señora Sasaki aborrecía
perder cosas. Sin pensarlo más, se entregó de lleno a su búsqueda y su
intranquilidad se hizo tan evidente que sus invitadas la advirtieron.
—No es
nada... Un segundo, por favor... —repuso a las cariñosas preguntas de sus
amigas.
Pese a
lo ambiguo de su respuesta, una a una las invitadas se pusieron de pie y
revisaron el mantel y el piso.
La
señora Azuma, frente a tanta conmoción, pensó que la situación era francamente
deplorable. Estaba contrariada frente a una dueña de casa capaz de crear una
situación tan desagradable por el extravío de una perla.
La
señora Azuma decidió inmolarse y salvar el día. Con una sonrisa heroica, dijo:
—¡Eso fue entonces! ¡La perla debe haber sido lo que me acabo de comer! Cuando
me sirvieron la torta, una bolita plateada se cayó sobre el mantel y yo la
levanté y me la tragué sin pensar. Me pareció que se atascaba un poco en mi
garganta. Por supuesto que si hubiera sido un brillante no dudaría en
devolvértelo, aun a riesgo de tener que sufrir una operación; pero como se trata
simplemente de una perla, no puedo sino pedirte perdón.
Este
anuncio calmó de inmediato la ansiedad del grupo y salvó a la dueña de casa de
un trance difícil. Nadie se preocupó en averiguar si la confesión de la señora
Azuma era cierta o falsa. La señora Sasaki tomó una de las bolitas que quedaban
y se la comió.
—Mmmm
comentó-—, ¡ésta tiene gusto a perla!
En esta
forma, el pequeño incidente, fue recibido entre bromas y, en medio de la risa
general, quedó totalmente olvidado.
Al
finalizar la reunión, la señora Azuma partió en su auto sport, llevando con ella
a su íntima amiga y vecina, la señora Kasuga. Apenas se habían alejado, la
señora Azuma dijo: —¡No puedes dejar de reconocerlo! Fuiste tú quien se tragó la
perla, ¿no es cierto? Quise protegerte y me declaré culpable.
Estas
palabras informales ocultaban un profundo afecto. Pero por más amistosa que
fuera la intención, para la señora Kasuga una acusación infundada era una
acusación infundada. No recordaba bajo ningún concepto haberse tragado una perla
en vez de un adorno de azúcar. La señora Azuma sabía cuán difícil era ella para
todo lo referente a la comida. Bastaba con que apareciera un cabello en su
plato, para que, inmediatamente, se le atragantara el almuerzo.
—Pero,
¡por favor! —protestó la señora Kasuga con voz débil mientras estudiaba el
rostro de la señora Azuma—. ¡Nunca podría haber hecho algo semejante!
—No es
necesario que finjas. Te vi en aquel momento. Cambiaste de color y ello fue
suficiente para mí.
La
confesión de la señora Azuma parecía cerrar el incidente del cumpleaños; pero,
sin embargo, dejó una molesta secuela.
Mientras
la señora Kasuga pensaba en la mejor forma de demostrar su inocencia, la asaltó
la duda de que la perla del solitario pudiera estar alojada en alguna parte de
sus intestinos. Era, desde luego, poco probable que se hubiera tragado una perla
en vez de una bolita de azúcar, pero, en medio de la confusión general causada
por la charla y las risas, forzoso era admitir que existía por lo menos esa
posibilidad.
Revisó
mentalmente todo lo sucedido en la reunión, pero no pudo recordar ningún momento
en el que hubiera llevado una perla hasta sus labios. Después de todo, si había
sido un acto subconsciente, sería difícil recordarlo.
La
señora Kasuga se sonrojó violentamente cuando su imaginación la llevó hacia otro
aspecto del asunto. Al recibir una perla en el cuerpo de uno, no cabe duda de
que—quizás un poco disminuido su brillo por los jugos gástricos—en uno o dos
días es fácil recuperarla.
Y junto
a este pensamiento, las intenciones de la señora Azuma se volvieron
transparentes para su amiga. Sin lugar a dudas, la señora Azuma había
vislumbrado el mismo problema con incomodidad y vergüenza y, por lo tanto,
pasando su responsabilidad a otro, había dejado entrever que cargaba con la
culpa del asunto para proteger a una amiga.
Mientras
tanto, las señoras Yamamoto y Matsumura, que vivían en la misma dirección,
retornaban a sus casas en un taxi. Al arrancar el coche, la señora Matsumura
abrió la cartera para retocar su maquillaje, recordando que no lo había hecho
durante toda la reunión.
Al tomar
la polvera, un destello opaco llamó su atención mientras algo rodaba hacia el
fondo de su cartera. Tanteando con la punta de los dedos, la señora Matsumura
recuperó el objeto y vio con asombro que se trataba de la perla.
La
señora Matsumura sofocó una exclamación de sorpresa. Desde tiempo atrás sus
relaciones con la señora Yamamoto distaban mucho de ser cordiales y no deseaba
compartir aquel descubrimiento que podía tener consecuencias tan poco agradables
para ella.
Afortunadamente la señora Yamamoto miraba por la ventanilla y no pareció darse
cuenta del súbito sobresalto de su acompañante.
Sorprendida por los acontecimientos, la señora Matsumura no se detuvo a pensar
en cómo había llegado la perla a su bolso, sino que, inmediatamente, quedó
apresada por su moral de líder de colegio. Era prácticamente imposible, pensó,
cometer un acto semejante aun en un momento de distracción. Pero dadas las
circunstancias, lo que correspondía hacer era devolver la perla inmediatamente.
De lo contrario, hubiera sentido un gran cargo de conciencia. Además, el hecho
de que se tratara de una perla—o sea, un objeto que no era ni demasiado barato
ni demasiado caro—contribuía a hacer su posición más ambigua.
Resolvió, pues, que su acompañante, la señora Yamamoto, no se enterara del
imprevisible desarrollo de los acontecimientos, en especial cuando todo había
quedado tan bien solucionado gracias a la generosidad de la señora Azuma.
La
señora Matsumura decidió que le era imposible permanecer ni un minuto más en
aquel taxi y, pretextando una visita a un familiar, pidió al conductor que se
detuviera en medio de un tranquilo suburbio residencial.
Una vez
sola en el taxi, la señora Yamamoto, se sorprendió un poco por la brusca
determinación tomada por la señora Matsumura a consecuencia de su broma. Observó
el reflejo de la señora Matsumura en el vidrio y, en aquel preciso momento, vio
cómo sacaba la perla de su cartera.
En el
transcurso de la reunión la señora Yamamoto había sido la primera en recibir su
parte de torta. Había agregado a su plato una bolita plateada que había rodado
sobre la mesa y al volver a su asiento antes que las demás, advirtió que la
bolita en cuestión era una perla. En el mismo momento de descubrirlo, concibió
un plan malicioso.
Mientras
las demás invitadas se preocupaban por la torta, deslizó la perla dentro del
bolso que aquella hipócrita e insufrible señora Matsumura había dejado sobre la
silla vecina.
Desamparada, en el barrio residencial donde había pocas probabilidades de
conseguir un taxi, la señora Matsumura se entregó a oscuras reflexiones acerca
de su posición.
En
primer lugar, aun cuando fuera absolutamente necesario para descargo de su
conciencia, sería una vergüenza ir a removerlo todo de nuevo cuando las demás
habían llegado a tales extremos para arreglar las cosas satisfactoriamente. Por
otra parte, sería peor si, con tal proceder, hiciera recaer injustas sospechas
sobre ella misma.
No
obstante estas consideraciones, si no se apresuraba en devolver la perla,
desperdiciaría una ocasión única. Si lo dejaba para el día siguiente (el sólo
pensarlo hizo sonrojar a la señora Matsumura) la devolución daría lugar a dudas
y especulaciones. La propia señora Azuma había formulado una insinuación acerca
de esta posibilidad.
Fue
entonces cuando, con gran alegría, la señora Matsumura concibió el plan
magistral que dejaría en paz a su conciencia y, al mismo tiempo, la libraría del
riesgo de exponerse a injustas sospechas.
Aceleró
el paso y, al llegar a una calle más transitada, llamó a un taxi y ordenó al
conductor llevarla un conocido negocio de perlas en Ginza. Allí mostró la perla
al vendedor y le pidió una, algo más grande y de mejor calidad. Una vez
efectuada la compra, volvió hasta la casa de la señora Sasaki.
El plan
de la señora Matsumura era entregar la perla recién comprada a la señora Sasaki,
diciéndolc que la había encontrado en el bolsillo de su chaqueta. Su anfitriona
la aceptaría y, después, intentaría hacerla calzar en el anillo. Al tratarse de
una perla de distinto tamaño no coincidiría con el anillo, y la señora Sasaki,
desconcertada, intentaría devolverla, cosa que no pensaba aceptar la señora
Matsumura.
La
señora Sasaki no podría sino pensar que aquélla se comportaba así para proteger
a otra persona: "Sin duda la señora Matsumura ha visto robar la perla por una de
las otras tres señoras. Será, pues, mejor olvidar todo el asunto; pero, al
menos, de mis invitadas puedo estar segura de que la señora Matsumura está
totalmente exenta de culpa. ¿Quién ha oído jamás que un ladrón robe algo y luego
lo reemplace por algo similar y de mayor valor?"
Con esta
estratagema la señora Matsumura se proponía escapar para siempre de la infamia
de la sospecha y de igual manera—mediante un pequeño desembolso—de los
remordimientos de una conciencia intranquila.
Volvamos
a las otras señoras. Ya en su casa, la señora Kasuga seguía sintiéndose
lastimada por las crueles bromas de la señora Azuma. Para librarse de un cargo
tan ridículo como aquél, debía actuar antes del día siguiente, pues si no sería
demasiado tarde. Para probar realmente que no había comido la perla, era, pues,
necesario que la perla apareciera de alguna manera.
En
resumen, si podía exhibir de inmediato la perla a la señora Azuma, por lo menos
su inocencia respecto a la hipótesis gastronómica, quedaría firmemente
demostrada.
Si
esperaba hasta el día siguiente, aun cuando se las arreglara para mostrar la
perla, se interpondría inevitablemente la vergonzosa e innombrable sospecha.
La
habitualmente tímida señora Kasuga abandonó apresuradamente su domicilio al cual
acababa de regresar e inspirada por el coraje que confiere obrar con ímpetu, se
apuró en llegar a un comercio de Ginza donde eligió y compró una perla que, a su
parecer, era más o menos del mismo tamaño que las bolitas plateadas de la torta.
Llamó
por teléfono a la señora Azuma. Le explicó que, al volver a su casa, había
descubierto entre los pliegues del moño de su faja la perla perdida por la
señora Sasaki y que le causaba cierta vergüenza ir a devolverla. ¿Sería tan
amable la señora Azuma como para acompañarla lo más pronto posible?
Para sus
adentros la señora Azuma reflexionó en que aquella historia era poco verosímil,
pero por tratarse del pedido de una buena amiga, accedió a él.
La
señora Sasaki aceptó la perla que le llevara la señora Matsumura y, asombrada de
que no se ajustara a su anillo, pensó, agradecida, exactamente lo que la señora
Matsumura había deseado que pensara.
Se
sorprendió, sin embargo, cuando una hora más tarde llegó la señora Kasuga,
acompañada por la señora Azuma, y le devolvió otra perla.
La
señora Sasaki estuvo a punto de mencionar la visita anterior, pero se contuvo a
último momento y aceptó la segunda perla tan tranquilamente como pudo. No dudaba
de que ésta se ajustaría al engarce y, tan pronto como partieron sus amigas, se
apuró a probarla en el anillo.
Era
demasiado chica. Frente a este descubrimiento, la señora Sasaki enmudeció.
En el
viaje de regreso ambas señoras se encontraron frente a la imposibilidad de saber
lo que pensaba la otra, y aunque sus encuentros solían ser alegres y locuaces,
en aquella oportunidad cayeron en un largo silencio.
La
señora Azuma, que actuaba con perfecto conocimiento del asunto, sabía a cienciacierta que no se había tragado la perla.
Había
sido simplemente para eludir una situación embarazosa para todas que, en la
fiesta, se había declarado culpable. En especial, la había guiado el deseo de
aclarar la situación de una amiga que, por su inquietud, había transmitido
cierta sensación de culpabilidad. ¿Qué podía pensar ahora? Más allá de la
peculiar actitud de la señora Kasuga y del procedimiento de hacerse acompañar
por ella para devolver la perla, presentía algo mucho más profundo. Quizá la
intuición de la señora Azuma había ubicado el punto débil de su amiga y, al
descubrirlo, la acorralaba transformando una cleptomanía inconsciente e
impulsiva en un grave desorden mental.
Por su
parte, la señora Kasuoa todavía abrigaba sospechas de que la señora Azuma se
hubiera tragado realmente la perla y de que su confesión en la fiesta fuera
verdadera. De ser así, resultaría imperdonable de parte de la señora Azuma
haberse burlado de ella tan cruelmente. Su timidez había contribuido a la
sensación de pánico que la había impulsado a hacer aquella pequeña farsa a más
de gastar una buena suma. ¿No era entonces una maldad, de parte de la señora
Azuma, después de todo ello negarse a confesar que había comido la perla? Si la
inocencia de la señora Azuma era fingida, la señora Kasuga, al representar tan
esmeradamente su papel, aparecería ante sus ojos como el más ridículo de los
actores de segundo orden.
Pero
retornemos a la señora Matsumura. Al regresar de casa de la señora Sasaki y
después de haberla obligado a aceptar la perla, la señora Matsumura se sintió
algo más tranquila y pudo analizar, detalle por detalle, los acontecimientos del
incidente.
Estaba
segura, al levantarse en busca de su trozo de torta, de haber dejado su cartera
sobre la silla. Luego, al comerla, había empleado servilletas de papel, con lo
que se descartaba la necesidad de abrir el bolso en busca de un pañuelo. Cuanto
más lo pensaba, menos recordaba haber abierto su cartera hasta el momento de
empolvarse en el taxi. ¿Cómo era posible, entonces, que la perla se hubiera
introducido en un bolso cerrado?
En aquel
momento comprendió la tontería de no haber tenido en cuenta ese simple detalle
en vez de atemorizarse al encontrar la perla. Llegada a este punto de su
razonamiento, un súbito pensamiento la dejó atónita. Alguien había colocado la
perla en su bolso con absoluta premeditación, a fin de comprometerla. Y de las
cuatro invitadas a la reunión, la única que podía haberlo hecho era, sin duda,
la detestable señora Yamamoto.
Con los
ojos encendidos por la ira, la señora Matsumura fue hasta la casa de la señora
Yamamoto.
Al verla
aparecer en su puerta, la señora Yamamoto supo inmediatamente lo que la había
llevado hasta allí y preparó su defensa.
Desde el
primer instante, el interrogatorio de la señora Matsumura fue inesperadamente
severo, y dejó traslucir claramente que no aceptaría evasivas.
—Has
sido tú. Nadie podría haber hecho semejante cosa —comenzó la señora Matsumura.
—¿Por
qué yo Supongo que si vienes a echarme esto en cara, es
porque tienes todos los elementos de juicio, ¿no es cierto? —la señora Yamamoto
se mantenía en una rígida compostura.
La
señora Matsumura respondió que la señora Azuma, al echarse las culpas por lo
sucedido con tanta nobleza, no podía tener ninguna relación con tan ruin
proceder, y que, en cuanto a la señora Kasuga, no tenía las agallas necesarias
para un juego tan peligroso. Quedaba, pues, una sola incógnita: la señora
Yamamoto.
Esta
guardó silencio con la boca cerrada como una ostra. Frente a ella, la perla
traída por la señora Matsumura, brillaba suavemente. El té de Ceylán que había
preparado tan cuidadosamente comenzaba a enfriarse.
—No
pensaba que me odiaras tanto —la señora Yamamoto se enjugó las comisuras de los
ojos, pero resultó evidente que la señora Matsumura estaba resuelta a no dejarse
ablandar por las lágrimas.
—Bueno,
voy a decirte algo que jamás pensé decir—continuó la señora Yamamoto—. No voy a
mencionar nombres, pero una de las invitadas . . .
—¿Con
eso quieres hablar de la señora Kasuga o de la señora Azuma?
—Por
favor, por lo menos déjame omitir su nombre. Como te decía, una de las invitadas
estaba abriendo tu bolso e introduciendo algo en él cuando yo, inadvertidamente,
miré en aquella dirección. ¡Puedes imaginarte mi desconcierto! Aun cuando me
hubiera sentido capaz de prevenirte, no habría siquiera tenido la
oportunidad de hacerlo. Comencé a sentir palpitaciones y más palpitaciones. Y en
el viaje en el taxi... ¡oh, qué horror no poder hablarte! Si hubiéramos sido
buenas amigas, no hubiera dudado en contártelo con absoluta franqueza, pero como
aparentemente yo no te gusto...
—Comprendo. Has sido muy considerada, y ahora le estás echando hábilmente las
culpas a las señoras presentes, ¿verdad?
—¿Culpar
a otro Sólo quería evitar el
herir a alguien...
-—Está
bien. Pero no te importó herirme a mí, ¿no es cierto? Por lo menos podrías haber
mencionado todo esto en el taxi.
Probablemente lo hubiera hecho si tú hubieras tenido la franqueza de mostrarme
la perla cuando la encontraste en tu cartera. Preferiste, en cambio, bajar del
coche sin decir una palabra!
Por
primera vez la señora Matsumura no supo qué contestar.
—¿Comprendes entonces lo que quise hacer? Lo importante era no herir a nadie.
La
señora Matsumura se sintió invadida por una intensa ira.
—Si vas
a endilgarme una serie de mentiras como ésta, voy a pedirte que las repitas esta
noche frente a las señoras Azuma y Kasuga y en mi presencia.
Al
escuchar esto, la señora Yamamoto rompió a llorar.
—Gracias
a ti, todos mis esfuerzos por no herir a alguien fracasarán . . . —sollozó—.
Para la
señora Matsumura era una experiencia nueva verla llorar y, aunque se repitió
firmemente que no iba a dejarse engañar por aquellas lágrimas, no pudo evitar el
pensamiento de que, al no probarse nada concreto, quizás podría haber algo de
verdad en las afirmaciones de la señora Yamamoto.
Para ser
más objetivos, si se aceptaba el relato de la señora Yamamoto como cierto, el
rehusarse a revelar el nombre de la culpable traslucía cierta grandeza de alma.
Y, de la misma manera, tampoco se podía asegurar que la gentil y, en apariencia,
tímida señora Kasuga no pudiera sentirse inclinada a realizar un acto malicioso.
Del mismo modo, el indudable rechazo existente entre ella y la señora Yamamoto
podía, según se miraran las cosas, ser considerado como un atenuante en la culpa
de la señora Yamamoto.
—Tenemos
naturalezas diferentes—continuó la señora Yamamoto entre lágrimas—y no puedo
negar que hay en ti ciertas cosas que no me gustan. Pero, a pesar de todo, es
espantoso que puedas sospechar que necesito valerme de una artimaña tan baja
contra ti... No obstante, pensándolo mejor, el someterme a tus acusaciones será
la mejor forma de demostrar lo que he sentido hasta ahora en todo este asunto.
En esta forma, yo sola cargaré con la culpa y nadie más se sentirá herido.
Una vez
concluido este discurso patético, la señora Yamamoto inclinó su cabeza sobre la
mesa y se abandonó a un llanto incontrolable.
Al
contemplarla, la señora Matsumura comenzó a reflexionar sobre lo impulsivo de su
propio comportamiento. Al dejarse cegar por su antipatía hacia la señora
Yamamoto, había perdido la serenidad indispensable para manejar su castigo.
Cuando,
después de sollozar prolongadamente, la señora Yamamoto alzó la cabeza
nuevamente, la expresión a la vez pura y remota de su rostro se hizo visible aun
para su visitante.
Un poco
asustada, la señora Matsumura se puso tiesa contra el respaldo de la silla.
—Esto no
debería haber sucedido nunca. Cuando desaparezca, todo permanecerá como antes.
Al
hablar enigmáticamente, la señora Yamamoto sacudió su hermosa cabellera y clavó
una mirada terrible, aunque fascinante, sobre la mesa. En un segundo, tomó la
perla que estaba frente a ella y, con gran determinación, se la metió en la
boca. Alzando la taza con el meñique elegantemente estirado, se tragó la perla
con un sorbo de té de Ceylán frío.
La
señora Matsumura la observaba con espantada fascinación. Todo había sucedido sin
darle tiempo a protestar. Era la primera vez que veía a alguien tragarse una
perla. Además, en la conducta de la señora Yamamoto había algo de la
desesperación que se supone puede embargar a quienes ingieren un veneno.
Sin
embargo, aunque el acto era heroico, aquél no era más que un incidente
conmovedor. La señora Matsumura se encontró con que no sólo su enojo se había
disuelto en el aire, sino que la pureza y simplicidad de la señora Yamamoto la
hacían considerarla ahora como a una santa.
Los ojos
de la señora Matsumura también se llenaron de lágrimas y tomó la mano de la
señora Yamamoto.
—Te
ruego que me perdones—dijo—, me he equivocado.
Lloraron
juntas durante un buen rato, entrelazaron sus dedos y juraron ser, desde aquel
momento, las mejores amigas.
Cuando
la señora Sasaki se enteró de que las tirantes relaciones entre la señora
Yamamoto y la señora Matsumura habían mejorado notablemente y de que la señora
Azuma y la señora Kasuga habían enfriado su vieja y sólida amistad, no pudo
explicarse las cosas y se limitó a pensar que todo era posible en este mundo.
Fuera
como fuera, siendo una mujer sin demasiados escrúpulos, la señora Sasaki pidió a
un joyero que remodelara su anillo en un formato en el cual se pudieran engarzar
dos nuevas perlas, una grande y una chica, y lo usó sin complejos, sin
ulteriores incidentes.
Al poco
tiempo había olvidado las conmociones de aquel cumpleaños, y cuando alguien se
interesaba por su edad, contestaba con las eternas mentiras de siempre.