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LA
MUERTE DE LORD EDGWARE
Agatha
Christie
Traducción: Guillermo de Boladeras
DRAMATIS PERSONAE
Charlotte adams.
Excelente actriz judía, americana, excepcional imitadora de estrellas.
Lucy
adams.
Hermana menor de Charlotte.
alton.
Afeminado mayordomo de lord Edgware.
Alice
bennet.
Sirvienta de miss Adams.
carroll.
Secretaria de lord Edgware.
Jenny
driver.
Dueña
de una casa de modas y amiga de actrices y cineastas.
George
Marsh, lord edgware.
Esposo
de la Wilkinson, hombre multimillonario y excéntrico.
ellis.
Camarera de Jane Wilkinson.
hastings.
Capitán, gran amigo y colaborador de Hércules Poirot.
japp.
Inspector de Policía.
jobson.
Chófer
taxista.
Geraldine marsh.
Bella
hija de lord Edgware.
Ronald
marsh.
Sobrino del citado lord.
Bryan
martin.
Uno de
los más famosos artistas de cine; hombre apuesto y elegante, con gran partido
entre las damas.
maxon.
Abogado de Jane Wilkinson.
Duque
de merton
Joven
distinguido, culto y rico, deseado por la citada Wilkinson.
Hércules poirot.
Famoso
detective y protagonista de esta novela.
Donald
Ross.
Actor
bastante conocido y contertulio asiduo de sir Montagu.
Sir
Montagu CORNER.
Potentado aristócrata, mecenas cinematográfico.
widburn.
Un
matrimonio amigo de la Adams y de sir Montagu.
Jane
wilkinson.
Inteligente actriz norteamericana y bellísima mujer a la que muchos pretenden.
CAPITULO UNO
UNA
REPRESENTACIÓN TEATRAL
El
público es sumamente olvidadizo. El asesinato de George Alfred Saint Vincent
Marsh, cuarto barón de Edgware, que tan intensamente apasionó a la opinión, ha
pasado ya al olvido y otros hechos posteriores han acaparado su interés.
Debo
confesar que por expreso deseo de mi amigo Hércules Poirot no figuró su nombre
en el suceso, ya que si intervino en él no fue por su propia voluntad. Los
laureles, por tanto, se los llevaron los demás, como él quería, pues, desde su
punto de vista, aquello constituyó uno de sus fracasos, ya que si consiguió
ponerse, por fin, sobre la verdadera pista del criminal fue debido a sorprender
en la calle cierta conversación que sostenían dos desconocidos.
De
todos modos, lo cierto es que él fue quien descubrió al asesino.
Mi
opinión personal coincide con la de mi amigo en que, aun no habiendo sido
descubierto el culpable, es muy improbable que el crimen le hubiese servido a
éste para lograr sus propósitos.
Y
ahora creo que ha llegado el momento de explicar cuanto sé del suceso, diciendo
también que al relatarlo cumplo los deseos de una de las mujeres más hermosas
que he conocido. Me acordaré siempre del día en que Poirot, paseándose a grandes
zancadas por la habitación de nuestra casa, nos contó lo ocurrido.
Mi
relato empieza en un teatro de Londres, en el mes de junio del pasado año. Por
entonces hacía furor la actriz teatral Charlotte Adams. El año anterior debutó
con gran éxito y estuvo trabajando unos días. Pero al siguiente actuó durante
tres semanas en uno de los más importantes teatros de la capital, siendo aquella
noche la de su despedida.
Charlotte Adams era una muchacha norteamericana, de gran talento. Se presentaba
en escena sola, sin maquillaje y sin ningún decorado. Su trabajo consistía en
imitar a un sinfín de personalidades de todos los países. Hablaba con facilidad
varios idiomas. Uno de los números de su repertorio, Una noche en un hotel
extranjero, era realmente asombroso. Parodiaba, uno tras otro, a
americanos, a turistas alemanes, a toda una familia inglesa de clase media, a
muchachas de dudosa moralidad, a nobles rusos arruinados, sin omitir a los
serviciales camareros.
Las
escenas representadas, unas eran alegres y otras tristes, alternativamente. Por
ejemplo, la Muerte de una mujer checoslovaca en un hospital ponía un nudo
en la garganta de los espectadores; pero al poco rato se desternillaba uno de
risa ante la amabilidad de un dentista con sus futuras víctimas.
La
función se terminaba con lo que ella llamaba Algunas imitaciones, en las
cuales estaba de nuevo maravillosa. Sin la menor caracterización, sus rasgos
parecían deformarse para adquirir los de algún célebre político, o los de
alguna actriz famosa, o los de alguna bella mundana. En cada caracterización
empleaba la manera de hablar especial que el personaje requería, resultando
maravillosamente exacta.
Una de
sus últimas imitaciones fue la de Jane Wilkinson, inteligente artista
norteamericana, célebre en Londres por su cálida voz. Yo había sido gran
admirador suyo. Me entusiasmaban las interpretaciones que hacía de los
personajes y muchas veces llegué a pelearme con quienes decían que de hermosa
tenía mucho, pero de artista nada.
Jane
Wilkinson era una de esas actrices que dejan el teatro al casarse, pero que a
los pocos años vuelven a él.
Tres
años antes habíase casado con el riquísimo, aunque algo excéntrico, lord Edgware.
Corrieron rumores de que le abandonó al poco tiempo. Lo cierto fue que año y
medio después del casamiento empezó a trabajar en los estudios cinematográficos
de América, y que en aquella temporada interpretó algunas obras en Londres.
Uno de
los gestos de Charlotte Adams, imitando a Jane Wilkinson, me hizo soltar una
alegre carcajada, que fue seguida por otra que alguien lanzó a mi espalda. Me
volví para ver quién era y me encontré ante la propia imitada, lady Edgware, más
conocida por Jane Wilkinson.
Al
terminar la representación, la actriz aplaudió calurosamente y, riéndose, se
volvió hacia su acompañante, hombre de gran belleza física, belleza que
recordaba algo de las estatuas griegas, y en quien reconocí a uno de los
artistas más famosos de la pantalla, Bryan Martin, el héroe cinematográfico del
momento. Él y Jane Wilkinson habían aparecido juntos en varias películas.
—Es
maravilloso, ¿verdad? —decía lady Edgware. Él se echó a reír.
—Estás
muy entusiasmada. Jane.
—Pero
¡si es estupenda! Lo hace mucho mejor de lo que yo creía.
Lo que
ocurrió más tarde fue verdadera coincidencia.
Después del teatro, Poirot y yo fuimos a tomar algo al Savoy. En la mesa próxima
a la nuestra estaban lady Edgware, Bryan Martin y otras dos personas que yo no
conocía. Le hice notar a Poirot que estábamos al lado de lady Edgware. Mientras
se lo estaba diciendo, otras dos personas, un hombre y una mujer, se sentaron en
otra mesa cercana. El rostro de ella me era familiar, aunque de momento no pude
recordar quién era. De pronto me di cuenta de que se trataba de Charlotte Adams.
A su acompañante no le conocía. Era un joven alto, de rostro simpático, pero
algo atontado.
—Le
dije a Poirot quién era la recién llegada, y mi amigo miró hacia su mesa y
también hacia la de Jane Wilkinson.
—¿Es
esa lady Edgware? ¡Sí; ahora recuerdo!... La he visto trabajar alguna vez; es
una belle femme.
—Y
una gran actriz.
—Quizá.
—No
parece muy convencido.
—Creo,
amigo mío, que su triunfo es debido a los que la rodean; sí tiene el principal
papel de la obra, si todos se mueven a su alrededor como sombras..., claro que
puede destacarse; pero dudo que pudiese hacer un papel de los que se llaman de
carácter. Además, la obra se escribe para ella. A mí me hace el efecto de que es
una mujer egocéntrica —se detuvo un momento y luego añadió—: Las personas así
corren en la vida un gran peligro.
—¿Un
peligro?
—Por
lo que veo, he usado una palabra que te sorprende, mon ami
—y
repitió—: Sí, peligro. Porque una mujer semejante no ve más que una cosa: su
persona. Esas mujeres no se dan cuenta de las penas que existen, de los
infinitos dolores que las rodean, de los conflictos de la vida No tienen
presente más que sus propias preocupaciones. Y tarde o temprano..., un
desastre.
Su
apreciación era interesante, y me pregunté por qué no se me había ocurrido a mí
pensar en ello.
—¿Y la
otra, qué te parece?
—¿Miss
Adams? —miró hacia su mesa—. Bien —dijo sonriendo—. ¿Qué quieres que te diga de
ella?
—Pues
lo que te parece.
—Mon
cheri, ¿soy acaso esta noche un echador de la buenaventura, que lee en la
palma de la mano el carácter?
—Lo
harías mejor que muchos —dije.
—Hermosa fe la que tienes en mí, Hastings; cree que me emociona. Tú sabes,
amigo mío, que cada individuo es un oscuro misterio, un laberinto de conflictos,
pasiones, deseos y aptitudes.
Mais oui,
c'est vrai.
Uno se
forma una idea, hace un juicio; pero de diez veces, nueve está equivocado.
—Pero
no Hércules Poirot.
—También Hércules Poirot. Ya sé que piensas que soy un vanidoso; sin embargo, yo
te aseguro que soy sumamente humilde. Reí.
—¿Tú,
humilde?
—Así
es. Menos en lo que se refiere a mi bigote, lo confieso; porque he observado que
no hay otro en Londres que se pueda comparar con él.
—Ya
puedes estar seguro —dije secamente. Y añadí—: ¿No quieres decirme el juicio que
te merece Charlotte Adams?
—Elle
est artíste —respondió Poirot sencillamente—. Esto es todo.
—Bueno; pero ¿no sabes si corre también algún peligro?
—Todos
lo corremos —dijo Poirot con gravedad—. La desgracia pende siempre sobre
nuestras cabezas. Y respecto a tu pregunta
—añadió—, te diré que me parece astuta y algo más. Supongo que te habrás fijado
en que es judía, ¿verdad?
No me
había fijado; pero al decírmelo él advertí, en efecto, en la artista rasgos de
su ascendencia semítica.
—Eso
es una ventaja, pero al mismo tiempo es un peligro.
—¿Qué
quieres decir
—Al
amor al dinero; porque el amor al dinero es lo que hace a veces olvidar la
prudencia.
—Eso
es general —dije yo.
—Cierto; pero, afortunadamente, a la mayoría de las personas, según por qué
medio, no les interesa obtener dinero, mientras que para los judíos lo
importante es el dinero, cueste lo que cueste el obtenerlo.
En
aquel momento llamaron mi atención las cuatro personas sentadas en la mesa
vecina.
—Me
parece que has hecho una conquista, Poirot. La hermosa lady Edgware no te quita
ojo.
—Sin
duda le habrán dicho quién soy —dijo Poirot, aparentando modestia.
—Me
parece que es por tu famoso bigote. Debe de estar asombrada de su belleza.
Poirot
se lo acarició, sonriendo:
—Realmente, es único, amigo mío; «el cepillo de dientes», como tú dices, a veces
causa efectos sorprendentes.
—¡Caramba! Lady Edgware se levanta, al parecer, con intención de hablarnos,
Bryan Martin se opone, pero ella no le hace caso.
Jane
Wilkinson se había levantado impetuosamente de su silla y venía hacia nosotros.
Poirot se puso en pie y yo hice lo mismo.
—Es
usted monsieur Hércules Poirot, ¿verdad? —preguntó con su armoniosa voz.
—Servidor de usted, señora
—Monsieur
Poirot, deseo hablarle, necesito hablarle.
—Estoy
a sus órdenes. ¿Quiere usted sentarse?
—No;
aquí, no. Quisiera hablarle reservadamente... Podemos subir a mis habitaciones.
Bryan
Martin se había acercado a nosotros y dijo, riendo:
—Espera un poco, Jane; ten en cuenta que estamos a medio cenar.
—¿Y
eso qué importa, Bryan? Pueden subirnos la cena a mis habitaciones, ordénalo tú
mismo y... Oye, Bryan...
Fue
tras él y le dijo algo en voz baja. Mientras hablaban miraron varias veces hacia
donde estaba Charlotte Adams, por lo que supuse que se ocupaban de ella.
Después, Jane vino hacia nosotros, radiante.
—Ahora
ya podemos irnos arriba —dijo.
La
idea de que nosotros podríamos no aceptar su invitación ni siquiera pasó por su
cerebro.
—Ha
sido una suerte que le viese a usted esta noche —dijo mientras nos dirigíamos al
ascensor—. Parece mentira lo bien que me salen a mí las cosas. Estaba
preocupada con lo que debía hacer, y de repente le veo a usted en la mesa
próxima y me digo: «Monsieur Poirot me aconsejará» —se detuvo para decir al
encargado del ascensor—: Segundo piso.
—Si en
algo puedo serle útil... —empezó Poirot.
—Estoy
segura de que usted puede serme de gran utilidad; he oído decir que usted es el
hombre más maravilloso que existe. Yo creo que es el único que puede sacarme del
enredo en que estoy.
Llegamos al segundo piso, y siguiendo el corredor se detuvo ante una de las
habitaciones más lujosas del Savoy.
Abandonó sobre una de las sillas su blanco abrigo y se dejó caer en una butaca
—¡Oh!
—exclamó—, de una manera u otra quiero verme libre de mi marido.
CAPITULO DOS
UNA
ESCENA
Tras
un momento de asombro, Poirot se recobró.
—Pero,
señora —dijo con ojos centelleantes—, librar a las esposas de sus maridos no es
cosa que entre dentro de mi especialidad.
—Desde
luego, ya lo sé.
—Lo
que usted necesita es un abogado.
—En
eso se equivoca. Estoy más que harta de abogados. Me he confiado a un sinfín de
ellos y ninguno me ha servido de nada. Los abogados sólo conocen la ley; pero,
fuera de eso, no tienen el menor sentido común.
—Por
lo visto, usted cree que yo lo tengo.
Ella
se rió.
—Desde
luego.
—Pues,
señora, tendré todo el sentido común que usted quiera; pero, por lo mismo, su
proposición no me interesa
—No sé
por qué no le ha de interesar. Al fin y al cabo, este caso es un problema.
—¡Ah!
¿Conque es un problema?
—Y de
los más difíciles —siguió Jane Wilkinson—. Estoy casi segura de que no es usted
hombre que se arredre ante las dificultades.
—Muchas gracias por sus palabras; de todas maneras, yo no hago investigaciones
para lograr divorcios.
—Pero,
hombre de Dios, yo no le pido a usted que haga de espía Lo único que deseo es
desembarazarme de mi marido, y estoy segura de que usted me dirá lo que debo
hacer.
Poirot
dudó un momento antes de contestar. Al fin dijo:
—Primero, señora, dígame usted por qué tiene tantos deseos de verse libre de su
marido.
No
hubo la menor vacilación en la respuesta de lady Edgware:
—Pues,
sencillamente, para casarme otra vez. ¿Qué otra razón podía tener?
—Pero
un divorcio es fácil de obtener.
—Usted
no conoce a mi marido, monsieur Poirot. Es..., es... —se estremeció—. No sé
cómo explicarlo. Es un hombre extraño, distinto por completo de los demás —hizo
una pausa y continuó—: No debí casarme con él. Su primera mujer, como usted ya
sabe, se le marchó, dejando una niña de tres meses. Nunca se quiso divorciar de
ella y la dejó morir miserablemente. Luego se casó conmigo y... Bueno, yo
tampoco pude aguantarle y le dejé, marchándome a Estados Unidos. Como no tenía
ningún motivo para divorciarme, aunque a él se los había dado yo más que
sobrados, no quiso hacer el menor caso.
—En
algunos Estados de Norteamérica le hubiera sido fácil conseguir el divorcio,
señora
—No me
convenía, teniendo que vivir en Inglaterra.
—¿Tiene usted necesidad de vivir en Inglaterra, lady Edgware?
—Sí.
—¿Con
quién piensa casarse?
—Con
el duque de Merton.
Me
quedé asombrado. El duque de Merton era la desesperación de las madres
casamenteras. Era un joven de tendencias románticas, ferviente católico, y
estaba dominado completamente por su madre, la duquesa viuda. Aquel joven se
dedicaba, como distracción principal, a coleccionar porcelanas chinas, y nunca
se había fijado en una mujer.
—Estoy
enamoradísima de él —continuó Jane—. Es completamente distinto a todos los
hombres que he encontrado hasta ahora; parece un monje de leyenda. Además tiene
un palacio maravilloso —se detuvo un momento y siguió—: En cuanto me case dejaré
el teatro para siempre.
—Pero
por ahora —dijo Poirot— lord Edgware es una barrera para
todos
esos ensueños.
—¡Oh,
sí!, y eso me vuelve loca —se inclinó pensativa—. Si al menos estuviésemos en
Chicago, podría hacerle «despachar» fácilmente; pero aquí es imposible encontrar
un pistolero.
—Aquí
—dijo Poirot— creemos que todo ser humano tiene derecho a la vida.
Se oyó
un golpe en la puerta y entró un camarero con las bandejas de la cena. Jane
Wilkinson siguió discutiendo como si no hubiese nadie.
—Claro
que yo no voy a pedirle que le mate.
—Merci,
madame.
—Yo
pensaba que usted podría ir a discutir hábilmente con él hasta meterle en el
cerebro la idea del divorcio. Eso creo que lo lograría
usted.
—Me
parece que exagera mi poder de persuasión, señora.
—No; y
estoy segura de que usted hará algo —se inclinó ávidamente hacia adelante, con
sus azules ojos muy abiertos— por mi felicidad, ¿verdad?
—Me
gustaría poder hacer la felicidad de todo el mundo —dijo Poirot.
—Sí;
pero yo no le pido que haga la de todo el mundo; yo sólo pienso en mí.
—Me
parece que usted siempre ha pensado así —dijo Poirot, sonriendo.
—¿Me
cree usted acaso egoísta?
—¡Oh!,
no digo eso, señora.
—Si
antes he hablado así es porque no quiero ser desgraciada. Lo único que quiero es
que me conceda el divorcio o que se muera. En
realidad -dijo
pensativamente—, sería mejor que se muriese; así me vería antes libre de él
—miró a Poirot, como si esperase su asentimiento—. Querrá usted ayudarme,
¿verdad, monsieur Poirot? —se puso en pie y cogió su blanco abrigo. Se oían
voces en el corredor. La puerta estaba entreabierta—. Si usted no quiere...
—Y si
yo no quiero, ¿qué pasará? Se echó a reír.
—Pues
que cogeré un taxi, me llegaré hasta la casa de mi marido y una vez allí le
pegaré cinco tiros.
Riendo, salió por una puerta hacia otra habitación en el momento en que Bryan
Martin entraba con la americana Charlotte Adams, su acompañante y las otras dos
personas que habían cenado con él y Jane Wilkinson. Nos los presentaron como
míster y mistress Widburn.
—¡Hola! —dijo Bryan—. ¿Dónde está Jane? Deseo decirle que salí triunfante de la
comisión que me encargó.
Jane
salió de la alcoba con un lápiz para los labios en una mano.
—¿La
has podido traer? ¡Qué estupendo! ¡Oh, miss Adams! Me ha gustado muchísimo su
trabajo. ¿Quiere usted entrar, que hablaremos mientras me arreglo?
Charlotte Adams aceptó la invitación. Bryan Martin se dejó caer sobre una
silla.
—Bueno, monsieur Poirot —dijo—, ya ha sido convencido por nuestra Jane para que
trabaje para ella. Tarde o temprano hubiese usted terminado por ceder. Jane es
una mujer que no conoce la palabra «no». Es un carácter interesante —siguió,
sacando un cigarrillo—; para ella no hay nada tabú: no tiene el menor
sentido moral. Esto no significa, precisamente, que sea inmoral; la verdadera
palabra creo que es «amoral». Su vida sólo tiene por objeto lograr todo lo que
desea. Estoy seguro de que mataría a cualquiera con la mayor tranquilidad, y
creería que se cometía una injusticia si la condenasen a la horca por ello. Lo
peor es que la cogerían en seguida, pues no tiene el menor cerebro. Para cometer
un crimen, seguramente cogería un taxi, y en cuanto llegase a la casa se
anunciaría por su verdadero nombre y dispararía.
—¿Qué
le hace creer eso? —murmuró Poirot.
—¿Qué?
—¿La
conoce usted bien?
—¡Ya
lo creo!
Rió de
nuevo, pero me pareció que esta vez en su risa había una nota amarga.
—Jane
es una egoísta —dijo mistress Widburn—. Claro está que una actriz debe serlo si
quiere hacerse una personalidad.
Poirot
no hablaba Tenía la vista clavada en Bryan Martin, mirándole de una manera
incomprensible.
En
aquel momento Jane salió de la habitación próxima, seguida de Charlotte Adams.
Supuse que Jane se había arreglado, aunque me pareció que estaba lo mismo que
antes.
La
cena transcurrió alegremente, si bien yo notaba que había algo que no entendía.
Jane
Wilkinson no tenia la menor sutileza. Era una mujer joven que no sabía ver más
de una cosa a la vez. Quiso tener una entrevista con Poirot y en seguida lo
consiguió. Luego deseó incluir a Charlotte Adams en la cena y también lo
consiguió; por tanto, estaba del mejor humor del mundo. Después me fijé en Bryan
Martin. Sus gestos eran ampulosos, muy propios de un actor de cine. Charlotte
Adams era una muchacha tranquila y de agradable voz. La miré detenidamente, ya
que tuve la suerte de tenerla frente a mí. Tenía un encanto raro que consistía
en la carencia de estridencias. Sus cabellos eran suaves y negros; sus ojos,
azul claro; el rostro, pálido, y una boca movible y sensual. Era un rostro que
se hacía fácil de recordar. Se mostraba encantada con las atenciones de Jane
Wilkinson; pero de pronto, estando Jane hablando con Poirot, la mirada de
Charlotte, que no se apartaba de la actriz, pareció llenarse de hostilidad. ¿Fue
imaginación mía o acaso envidia profesional? Jane había llegado ya a la cumbre
de la fama, mientras que Charlotte seguía al pie de ella; miré también a los
otros tres comensales. Míster y mistress Widburn no tenían nada de particular.
El era un hombre cadavérico; ella, gorda y extremosa. Parecían ser personas que
se volvían locas por todo lo referente al teatro. No les gustaba hablar de nada
más. Debido a mi reciente ausencia de Inglaterra me encontraba muy mal informado
sobre aquel tema, y, al fin, mistress Widburn me volvió su carnosa espalda, no
acordándose más de que yo existiese.
El
único miembro restante de la reunión era el insignificante joven de la cara
redonda, el acompañante de Charlotte Adams. A mí me pareció que el joven no era
tan sensato como parecía. En cuanto empezó a beber champaña, mi idea se
confirmó. Durante la primera parte de la cena permaneció silencioso; pero luego
se dirigió a mí, tomándome, sin duda, por uno de sus viejos amigos.
—Lo
que yo quiero decir —dijo— no es eso, no, amigo mío, no es eso... Yo quiero
decir. ¿Qué haría usted si se encontrase con una muchacha como la que he
encontrado yo, con unos padres de los más puritanos, ¡maldita sea!, y...? ¿Qué
estaba diciendo?
—Algo
muy ininteligible —contesté.
—Bueno, pues que se vaya a paseo. Le he pedido dinero prestado a mi sastre. Ese
sastre mío es una persona la mar de simpática: le debo dinero desde hace un
sinfín de años. Entre nosotros existe una especie de unión... Sí, eso es, una
especie de unión. Usted y yo..., usted y yo... Pero ¿quién diablos es usted?
—Me
llamo Hastings.
—Eso
no es verdad. Ahora le recuerdo, usted es un tal Spencer Jones —y suspiró—. Mi
querido Spencer Jones. Nos conocimos en Eton y Harrow, y hace cinco años que no
nos veíamos. Lo que yo digo es que una cara es igual que otra. Si aquí hubiese
varios chinos, no habría manera de conocer a ninguno por la cara —movió la
cabeza y se bebió otro trago de champaña—. Ahora, fíjese usted; dentro de
muchos años, cuando yo tenga setenta y cinco o más, se morirá mi tío y seré un
hombre rico. Entonces podré pagar a mi sastre.
Se
sonrió ante aquel pensamiento.
Había
algo simpático en aquel joven. Un minúsculo y absurdo bigote era como una mancha
en su redonda cara .
Me
fijé en que Charlotte Adams le miró y que después de aquella mirada se levantó,
despidiéndose de la concurrencia.
—Estoy
muy satisfecha de que haya usted venido —dijo Jane—. A mí me gusta hacer las
cosas de repente. ¿Y a usted?
—A mí,
no —dijo miss Adams—. Me gusta planearlas perfectamente antes de hacerlas; eso
suele evitar perjuicios.
Había
algo desagradable en sus maneras.
—Bueno, de todos modos, los resultados lo justifican —rió Jane, y añadió—: No
creo haberme divertido nunca tanto como esta noche con su actuación.
El
rostro de la muchacha se aclaró.
—Es
usted muy amable y le agradezco infinito sus palabras, pues necesito que me
animen. Creo que todas las artistas lo necesitamos.
—Charlotte —dijo el joven del bigote—, despídete de los señores y da las gracias
a tía Jane por la suculenta cena.
Una
vez dicho esto, el joven se dirigió hacia la puerta, siendo realmente milagroso
que lograse llegar a ella sin caer.
—¿Quién es ese para llamarme «tía Jane»? —dijo lady Edgware—. Es la primera vez
que le veo.
Los
Widburn se despidieron y Bryan Martin salió con ellos.
—Bueno, monsieur Poirot —dijo Wilkinson, sonriendo a mi amigo.
—¿Eh
bien, lady Edgware?
—¡Por
amor de Dios, no me llame usted así! Quiero olvidar con quién estoy casada. ¡Ah,
es usted el hombre de peor corazón de Europa!
—Eso
no, madame; yo no tengo mal corazón.
—Entonces irá usted a ver a mi marido y le pedirá lo que yo deseo, ¿verdad?
—Iré a
verle —prometió Poirot.
—Pensará usted algo, ¿verdad? Dicen que es usted el hombre más inteligente de
Inglaterra.
—Señora, antes me dijo usted que era el hombre de peor corazón de Europa; en
cambio, tratándose de inteligencia, afirma sólo que soy el más inteligente de
Inglaterra.
—Por
eso no se enfade; juraré que es el más inteligente del mundo. Poirot le tendió
la mano.
—Señora, no puedo prometerle nada; si voy a visitar a lord Edgware, será sólo
para estudiarle psicológicamente.
—Psicoanalícele tanto como quiera. Tal vez así logre sacar algo de él Y se
despidió de nosotros con una de sus encantadoras sonrisas.
CAPÍTULO TRES
EL
HOMBRE DEL DIENTE DE ORO
Unos
días más tarde, mientras almorzábamos, Poirot me tendió una carta que acababa de
recibir.
—Mon
ami —dijo-. ¿Qué te parece esto?
La
carta era de lord Edgware, quien, en tono ceremonioso, le citaba para la mañana
siguiente a las once.
Debo
confesar que quedé muy sorprendido. Había tomado las palabras de Poirot como
cosa ligera, pronunciadas en un momento de jovialidad, y no tenía la más ligera
idea de que hubiera dado ningún paso para cumplir su promesa.
Poirot, con su viva inteligencia, comprendió lo que pasaba por mi mente, y sus
ojos brillaron un momento.
—Pues
sí, mon ami, no fue sólo cosa del champaña.
—Yo no
he dicho eso.
—Sí,
hombre, sí. Tú pensabas: el pobre promete cosas que no ha de cumplir, que no
tiene la menor intención de cumplir. Pero, amigo mío, las promesas de
Hércules Poirot son sagradas.
Al
decir las últimas palabras se irguió majestuosamente.
—Ya lo
sé, hombre, ya lo sé —dije apresuradamente—; pero pensé que tal decisión la
tomaste sin meditar, a la ligera, como si dijéramos... influido por el momento.
—No
acostumbro a que nada ni nadie influya, como tú dices, en mis decisiones. El
mejor y más seco de los champañas, la más seductora de las mujeres, no tienen la
menor influencia en las decisiones de Hércules Poirot. Nada, mon ami, que
me interesa el asunto. Eso es todo.
—¿Los
amores de Jane Wilkinson?
—No
precisamente sus amores. Eso es una cosa muy vulgar. Es uno de tantos pasos de
la carrera de una mujer hermosa y egoísta. Si el duque de Merton, además de
parecerse a un monje de leyenda, no poseyese un título, puedes estar seguro de
que no le interesaría mucho tiempo. No, Hastings; lo que me atrae sobre todo es
el estudio de los caracteres. Me entusiasma poder estudiar a lord Edgware en la
mayor intimidad.
—¿Y
esperas salir triunfante de la misión que te han encomendado?
—Pourquoi
pas? Todo hombre tiene sus flaquezas, pero no creas que porque estudie el
caso desde un punto psicológico no he de hacer cuanto pueda para salir airoso de
la comisión que se me ha encargado. Claro está que me distrae mucho ejercitar
el ingenio.
—Así,
¿iremos mañana, a las once, a Regent Gate? —pregunté.
—¿Iremos...?
Poirot
levantó burlonamente las cejas.
—¡Poirot! —grité—. No querrás prescindir de mí, ¿verdad? Siempre he ido contigo
a todas partes.
—Si se
tratase de un crimen misterioso, de un envenenamiento, de un asesinato, ¡ah!,
son cosas con las que tu alma se deleitaría. Pero un simple asunto de
sociedad...
—No
hablemos más —dije con firmeza—. Iré contigo, y basta.
Poirot
me miró suavemente, y en aquel momento nos avisaron de que un caballero deseaba
vernos.
Con
profundo asombro nos encontramos con que el visitante era Bryan Martin.
El
actor parecía mucho más viejo a la luz del día. Era guapo, pero de una belleza
marchita. Se advertía en él una especie de hiperestesia nerviosa que hacía
suponer que era esclavo de las drogas.
-Buenos días, monsieur Poirot —dijo con gran cortesía—. Veo que están ustedes
almorzando. Lamento haberles interrumpido, pues acaso estarán muy ocupados.
-No
—dijo Poirot, sonriendo amablemente—. De momento no tenemos ningún asunto de
importancia entre manos.
-¡Qué
cosa más rara! —dijo sonriendo Bryan—. ¿Ningún aviso de Scotland Yard? ¿Ninguna
investigación delicada por cuenta de la casa real? Es increíble.
—Usted, amigo mío, confunde la ficción teatral con la realidad —dijo Poirot,
mientras asomaba a sus labios una sonrisa—. Por el momento, como le he dicho, no
tengo ningún trabajo. Dieu merci.
—Bueno,
eso es una suerte para mí —dijo Bryan, sonriendo a su vez—. Acaso quiera usted
encargarse de algún asunto mío.
Poirot
miró atentamente al joven.
—¿Tiene usted algún trabajo para mí? —preguntó al cabo de unos momentos.
—Bueno..., le diré. Lo tengo y no lo tengo.
Esta
vez la sonrisa que asomó a sus labios era más bien nerviosa. Mientras le miraba
pensativamente, Poirot le ofrecía una silla. El joven se sentó frente a
nosotros, pues yo lo había hecho junto a Poirot.
—Ahora
—dijo mi amigo— explíquenos de qué se trata.
—El
caso es que no puedo decirles tanto como yo quisiera —dudó un momento—. Es algo
difícil. Verán, el suceso tuvo lugar en América
—¿En
América?
—Un
simple incidente atrajo mi atención. Es el caso que, viajando en tren en una
ocasión, observé a cierto sujeto. Era un joven de aspecto desagradable,
completamente afeitado, que llevaba lentes y un diente de oro.
—¡Ah!
¿Un diente de oro?
—Exactamente. Esa es la clave del suceso. Poirot movió la cabeza.
—Comprendo; siga usted.
—Como
le decía, me fijé por primera vez en aquel joven en un viaje a Nueva York. Seis
meses después, estando en Los Ángeles, volví a ver otra vez al individuo en
cuestión. No sé cómo fue, pero el hecho es que me fijé en él. Un mes más tarde
tuve necesidad de ir a Seattle, y a poco de llegar allí, lo primero que veo es a
mi amigo, sólo que aquella vez lucía una hermosa barba.
—Muy
curioso.
—¿Verdad que sí? Claro está que entonces no se me ocurrió que semejante sujeto
tuviese nada que ver conmigo; pero cuando vi a mi hombre otra vez en Los
Ángeles, sin barba; en Chicago, con bigote y las cejas distintas, y en un pueblo
de las montañas disfrazado de vagabundo, entonces empecé a sospechar.
—No
era para menos
—No
cabía la menor duda de que me seguía.
—Desde
luego.
—Dondequiera que fuese, allí estaba junto a mí, como mi sombra, mi perseguidor
con distintos disfraces; pero afortunadamente, gracias al diente de oro, siempre
le reconocía.
—Una
verdadera fortuna ese diente de oro.
—¡Ya
lo creo!
—Perdone, míster Martin, ¿habló usted alguna vez con aquel hombre? ¿Le preguntó
la causa de su persistente persecución?
—No,
no lo hice —el actor dudó un momento—. Estuve tentado de hacerlo dos o tres
veces, pero no me decidí. Creí que lo único que lograría con ello sería ponerlo
en guardia, sin conseguir nada en absoluto. Seguramente, en cuanto ellos se
hubiesen dado cuenta de que le había descubierto, hubiesen hecho que me siguiera
otro, otro a quien no me fuese posible reconocer.
—En
effet, otro sin ese utilísimo diente de oro.
—Exactamente. Quizá me equivoqué, pero yo lo consideré mejor así.
—Un
momento, míster Martin. Usted ha aludido a «ellos» hace un momento. ¿A qué
«ellos» se refiere usted?
—Es
una simple forma de expresión mía, aunque presiento, no sé por qué, de un modo
vago, que «ellos» existen en el fondo de ese suceso.
—¿llene usted alguna razón que motive ese presentimiento?
—Ninguna
—¿Y
dice usted que no tiene la menor idea del porqué le seguían?
—En
absoluto. Por lo menos...
—Continuez—dijo
Poirot, animándole.
—Se me
ocurre una cosa —dijo Bryan Martin, lentamente—. Es una simple conjetura
—Una
conjetura, señor mío. puede muy bien ser a veces una solución.
—Está
relacionado con un incidente ocurrido en Londres hace unos dos años. Fue un
incidente sin importancia; pero tan inexplicable, que me ha sido imposible
olvidarlo. Me ha tenido mucho tiempo preocupado, todo porque no he podido
encontrarle hasta ahora ninguna explicación. Bien pudiera ser que esa
persecución estuviera ligada de alguna manera con él; pero, ¡por mi vida!, que
yo no sé por qué ni cómo.
—Quizá
pueda yo explicárselo.
—Tal
vez, pero... —la turbación de Bryan Martin renacía—. Lo difícil del caso
—continuó— es que no puedo contárselo a usted..., de momento. Hasta dentro de
unos días no estaré en situación de hacerlo —aguijoneado por la interrogadora
mirada de Poirot, continuó con desesperación—: Es que..., ¿sabe usted?, se trata
de una mujer.
—¡Ah!
Parfaitement ¿Una mujer inglesa?
—Sí.
¿Cómo lo sabe usted?
—Muy
sencillo. Usted no me lo puede contar hasta dentro de dos o tres días, lo que
significa que ha de obtener para ello el permiso de la joven. Por tanto, ella
está en Inglaterra También debía estar en Inglaterra durante el tiempo que fue
usted perseguido, pues, de haber estado en América, hubiesen ustedes hablado
entonces de lo que ocurría. Por consiguiente, si ha estado en Inglaterra
durante los últimos dieciocho meses, lo más probable es que sea inglesa. Muy
sencillo, ¿verdad?
—Sencillísimo. Ahora bien, monsieur Poirot, si ella me autoriza ¿ querrá usted
encargarse de este asunto?
Siguió
una pausa. Poirot parecía darle vueltas al caso en su cerebro. Al fin dijo:
—¿Y
por qué no ha acudido usted a ella antes de acudir a mí?
—Porque... yo pensé... —volvía a dudar—. Yo quería convencerla de que se debían
aclarar las cosas... Mejor dicho, quería que fuese usted quien las aclarase;
pero antes quiero saber si, al encargarse usted de la investigación, hará
público lo que resulte de ella...
—Según... —dijo Poirot tranquilamente.
—¿Qué
quiere usted decir?
—Que
si se trata de algún crimen... sí.
—¡Oh!
No se trata de ningún crimen.
—Usted
no lo sabe; podría ser.
—Pero
¿hará usted cuanto pueda por ella..., por nosotros?
—Eso,
desde luego —permaneció unos instantes en silencio y, al fin, dijo—: Dígame: ese
perseguidor, esa sombra de usted, ¿qué edad tenía?
—¡Oh!,
era muy joven; tendría unos treinta años.
—¡Ah!
—dijo Poirot—. Eso es muy interesante.
Le
miré asombrado, lo mismo que Bryan. Aquella observación de Poirot estoy seguro
de que era tan inexplicable para el actor como para mí. Bryan me interrogó con
la mirada Yo moví la cabeza.
—Sí
—repitió Poirot—, ese detalle hace el asunto mucho más interesante.
—Acaso
fuera más viejo —dijo Bryan, como dudando—, pero no lo creo.
—No.
Estoy seguro de que su observación es cierta, míster Martin, y es muy
interesante, mucho.
Desconcertado por las enigmáticas palabras de Poirot, Bryan Martin parecía no
saber qué decir ni qué hacer. Al fin, se puso a hablar de asuntos triviales.
—Interesante reunión la de la otra noche —dijo—. Jane Wilkinson es la más
despótica de las mujeres.
—De
una mujer hermosa se puede aguantar todo —repuso Poirot, parpadeando. Si tuviese
la nariz respingona, el cutis terroso, el cabello grasiento, no se la
soportaría, puede estar seguro.
—Está
usted en lo cierto —asintió Martin—. A mí me vuelve loco algunas veces. De todos
modos, soy un buen amigo suyo. No creo que en ciertas cosas, ¿comprende usted?;
no creo que obre muy cuerdamente.
—Pues
a mí, por el contrario, me hizo el efecto de una mujer muy práctica.
—No lo
he dicho en este sentido. Ella puede administrar perfectamente sus intereses, y
sé que se ha entregado de lleno y con astucia a los negocios, aunque, claro
está, no puede decirse que honradamente.
—¡Ah?
—Es,
lo que se dice, un ser amoral. Para ella no existe lo justo y lo injusto.
—Recuerdo que usted dijo algo por el estilo la otra noche. Estábamos hablando de
crímenes, cuando...
-
¡Ah!,¿sí?
-
A mí
no me sorprendería que Jane llegase a cometer algún crimen.
-Usted
debe de conocerla muy bien —murmuró Poirot, pensativamente-—. Han trabajado
ustedes mucho tiempo juntos, ¿verdad?
—Sí.
La conozco perfectamente y la creo capaz de matar a cualquiera.
—¡Ah!
¿Tiene temperamento pasional?
—Al
contrario; es fría como el hielo. Pero si alguien se interpusiese en su camino,
lo suprimiría sin la menor vacilación. Según ella, quien se interponga en el
camino de Jane Wilkinson debe ser eliminado sin otra solución.
Había
una profunda amargura en estas últimas palabras. Yo me pregunté qué le
recordarían.
—De
modo que usted cree que sería capaz de cometer un asesinato.
Poirot
le miraba atentamente. Bryan dejó escapar un suspiro.
—Lo
creo, y tal vez uno de estos días tenga usted ocasión de recordar mis palabras.
La conozco muy bien, ¿sabe usted? Mataría con la misma tranquilidad con que se
bebe una taza de té. ¿Comprende lo que quiero decir, monsieur Poirot?
Se
puso en pie.
—Sí
—dijo Poirot tranquilamente—; lo comprendo.
—Yo la
conozco muy bien —repitió Martin. Permaneció un momento en silencio, y, al fin,
dijo, variando de tono—: Y respecto al asunto que hemos hablado, ya se lo
explicaré dentro de unos días. Se ocupará usted de él, ¿verdad?
Poirot
le miró un momento en silencio.
—Sí
—dijo al fin—; me ocuparé de él. Lo encuentro ... interesante. Había algo
extraño en la forma con que pronunció las últimas palabras.
—Acompaña a míster Martin —me dijo. Al salir, me dijo Bryan:
—¿Ha
entendido usted lo que ha querido decir al referirse a la edad de aquel sujeto?
No veo que sea tan interesante el que tenga cerca de treinta años.
—Ni yo
tampoco —le aseguré.
—Parece una incongruencia. Seguramente habrá querido burlarse de mí.
—No lo
crea —dije—. Poirot es un hombre serio. Confie en él. Ese detalle tiene la
importancia que él le ha dado.
—Bueno, que me aspen si lo entiendo.
Se
marchó y yo subí a reunirme con mi amigo.
—Poirot —le dije—, ¿qué tiene que ver la edad del perseguidor de Bryan Martin en
ese asunto
¿No
lo comprendes? ¡Pobre Hastings! —movió la cabeza sonriendo, y, al fin,
preguntó—: ¿Qué piensas tú, en resumen, de esta entrevista?
-
Es tan
poco! No sé qué decirte. ¡Si supiéramos algo más!
-
Pero, sin saber nada más, lo poco que conocemos, ¿no te sugiere alguna idea,
mon ami?
El
timbre del teléfono me libró de la vergüenza de declarar que no me sugería
ninguna idea. Descolgué el auricular.
Se oyó
una voz de mujer, una voz clara, argentina:
-Habla
la secretaria de lord Edgware. Lord Edgware siente mucho tener que renunciar a
la entrevista que había convenido con monsieur Poirot. Sin embargo, podría
hablar con monsieur Poirot durante unos minutos, a las doce y cuarto de esta
misma mañana, si a monsieur Poirot le conviene.
Consulté con mi amigo.
¡Claro
que iremos a verle!
Repetí
a la secretaria lo que mi compañero me había dicho.
- Muy
bien —dijo la frágil voz—. Quedamos en que a las doce y cuarto de esta mañana.
Y
colgó el aparato.
CAPÍTULO CUATRO
UNA
ENTREVISTA
Llegamos a la casa de lord Edgware, en Regent Gate. Yo me encontraba en un
estado expectante. Aunque no sentía, como Poirot, gran admiración por los
problemas psicológicos, las pocas palabras que pronunció lady Edgware respecto a
su marido habían despertado mi curiosidad y ansiaba juzgarle por mí mismo.
La
mansión del noble lord era un edificio imponente, de bella construcción, algo
sombrío. Las ventanas que daban a la fachada carecían de superfluos adornos.
Nos
abrió en seguida la puerta, no un anciano criado de cabellos blancos, que
hubiese estado en armonía con el exterior de la casa, sino uno de los jóvenes
más agradables que jamás había visto. Alto y admirablemente proporcionado, un
escultor hubiese hallado en él el digno modelo de Kermes o de Apolo. Mas, a
pesar de su agradable aspecto, había cierto afeminamiento en su voz que me
desagradó. Al mismo tiempo, no sé por qué, no podría precisarlo, algo en él me
recordó vagamente a alguien, alguien a quien había visto hacía mucho tiempo,
pero que me era imposible recordar.
Preguntamos por lord Edgware.
—Por
aquí, señores.
Le
seguimos a lo largo del vestíbulo, pasamos ante la escalera y continuamos hacia
una puerta que había al final. Abrióla y nos anunció con aquella voz suave que
tanto me desagradaba.
La
habitación en que entramos era una especie de biblioteca. Las paredes estaban
atestadas de libros; el decorado, un poco sombrío, era agradable, y las sillas,
imponentes, aunque no tenían nada de cómodas.
Lord
Edgware se había levantado para recibirnos. Era un hombre de unos cincuenta
años, alto, el cabello negro mezclado de gris, el rostro enjuto y la boca algo
burlona. Tenía el aspecto de ser hombre de mal genio. Sus ojos miraban de una
manera que parecían ocultar algo. En realidad, eran unos ojos muy extraños. Sus
maneras eran suaves y ceremoniosas. !
—¿Monsieur Hércules Poirot y el capitán Hastings? Hagan el favor de sentarse.
Obedecimos. La habitación era fría; por la única ventana que había en ella
entraba la luz tenuemente, y la oscuridad contribuía a enfriar la atmósfera
Lord
Edgware cogió de sobre su mesa la carta escrita por mi amigo.
—Desde
luego, conozco su nombre y su fama, monsieur Poirot. Hay muy pocos que no le
conozcan —Poirot se inclinó ante el cumplido—. Pero, la verdad, no comprendo su
intervención en este asunto. Me dice usted en su carta que desea verme en
nombre de... —se detuvo un momento— mi esposa.
Pronunció las dos últimas palabras de un moda particular, como si le costase un
gran esfuerzo.
—Así
es —dijo Poirot.
—Yo
creí que usted era sólo investigador de crímenes, monsieur Poirot.
—De
problemas, lord Edgware. Hay problemas de crímenes, ciertamente; pero hay,
además, otros problemas.
—Es
verdad. ¿Quiere decirme de qué clase es este intrincado problema?
La
burla estaba latente en sus palabras.
—Tengo
el honor de venir a usted en nombre de lady Edgware —dijo—. Lady Edgware, como
usted ya debe saber, desea... divorciarse.
—Estoy
enterado de eso —dijo lord Edgware fríamente.
—Su
esposa me indicó que usted y yo podríamos tratar de ese asunto.
—No
hay nada que tratar.
—Entonces, ¿se niega usted?
—¿Negarme? De ningún modo.
Lo que
menos esperaba Poirot era semejante contestación. Pocas veces había visto a mi
amigo tan asombrado. Su aspecto era realmente ridículo. Con la boca abierta, la
pasmada expresión de los ojos y las cejas arqueadísimas, parecía, en realidad,
la caricatura de una revista festiva.
—Comment!—exclamó—.
¿Cómo es eso
—No sé
cómo interpretar su asombro, monsieur Poirot.
-Ecoutez,
¿realmente está usted dispuesto a divorciarse de su mujer?
—Claro
que sí, y ella debe saberlo, puesto que la escribí diciéndoselo.
—¿Que
usted le escribió diciéndoselo?
—Sí;
hace cerca de seis meses.
—Pues
no lo entiendo.
Lord
Edgware no dijo nada.
—Yo
creí que usted era un acérrimo enemigo del divorcio.
—No
creo que mi manera de ser le importe a usted, monsieur Poirot. Es cierto que no
quise divorciarme de mi primera mujer. Mi conciencia no me permitía hacerlo. Mi
segundo matrimonio, lo reconozco, fue una verdadera equivocación. Cuando mi
mujer me pidió el divorcio, me negué rotundamente. Seis meses después me
escribió, insistiendo. Me figuré que quería casarse con algún actor de cine o
con algún tipo por el estilo. En aquella época, mi manera de ver las cosas había
sufrido una gran variación, por lo cual le escribí a Hollywood aceptando al fin
su proposición —hizo una pequeña pausa y añadió—: Supongo que será por cuestión
de dinero por lo que le envía a usted a verme.
Sus
labios se curvaron burlonamente al pronunciar las últimas palabras.
—¡Qué
cosa más rara! —murmuró Poirot—. En todo esto hay algo que no entiendo.
—Respecto al dinero —siguió lord Edgware—, no pienso hacer ningún arreglo. Mi
mujer me abandonó por su gusto; si ahora quiere casarse con otro, por mí puede
hacerlo; pero no veo ninguna razón para que tenga que darle un céntimo.
—No se
trata de ningún convenio financiero.
Lord
Edgware le miró.
—¡Ah!,
entonces es que Jane se casa, sin duda, con un rico —murmuró.
—En
todo esto hay algo que no entiendo —repitió Poirot. Estaba perplejo y las
arrugas de su rostro denotaban el esfuerzo que hacía por comprender—. Creo haber
oído decir a lady Edgware que trató varias veces de comunicarse con usted por
medio de abogados.
—En
efecto —asintió secamente lord Edgware—, me mandó abogados ingleses,
americanos... En fin, últimamente me han visitado abogados de todas clases,
hasta que, por último, ya se lo he dicho a usted, me escribió ella misma.
—Antes, ¿se había usted negado siempre?
—Sí.
—¿Y
dice usted que al recibir su carta cambió de pensamiento? ¿A qué fue debido ese
cambio, lord Edgware?
—En
modo alguno a la carta —dijo secamente—. Mi manera de ver el asunto había
variado. Eso es todo.
—Fue
un cambio súbito.
Lord
Edgware no replicó.
—¿Qué
motivo especial le hizo cambiar de parecer, lord Edgware?
—Eso,
monsieur Poirot, no le interesa a nadie más que a mí. Prefiero no hablar de este
asunto. Únicamente diré que poco a poco me fui dando cuenta de las desventajas
que para mí presentaba lo que podríamos llamar..., perdóneme la expresión, una
unión degradante. Mi segundo matrimonio fue una equivocación, ya se lo he dicho
a usted.
—Eso
mismo piensa su esposa —dijo Poirot suavemente.
—¡Ah!
¿Sí?
Un
extraño brillo cruzó por sus ojos, pero en seguida volvió a su expresión normal.
Se
levantó, y mientras nos despedíamos, sus maneras se suavizaron.
—Les
ruego que me perdonen por haber alterado la visita, pero mañana mismo debo salir
hacia París.
—¡Oh,
no faltaba más!
—Se
trata de una subasta de verdaderas obras de arte. Tengo
puestos
los ojos en una estatuilla..., algo perfecto, una verdadera
maravilla en su estilo..., tal vez de un gusto un poco macabro, pero no puedo
remediarlo, adoro lo macabro, me ha atraído siempre. Mis gustos, como ustedes
ven, son ciertamente un poco originales.
Antes
que él dijese esto, ya había yo pasado revista a los libros de su biblioteca que
estaban próximos a mí: las Memorias de Casanova, un volumen sobre el
marqués de Sade y otro referente a las torturas medievales. Yo recordé el
estremecimiento de Jane Wilkinson al hablar de su marido. Aquello no fue
fingido, no. Me hubiese gustado saber exactamente qué clase de hombre era
George Alfred Saint Vincent Marsh, cuarto barón de Edgware.
Mientras nos despedía, tocó el timbre. En el vestíbulo nos aguardaba el apolíneo
criado. Al ir a cerrar tras de mí la puerta de la biblioteca, eché una última
ojeada a la estancia y hube de contener una exclamación. El suave y sonriente
rostro del aristócrata se había transfigurado. Con los labios cerrados y los
ojos centelleantes, tenía una terrible expresión de furor, y ya no me extrañó
que dos mujeres le hubiesen abandonado. Lo que sí me maravillaba era el gran
dominio que tenía de sí mismo, hasta el punto de haber soportado aquella
entrevista con tanta corrección.
Cuando
llegamos a la puerta principal, a la derecha del vestíbulo abrióse una puerta.
Una joven apareció en el umbral de una habitación; pero, al vernos, retrocedió.
Era
una muchacha alta, de cabellos negros y rostro pálido. Sus asustados ojos negros
se clavaron un momento en los míos. Luego, como una sombra, se hundió otra vez
en la habitación y cerró tras sí la puerta.
Poco
después estábamos en la calle. Poirot hizo detener un taxi, subimos a él y
ordenó al chófer que nos condujese al Savoy.
—Bueno, Hastings —me dijo—, esta entrevista no ha resultado como esperábamos.
—Es
verdad. ¡Qué hombre más extraordinario es ese lord Edgware! Y le conté a renglón
seguido lo que había visto al mirar por última vez hacia la biblioteca.
Mi
amigo movió la cabeza, lenta y pensativamente.
—Me
parece que está al borde de la locura, Hastings. Me hace el efecto de que tiene
vicios raros y de que bajo su fría apariencia oculta una gran crueldad.
-No me
asombra que le hayan abandonado sus dos mujeres.
-Ni a
mí tampoco.
-Oye,
Poirot, ¿has visto, al salir, a una muchacha muy pálida, de cabellos negros?
—Sí,
mon ami; una joven que parecía muy asustada. Su aspecto no era de ser muy
feliz.