El Rincón de Saya

Senticuentos...
Percepciones I
Percepciones II
Con estética maldad.
Literatura árabe
Literatura Japonesa
Grandes Escritores
Escritores II
Escritores III
Cuentos de Navidad
 

Pagina nueva 2

LA MUERTE DE LORD EDGWARE

 

Agatha Christie

 

Traducción: Guillermo de Boladeras

 

 

 

DRAMATIS PERSONAE

 

 

Charlotte adams.

Excelente actriz judía, america­na, excepcional imitadora de estrellas.

Lucy adams.

Hermana menor de Charlotte.

alton.

Afeminado mayordomo de lord Edgware.

Alice bennet.

Sirvienta de miss Adams.

carroll.

Secretaria de lord Edgware.

Jenny driver.

Dueña de una casa de modas y amiga de actrices y cineastas.

George Marsh, lord edgware.

Esposo de la Wilkinson, hombre multimillonario y excéntrico.

ellis.

Camarera de Jane Wilkinson.

hastings.

Capitán, gran amigo y colabora­dor de Hércules Poirot.

japp.

Inspector de Policía.

jobson.

Chófer taxista.

Geraldine marsh.

Bella hija de lord Edgware.

Ronald marsh.

Sobrino del citado lord.

Bryan martin.

Uno de los más famosos artistas de cine; hombre apuesto y elegante, con gran partido entre las damas.

maxon.

Abogado de Jane Wilkinson.

Duque de merton

Joven distinguido, culto y rico, deseado por la citada Wilkinson.

Hércules poirot.

Famoso detective y protagonista de esta novela.

Donald Ross.

Actor bastante conocido y contertulio asiduo de sir Montagu.

Sir Montagu CORNER.

Potentado aristócrata, mecenas cinematográfico.

widburn.

Un matrimonio amigo de la Adams y de sir Montagu.

Jane wilkinson.

Inteligente actriz norteamerica­na y bellísima mujer a la que muchos pretenden.

 

 

 

CAPITULO UNO

UNA REPRESENTACIÓN TEATRAL

 

El público es sumamente olvidadizo. El asesinato de George Alfred Saint Vincent Marsh, cuarto barón de Edgware, que tan intensamen­te apasionó a la opinión, ha pasado ya al olvido y otros hechos poste­riores han acaparado su interés.

Debo confesar que por expreso deseo de mi amigo Hércules Poirot no figuró su nombre en el suceso, ya que si intervino en él no fue por su propia voluntad. Los laureles, por tanto, se los llevaron los demás, como él quería, pues, desde su punto de vista, aquello constituyó uno de sus fracasos, ya que si consiguió ponerse, por fin, sobre la verdade­ra pista del criminal fue debido a sorprender en la calle cierta con­versación que sostenían dos desconocidos.

De todos modos, lo cierto es que él fue quien descubrió al asesino.

Mi opinión personal coincide con la de mi amigo en que, aun no habiendo sido descubierto el culpable, es muy improbable que el cri­men le hubiese servido a éste para lograr sus propósitos.

Y ahora creo que ha llegado el momento de explicar cuanto sé del suceso, diciendo también que al relatarlo cumplo los deseos de una de las mujeres más hermosas que he conocido. Me acordaré siempre del día en que Poirot, paseándose a grandes zancadas por la habita­ción de nuestra casa, nos contó lo ocurrido.

Mi relato empieza en un teatro de Londres, en el mes de junio del pasado año. Por entonces hacía furor la actriz teatral Charlotte Adams. El año anterior debutó con gran éxito y estuvo trabajando unos días. Pero al siguiente actuó durante tres semanas en uno de los más importantes teatros de la capital, siendo aquella noche la de su despedida.

Charlotte Adams era una muchacha norteamericana, de gran talento. Se presentaba en escena sola, sin maquillaje y sin ningún decora­do. Su trabajo consistía en imitar a un sinfín de personalidades de to­dos los países. Hablaba con facilidad varios idiomas. Uno de los nú­meros de su repertorio, Una noche en un hotel extranjero, era real­mente asombroso. Parodiaba, uno tras otro, a americanos, a turistas alemanes, a toda una familia inglesa de clase media, a muchachas de dudosa moralidad, a nobles rusos arruinados, sin omitir a los servicia­les camareros.

Las escenas representadas, unas eran alegres y otras tristes, alternativamente. Por ejemplo, la Muerte de una mujer checoslovaca en un hospital ponía un nudo en la garganta de los espectadores; pero al poco rato se desternillaba uno de risa ante la amabilidad de un den­tista con sus futuras víctimas.

La función se terminaba con lo que ella llamaba Algunas imitaciones, en las cuales estaba de nuevo maravillosa. Sin la menor caracteri­zación, sus rasgos parecían deformarse para adquirir los de algún cé­lebre político, o los de alguna actriz famosa, o los de alguna bella mundana. En cada caracterización empleaba la manera de hablar es­pecial que el personaje requería, resultando maravillosamente exacta.

Una de sus últimas imitaciones fue la de Jane Wilkinson, inteligen­te artista norteamericana, célebre en Londres por su cálida voz. Yo había sido gran admirador suyo. Me entusiasmaban las interpretacio­nes que hacía de los personajes y muchas veces llegué a pelearme con quienes decían que de hermosa tenía mucho, pero de artista nada.

Jane Wilkinson era una de esas actrices que dejan el teatro al casarse, pero que a los pocos años vuelven a él.

Tres años antes habíase casado con el riquísimo, aunque algo excéntrico, lord Edgware. Corrieron rumores de que le abandonó al poco tiempo. Lo cierto fue que año y medio después del casamiento empezó a trabajar en los estudios cinematográficos de América, y que en aquella temporada interpretó algunas obras en Londres.

Uno de los gestos de Charlotte Adams, imitando a Jane Wilkinson, me hizo soltar una alegre carcajada, que fue seguida por otra que al­guien lanzó a mi espalda. Me volví para ver quién era y me encontré ante la propia imitada, lady Edgware, más conocida por Jane Wilkinson.

Al terminar la representación, la actriz aplaudió calurosamente y, riéndose, se volvió hacia su acompañante, hombre de gran belleza fí­sica, belleza que recordaba algo de las estatuas griegas, y en quien re­conocí a uno de los artistas más famosos de la pantalla, Bryan Martin, el héroe cinematográfico del momento. Él y Jane Wilkinson habían aparecido juntos en varias películas.

—Es maravilloso, ¿verdad? —decía lady Edgware. Él se echó a reír.

—Estás muy entusiasmada. Jane.

—Pero ¡si es estupenda! Lo hace mucho mejor de lo que yo creía.

Lo que ocurrió más tarde fue verdadera coincidencia.

Después del teatro, Poirot y yo fuimos a tomar algo al Savoy. En la mesa próxima a la nuestra estaban lady Edgware, Bryan Martin y otras dos personas que yo no conocía. Le hice notar a Poirot que está­bamos al lado de lady Edgware. Mientras se lo estaba diciendo, otras dos personas, un hombre y una mujer, se sentaron en otra mesa cer­cana. El rostro de ella me era familiar, aunque de momento no pude recordar quién era. De pronto me di cuenta de que se trataba de Charlotte Adams. A su acompañante no le conocía. Era un joven alto, de rostro simpático, pero algo atontado.

—Le dije a Poirot quién era la recién llegada, y mi amigo miró hacia su mesa y también hacia la de Jane Wilkinson.

—¿Es esa lady Edgware? ¡Sí; ahora recuerdo!... La he visto trabajar alguna vez; es una belle femme.

Y una gran actriz.

—Quizá.

—No parece muy convencido.

—Creo, amigo mío, que su triunfo es debido a los que la rodean; sí tiene el principal papel de la obra, si todos se mueven a su alrededor como sombras..., claro que puede destacarse; pero dudo que pudiese hacer un papel de los que se llaman de carácter. Además, la obra se escribe para ella. A mí me hace el efecto de que es una mujer egocén­trica —se detuvo un momento y luego añadió—: Las personas así corren en la vida un gran peligro.

—¿Un peligro?

—Por lo que veo, he usado una palabra que te sorprende, mon ami

—y repitió—: Sí, peligro. Porque una mujer semejante no ve más que una cosa: su persona. Esas mujeres no se dan cuenta de las penas que existen, de los infinitos dolores que las rodean, de los conflictos de la vida No tienen presente más que sus propias preocupaciones. Y tar­de o temprano..., un desastre.

Su apreciación era interesante, y me pregunté por qué no se me había ocurrido a mí pensar en ello.

—¿Y la otra, qué te parece?

—¿Miss Adams? —miró hacia su mesa—. Bien —dijo sonriendo—. ¿Qué quieres que te diga de ella?

—Pues lo que te parece.

Mon cheri, ¿soy acaso esta noche un echador de la buenaventura, que lee en la palma de la mano el carácter?

—Lo harías mejor que muchos —dije.

—Hermosa fe la que tienes en mí, Hastings; cree que me emocio­na. Tú sabes, amigo mío, que cada individuo es un oscuro misterio, un laberinto de conflictos, pasiones, deseos y aptitudes. Mais oui, c'est vrai. Uno se forma una idea, hace un juicio; pero de diez veces, nueve está equivocado.

—Pero no Hércules Poirot.

—También Hércules Poirot. Ya sé que piensas que soy un vanidoso; sin embargo, yo te aseguro que soy sumamente humilde. Reí.

—¿Tú, humilde?

—Así es. Menos en lo que se refiere a mi bigote, lo confieso; porque he observado que no hay otro en Londres que se pueda comparar con él.

—Ya puedes estar seguro —dije secamente. Y añadí—: ¿No quieres decirme el juicio que te merece Charlotte Adams?

Elle est artíste —respondió Poirot sencillamente—. Esto es todo.

—Bueno; pero ¿no sabes si corre también algún peligro?

—Todos lo corremos —dijo Poirot con gravedad—. La desgracia pende siempre sobre nuestras cabezas. Y respecto a tu pregunta

—añadió—, te diré que me parece astuta y algo más. Supongo que te habrás fijado en que es judía, ¿verdad?

No me había fijado; pero al decírmelo él advertí, en efecto, en la artista rasgos de su ascendencia semítica.

—Eso es una ventaja, pero al mismo tiempo es un peligro.

—¿Qué quieres decir

—Al amor al dinero; porque el amor al dinero es lo que hace a veces olvidar la prudencia.

—Eso es general —dije yo.

—Cierto; pero, afortunadamente, a la mayoría de las personas, según por qué medio, no les interesa obtener dinero, mientras que para los judíos lo importante es el dinero, cueste lo que cueste el obtenerlo.

En aquel momento llamaron mi atención las cuatro personas sen­tadas en la mesa vecina.

—Me parece que has hecho una conquista, Poirot. La hermosa lady Edgware no te quita ojo.

—Sin duda le habrán dicho quién soy —dijo Poirot, aparentando modestia.

—Me parece que es por tu famoso bigote. Debe de estar asombrada de su belleza.

Poirot se lo acarició, sonriendo:

—Realmente, es único, amigo mío; «el cepillo de dientes», como tú dices, a veces causa efectos sorprendentes.

—¡Caramba! Lady Edgware se levanta, al parecer, con intención de hablarnos, Bryan Martin se opone, pero ella no le hace caso.

Jane Wilkinson se había levantado impetuosamente de su silla y venía hacia nosotros. Poirot se puso en pie y yo hice lo mismo.

—Es usted monsieur Hércules Poirot, ¿verdad? —preguntó con su armoniosa voz.

—Servidor de usted, señora

—Monsieur Poirot, deseo hablarle, necesito hablarle.

—Estoy a sus órdenes. ¿Quiere usted sentarse?

—No; aquí, no. Quisiera hablarle reservadamente... Podemos subir a mis habitaciones.

Bryan Martin se había acercado a nosotros y dijo, riendo:

—Espera un poco, Jane; ten en cuenta que estamos a medio cenar.

—¿Y eso qué importa, Bryan? Pueden subirnos la cena a mis habitaciones, ordénalo tú mismo y... Oye, Bryan...

Fue tras él y le dijo algo en voz baja. Mientras hablaban miraron varias veces hacia donde estaba Charlotte Adams, por lo que supuse que se ocupaban de ella.

Después, Jane vino hacia nosotros, radiante.

—Ahora ya podemos irnos arriba —dijo.

La idea de que nosotros podríamos no aceptar su invitación ni siquiera pasó por su cerebro.

—Ha sido una suerte que le viese a usted esta noche —dijo mientras nos dirigíamos al ascensor—. Parece mentira lo bien que me sa­len a mí las cosas. Estaba preocupada con lo que debía hacer, y de re­pente le veo a usted en la mesa próxima y me digo: «Monsieur Poirot me aconsejará» —se detuvo para decir al encargado del ascensor—: Segundo piso.

—Si en algo puedo serle útil... —empezó Poirot.

—Estoy segura de que usted puede serme de gran utilidad; he oído decir que usted es el hombre más maravilloso que existe. Yo creo que es el único que puede sacarme del enredo en que estoy.

Llegamos al segundo piso, y siguiendo el corredor se detuvo ante una de las habitaciones más lujosas del Savoy.

Abandonó sobre una de las sillas su blanco abrigo y se dejó caer en una butaca

—¡Oh! —exclamó—, de una manera u otra quiero verme libre de mi marido.

CAPITULO DOS

UNA ESCENA

 

Tras un momento de asombro, Poirot se recobró.

—Pero, señora —dijo con ojos centelleantes—, librar a las esposas de sus maridos no es cosa que entre dentro de mi especialidad.

—Desde luego, ya lo sé.

—Lo que usted necesita es un abogado.

—En eso se equivoca. Estoy más que harta de abogados. Me he confiado a un sinfín de ellos y ninguno me ha servido de nada. Los abogados sólo conocen la ley; pero, fuera de eso, no tienen el menor sentido común.

—Por lo visto, usted cree que yo lo tengo.

Ella se rió.

—Desde luego.

—Pues, señora, tendré todo el sentido común que usted quiera; pero, por lo mismo, su proposición no me interesa

—No sé por qué no le ha de interesar. Al fin y al cabo, este caso es un problema.

—¡Ah! ¿Conque es un problema?

—Y de los más difíciles —siguió Jane Wilkinson—. Estoy casi segura de que no es usted hombre que se arredre ante las dificultades.

—Muchas gracias por sus palabras; de todas maneras, yo no hago investigaciones para lograr divorcios.

—Pero, hombre de Dios, yo no le pido a usted que haga de espía Lo único que deseo es desembarazarme de mi marido, y estoy segura de que usted me dirá lo que debo hacer.

Poirot dudó un momento antes de contestar. Al fin dijo:

—Primero, señora, dígame usted por qué tiene tantos deseos de verse libre de su marido.

No hubo la menor vacilación en la respuesta de lady Edgware:

—Pues, sencillamente, para casarme otra vez. ¿Qué otra razón podía tener?

—Pero un divorcio es fácil de obtener.

—Usted no conoce a mi marido, monsieur Poirot. Es..., es... —se es­tremeció—. No sé cómo explicarlo. Es un hombre extraño, distinto por completo de los demás —hizo una pausa y continuó—: No debí casarme con él. Su primera mujer, como usted ya sabe, se le marchó, dejando una niña de tres meses. Nunca se quiso divorciar de ella y la dejó morir miserablemente. Luego se casó conmigo y... Bueno, yo tampoco pude aguantarle y le dejé, marchándome a Estados Unidos. Como no tenía ningún motivo para divorciarme, aunque a él se los había dado yo más que sobrados, no quiso hacer el menor caso.

—En algunos Estados de Norteamérica le hubiera sido fácil conseguir el divorcio, señora

—No me convenía, teniendo que vivir en Inglaterra.

—¿Tiene usted necesidad de vivir en Inglaterra, lady Edgware?

—Sí.

—¿Con quién piensa casarse?

—Con el duque de Merton.

Me quedé asombrado. El duque de Merton era la desesperación de las madres casamenteras. Era un joven de tendencias románticas, fer­viente católico, y estaba dominado completamente por su madre, la duquesa viuda. Aquel joven se dedicaba, como distracción principal, a coleccionar porcelanas chinas, y nunca se había fijado en una mujer.

—Estoy enamoradísima de él —continuó Jane—. Es completamente distinto a todos los hombres que he encontrado hasta ahora; pare­ce un monje de leyenda. Además tiene un palacio maravilloso —se detuvo un momento y siguió—: En cuanto me case dejaré el teatro para siempre.

—Pero por ahora —dijo Poirot— lord Edgware es una barrera para

todos esos ensueños.

—¡Oh, sí!, y eso me vuelve loca —se inclinó pensativa—. Si al menos estuviésemos en Chicago, podría hacerle «despachar» fácilmente; pero aquí es imposible encontrar un pistolero.

—Aquí —dijo Poirot— creemos que todo ser humano tiene dere­cho a la vida.

Se oyó un golpe en la puerta y entró un camarero con las bandejas de la cena. Jane Wilkinson siguió discutiendo como si no hubiese nadie.

—Claro que yo no voy a pedirle que le mate.

Merci, madame.

Yo pensaba que usted podría ir a discutir hábilmente con él has­ta meterle en el cerebro la idea del divorcio. Eso creo que lo lograría

usted.

—Me parece que exagera mi poder de persuasión, señora.

—No; y estoy segura de que usted hará algo —se inclinó ávidamente hacia adelante, con sus azules ojos muy abiertos— por mi felicidad, ¿verdad?

—Me gustaría poder hacer la felicidad de todo el mundo —dijo Poirot.

—Sí; pero yo no le pido que haga la de todo el mundo; yo sólo pienso en mí.

—Me parece que usted siempre ha pensado así —dijo Poirot, sonriendo.

—¿Me cree usted acaso egoísta?

—¡Oh!, no digo eso, señora.

—Si antes he hablado así es porque no quiero ser desgraciada. Lo único que quiero es que me conceda el divorcio o que se muera. En

realidad -dijo pensativamente—, sería mejor que se muriese; así me vería antes libre de él —miró a Poirot, como si esperase su asentimiento—. Querrá usted ayudarme, ¿verdad, monsieur Poirot? —se puso en pie y cogió su blanco abrigo. Se oían voces en el corredor. La puerta estaba entreabierta—. Si usted no quiere...

—Y si yo no quiero, ¿qué pasará? Se echó a reír.

—Pues que cogeré un taxi, me llegaré hasta la casa de mi marido y una vez allí le pegaré cinco tiros.

Riendo, salió por una puerta hacia otra habitación en el momento en que Bryan Martin entraba con la americana Charlotte Adams, su acompañante y las otras dos personas que habían cenado con él y Jane Wilkinson. Nos los presentaron como míster y mistress Widburn.

—¡Hola! —dijo Bryan—. ¿Dónde está Jane? Deseo decirle que salí triunfante de la comisión que me encargó.

Jane salió de la alcoba con un lápiz para los labios en una mano.

—¿La has podido traer? ¡Qué estupendo! ¡Oh, miss Adams! Me ha gustado muchísimo su trabajo. ¿Quiere usted entrar, que hablaremos mientras me arreglo?

Charlotte Adams aceptó la invitación. Bryan Martin se dejó caer so­bre una silla.

—Bueno, monsieur Poirot —dijo—, ya ha sido convencido por nuestra Jane para que trabaje para ella. Tarde o temprano hubiese usted terminado por ceder. Jane es una mujer que no conoce la pala­bra «no». Es un carácter interesante —siguió, sacando un cigarrillo—; para ella no hay nada tabú: no tiene el menor sentido moral. Esto no significa, precisamente, que sea inmoral; la verdadera palabra creo que es «amoral». Su vida sólo tiene por objeto lograr todo lo que de­sea. Estoy seguro de que mataría a cualquiera con la mayor tranquili­dad, y creería que se cometía una injusticia si la condenasen a la hor­ca por ello. Lo peor es que la cogerían en seguida, pues no tiene el menor cerebro. Para cometer un crimen, seguramente cogería un taxi, y en cuanto llegase a la casa se anunciaría por su verdadero nombre y dispararía.

—¿Qué le hace creer eso? —murmuró Poirot.

—¿Qué?

—¿La conoce usted bien?

—¡Ya lo creo!

Rió de nuevo, pero me pareció que esta vez en su risa había una nota amarga.

—Jane es una egoísta —dijo mistress Widburn—. Claro está que una actriz debe serlo si quiere hacerse una personalidad.

Poirot no hablaba Tenía la vista clavada en Bryan Martin, mirán­dole de una manera incomprensible.

En aquel momento Jane salió de la habitación próxima, seguida de Charlotte Adams. Supuse que Jane se había arreglado, aunque me pa­reció que estaba lo mismo que antes.

La cena transcurrió alegremente, si bien yo notaba que había algo que no entendía.

Jane Wilkinson no tenia la menor sutileza. Era una mujer joven que no sabía ver más de una cosa a la vez. Quiso tener una entrevista con Poirot y en seguida lo consiguió. Luego deseó incluir a Charlotte Adams en la cena y también lo consiguió; por tanto, estaba del mejor humor del mundo. Después me fijé en Bryan Martin. Sus gestos eran ampulosos, muy propios de un actor de cine. Charlotte Adams era una muchacha tranquila y de agradable voz. La miré detenidamente, ya que tuve la suerte de tenerla frente a mí. Tenía un encanto raro que consistía en la carencia de estridencias. Sus cabellos eran suaves y negros; sus ojos, azul claro; el rostro, pálido, y una boca movible y sensual. Era un rostro que se hacía fácil de recordar. Se mostraba encantada con las atenciones de Jane Wilkinson; pero de pronto, estando Jane hablando con Poirot, la mirada de Charlotte, que no se apartaba de la actriz, pareció llenarse de hostilidad. ¿Fue imaginación mía o acaso envidia profesional? Jane había llegado ya a la cumbre de la fama, mientras que Charlotte seguía al pie de ella; miré también a los otros tres comensales. Míster y mistress Widburn no tenían nada de particular. El era un hombre cadavérico; ella, gorda y extremo­sa. Parecían ser personas que se volvían locas por todo lo referente al teatro. No les gustaba hablar de nada más. Debido a mi reciente ausencia de Inglaterra me encontraba muy mal informado sobre aquel tema, y, al fin, mistress Widburn me volvió su carnosa espalda, no acordándose más de que yo existiese.

El único miembro restante de la reunión era el insignificante joven de la cara redonda, el acompañante de Charlotte Adams. A mí me pareció que el joven no era tan sensato como parecía. En cuanto empezó a beber champaña, mi idea se confirmó. Durante la primera parte de la cena permaneció silencioso; pero luego se dirigió a mí, tomándome, sin duda, por uno de sus viejos amigos.

—Lo que yo quiero decir —dijo— no es eso, no, amigo mío, no es eso... Yo quiero decir. ¿Qué haría usted si se encontrase con una mu­chacha como la que he encontrado yo, con unos padres de los más puritanos, ¡maldita sea!, y...? ¿Qué estaba diciendo?

—Algo muy ininteligible —contesté.

—Bueno, pues que se vaya a paseo. Le he pedido dinero prestado a mi sastre. Ese sastre mío es una persona la mar de simpática: le debo dinero desde hace un sinfín de años. Entre nosotros existe una espe­cie de unión... Sí, eso es, una especie de unión. Usted y yo..., usted y yo... Pero ¿quién diablos es usted?

—Me llamo Hastings.

—Eso no es verdad. Ahora le recuerdo, usted es un tal Spencer Jones —y suspiró—. Mi querido Spencer Jones. Nos conocimos en Eton y Harrow, y hace cinco años que no nos veíamos. Lo que yo digo es que una cara es igual que otra. Si aquí hubiese varios chinos, no ha­bría manera de conocer a ninguno por la cara —movió la cabeza y se bebió otro trago de champaña—. Ahora, fíjese usted; dentro de mu­chos años, cuando yo tenga setenta y cinco o más, se morirá mi tío y seré un hombre rico. Entonces podré pagar a mi sastre.

Se sonrió ante aquel pensamiento.

Había algo simpático en aquel joven. Un minúsculo y absurdo bigote era como una mancha en su redonda cara .

Me fijé en que Charlotte Adams le miró y que después de aquella mirada se levantó, despidiéndose de la concurrencia.

—Estoy muy satisfecha de que haya usted venido —dijo Jane—. A mí me gusta hacer las cosas de repente. ¿Y a usted?

—A mí, no —dijo miss Adams—. Me gusta planearlas perfectamente antes de hacerlas; eso suele evitar perjuicios.

Había algo desagradable en sus maneras.

—Bueno, de todos modos, los resultados lo justifican —rió Jane, y añadió—: No creo haberme divertido nunca tanto como esta noche  con su actuación.

El rostro de la muchacha se aclaró.

Es usted muy amable y le agradezco infinito sus palabras, pues necesito que me animen. Creo que todas las artistas lo necesitamos.

—Charlotte —dijo el joven del bigote—, despídete de los señores y da las gracias a tía Jane por la suculenta cena.

Una vez dicho esto, el joven se dirigió hacia la puerta, siendo realmente milagroso que lograse llegar a ella sin caer.

—¿Quién es ese para llamarme «tía Jane»? —dijo lady Edgware—. Es la primera vez que le veo.

Los Widburn se despidieron y Bryan Martin salió con ellos.

—Bueno, monsieur Poirot —dijo Wilkinson, sonriendo a mi amigo.

¿Eh bien, lady Edgware?

—¡Por amor de Dios, no me llame usted así! Quiero olvidar con quién estoy casada. ¡Ah, es usted el hombre de peor corazón de Eu­ropa!

—Eso no, madame; yo no tengo mal corazón.

—Entonces irá usted a ver a mi marido y le pedirá lo que yo deseo, ¿verdad?

—Iré a verle —prometió Poirot.

—Pensará usted algo, ¿verdad? Dicen que es usted el hombre más inteligente de Inglaterra.

—Señora, antes me dijo usted que era el hombre de peor corazón de Europa; en cambio, tratándose de inteligencia, afirma sólo que soy el más inteligente de Inglaterra.

—Por eso no se enfade; juraré que es el más inteligente del mundo. Poirot le tendió la mano.

—Señora, no puedo prometerle nada; si voy a visitar a lord Edgware, será sólo para estudiarle psicológicamente.

—Psicoanalícele tanto como quiera. Tal vez así logre sacar algo de él Y se despidió de nosotros con una de sus encantadoras sonrisas.

 

 

CAPÍTULO TRES

EL HOMBRE DEL DIENTE DE ORO

 

Unos días más tarde, mientras almorzábamos, Poirot me tendió una carta que acababa de recibir.

Mon ami —dijo-. ¿Qué te parece esto?

La carta era de lord Edgware, quien, en tono ceremonioso, le cita­ba para la mañana siguiente a las once.

Debo confesar que quedé muy sorprendido. Había tomado las palabras de Poirot como cosa ligera, pronunciadas en un momento de jovialidad, y no tenía la más ligera idea de que hubiera dado ningún paso para cumplir su promesa.

Poirot, con su viva inteligencia, comprendió lo que pasaba por mi mente, y sus ojos brillaron un momento.

—Pues sí, mon ami, no fue sólo cosa del champaña.

—Yo no he dicho eso.

—Sí, hombre, sí. Tú pensabas: el pobre promete cosas que no ha de cumplir, que no tiene la menor intención de cumplir. Pero, amigo mío, las promesas de Hércules Poirot son sagradas.

Al decir las últimas palabras se irguió majestuosamente.

—Ya lo sé, hombre, ya lo sé —dije apresuradamente—; pero pensé que tal decisión la tomaste sin meditar, a la ligera, como si dijéramos... influido por el momento.

—No acostumbro a que nada ni nadie influya, como tú dices, en mis decisiones. El mejor y más seco de los champañas, la más seductora de las mujeres, no tienen la menor influencia en las decisiones de Hércules Poirot. Nada, mon ami, que me interesa el asunto. Eso es todo.

—¿Los amores de Jane Wilkinson?

—No precisamente sus amores. Eso es una cosa muy vulgar. Es uno de tantos pasos de la carrera de una mujer hermosa y egoísta. Si el duque de Merton, además de parecerse a un monje de leyenda, no poseyese un título, puedes estar seguro de que no le interesaría mu­cho tiempo. No, Hastings; lo que me atrae sobre todo es el estudio de los caracteres. Me entusiasma poder estudiar a lord Edgware en la mayor intimidad.

—¿Y esperas salir triunfante de la misión que te han encomendado?

Pourquoi pas? Todo hombre tiene sus flaquezas, pero no creas que porque estudie el caso desde un punto psicológico no he de hacer cuanto pueda para salir airoso de la comisión que se me ha en­cargado. Claro está que me distrae mucho ejercitar el ingenio.

—Así, ¿iremos mañana, a las once, a Regent Gate? —pregunté.

—¿Iremos...?

Poirot levantó burlonamente las cejas.

—¡Poirot! —grité—. No querrás prescindir de mí, ¿verdad? Siempre he ido contigo a todas partes.

—Si se tratase de un crimen misterioso, de un envenenamiento, de un asesinato, ¡ah!, son cosas con las que tu alma se deleitaría. Pero un simple asunto de sociedad...

—No hablemos más —dije con firmeza—. Iré contigo, y basta.

Poirot me miró suavemente, y en aquel momento nos avisaron de que un caballero deseaba vernos.

Con profundo asombro nos encontramos con que el visitante era Bryan Martin.

El actor parecía mucho más viejo a la luz del día. Era guapo, pero de una belleza marchita. Se advertía en él una especie de hiperestesia nerviosa que hacía suponer que era esclavo de las drogas.

-Buenos días, monsieur Poirot —dijo con gran cortesía—. Veo que están ustedes almorzando. Lamento haberles interrumpido, pues acaso estarán muy ocupados.

-No —dijo Poirot, sonriendo amablemente—. De momento no tenemos ningún asunto de importancia entre manos.

-¡Qué cosa más rara! —dijo sonriendo Bryan—. ¿Ningún aviso de Scotland Yard? ¿Ninguna investigación delicada por cuenta de la casa real? Es increíble.

—Usted, amigo mío, confunde la ficción teatral con la realidad —dijo Poirot, mientras asomaba a sus labios una sonrisa—. Por el momento, como le he dicho, no tengo ningún trabajo. Dieu merci.

Bueno, eso es una suerte para mí —dijo Bryan, sonriendo a su vez—. Acaso quiera usted encargarse de algún asunto mío.

Poirot miró atentamente al joven.

—¿Tiene usted algún trabajo para mí? —preguntó al cabo de unos momentos.

—Bueno..., le diré. Lo tengo y no lo tengo.

Esta vez la sonrisa que asomó a sus labios era más bien nerviosa. Mientras le miraba pensativamente, Poirot le ofrecía una silla. El joven se sentó frente a nosotros, pues yo lo había hecho junto a Poirot.

—Ahora —dijo mi amigo— explíquenos de qué se trata.

—El caso es que no puedo decirles tanto como yo quisiera —dudó un momento—. Es algo difícil. Verán, el suceso tuvo lugar en América

—¿En América?

—Un simple incidente atrajo mi atención. Es el caso que, viajando en tren en una ocasión, observé a cierto sujeto. Era un joven de aspecto desagradable, completamente afeitado, que llevaba lentes y un diente de oro.

—¡Ah! ¿Un diente de oro?

—Exactamente. Esa es la clave del suceso. Poirot movió la cabeza.

—Comprendo; siga usted.

—Como le decía, me fijé por primera vez en aquel joven en un via­je a Nueva York. Seis meses después, estando en Los Ángeles, volví a ver otra vez al individuo en cuestión. No sé cómo fue, pero el hecho es que me fijé en él. Un mes más tarde tuve necesidad de ir a Seattle, y a poco de llegar allí, lo primero que veo es a mi amigo, sólo que aquella vez lucía una hermosa barba.

—Muy curioso.

—¿Verdad que sí? Claro está que entonces no se me ocurrió que semejante sujeto tuviese nada que ver conmigo; pero cuando vi a mi hombre otra vez en Los Ángeles, sin barba; en Chicago, con bigote y las cejas distintas, y en un pueblo de las montañas disfrazado de vaga­bundo, entonces empecé a sospechar.

—No era para menos

—No cabía la menor duda de que me seguía.

—Desde luego.

—Dondequiera que fuese, allí estaba junto a mí, como mi sombra, mi perseguidor con distintos disfraces; pero afortunadamente, gracias al diente de oro, siempre le reconocía.

—Una verdadera fortuna ese diente de oro.

—¡Ya lo creo!

—Perdone, míster Martin, ¿habló usted alguna vez con aquel hombre? ¿Le preguntó la causa de su persistente persecución?

—No, no lo hice —el actor dudó un momento—. Estuve tentado de hacerlo dos o tres veces, pero no me decidí. Creí que lo único que lograría con ello sería ponerlo en guardia, sin conseguir nada en abso­luto. Seguramente, en cuanto ellos se hubiesen dado cuenta de que le había descubierto, hubiesen hecho que me siguiera otro, otro a quien no me fuese posible reconocer.

En effet, otro sin ese utilísimo diente de oro.

—Exactamente. Quizá me equivoqué, pero yo lo consideré mejor así.

—Un momento, míster Martin. Usted ha aludido a «ellos» hace un momento. ¿A qué «ellos» se refiere usted?

—Es una simple forma de expresión mía, aunque presiento, no sé por qué, de un modo vago, que «ellos» existen en el fondo de ese suceso.

—¿llene usted alguna razón que motive ese presentimiento?

—Ninguna

—¿Y dice usted que no tiene la menor idea del porqué le seguían?

—En absoluto. Por lo menos...

Continuez—dijo Poirot, animándole.

—Se me ocurre una cosa —dijo Bryan Martin, lentamente—. Es una simple conjetura

—Una conjetura, señor mío. puede muy bien ser a veces una solución.

—Está relacionado con un incidente ocurrido en Londres hace unos dos años. Fue un incidente sin importancia; pero tan inexplica­ble, que me ha sido imposible olvidarlo. Me ha tenido mucho tiempo preocupado, todo porque no he podido encontrarle hasta ahora ninguna explicación. Bien pudiera ser que esa persecución estuviera li­gada de alguna manera con él; pero, ¡por mi vida!, que yo no sé por qué ni cómo.

—Quizá pueda yo explicárselo.

—Tal vez, pero... —la turbación de Bryan Martin renacía—. Lo difí­cil del caso —continuó— es que no puedo contárselo a usted..., de momento. Hasta dentro de unos días no estaré en situación de hacer­lo —aguijoneado por la interrogadora mirada de Poirot, continuó con desesperación—: Es que..., ¿sabe usted?, se trata de una mujer.

—¡Ah! Parfaitement ¿Una mujer inglesa?

—Sí. ¿Cómo lo sabe usted?

—Muy sencillo. Usted no me lo puede contar hasta dentro de dos o tres días, lo que significa que ha de obtener para ello el permiso de la joven. Por tanto, ella está en Inglaterra También debía estar en Inglaterra durante el tiempo que fue usted perseguido, pues, de haber estado en América, hubiesen ustedes hablado entonces de lo que ocu­rría. Por consiguiente, si ha estado en Inglaterra durante los últimos dieciocho meses, lo más probable es que sea inglesa. Muy sencillo, ¿verdad?

—Sencillísimo. Ahora bien, monsieur Poirot, si ella me autoriza ¿ querrá usted encargarse de este asunto?

Siguió una pausa. Poirot parecía darle vueltas al caso en su cerebro. Al fin dijo:

—¿Y por qué no ha acudido usted a ella antes de acudir a mí?

—Porque... yo pensé... —volvía a dudar—. Yo quería convencerla de que se debían aclarar las cosas... Mejor dicho, quería que fuese us­ted quien las aclarase; pero antes quiero saber si, al encargarse usted de la investigación, hará público lo que resulte de ella...

—Según... —dijo Poirot tranquilamente.

—¿Qué quiere usted decir?

—Que si se trata de algún crimen... sí.

—¡Oh! No se trata de ningún crimen.

—Usted no lo sabe; podría ser.

—Pero ¿hará usted cuanto pueda por ella..., por nosotros?

—Eso, desde luego —permaneció unos instantes en silencio y, al fin, dijo—: Dígame: ese perseguidor, esa sombra de usted, ¿qué edad tenía?

—¡Oh!, era muy joven; tendría unos treinta años.

—¡Ah! —dijo Poirot—. Eso es muy interesante.

Le miré asombrado, lo mismo que Bryan. Aquella observación de Poirot estoy seguro de que era tan inexplicable para el actor como para mí. Bryan me interrogó con la mirada Yo moví la cabeza.

—Sí —repitió Poirot—, ese detalle hace el asunto mucho más interesante.

—Acaso fuera más viejo —dijo Bryan, como dudando—, pero no lo creo.

—No. Estoy seguro de que su observación es cierta, míster Martin, y es muy interesante, mucho.

Desconcertado por las enigmáticas palabras de Poirot, Bryan Mar­tin parecía no saber qué decir ni qué hacer. Al fin, se puso a hablar de asuntos triviales.

—Interesante reunión la de la otra noche —dijo—. Jane Wilkinson es la más despótica de las mujeres.

—De una mujer hermosa se puede aguantar todo —repuso Poirot, parpadeando. Si tuviese la nariz respingona, el cutis terroso, el cabello grasiento, no se la soportaría, puede estar seguro.

—Está usted en lo cierto —asintió Martin—. A mí me vuelve loco algunas veces. De todos modos, soy un buen amigo suyo. No creo que en ciertas cosas, ¿comprende usted?; no creo que obre muy cuerdamente.

—Pues a mí, por el contrario, me hizo el efecto de una mujer muy práctica.

—No lo he dicho en este sentido. Ella puede administrar perfectamente sus intereses, y sé que se ha entregado de lleno y con astucia a los negocios, aunque, claro está, no puede decirse que honradamente.

—¡Ah?

—Es, lo que se dice, un ser amoral. Para ella no existe lo justo y lo injusto.

—Recuerdo que usted dijo algo por el estilo la otra noche. Estábamos hablando de crímenes, cuando...

- ¡Ah!,¿sí?

- A mí no me sorprendería que Jane llegase a cometer algún crimen.

-Usted debe de conocerla muy bien —murmuró Poirot, pensativamente-—. Han trabajado ustedes mucho tiempo juntos, ¿verdad?

—Sí. La conozco perfectamente y la creo capaz de matar a cualquiera.

—¡Ah! ¿Tiene temperamento pasional?

—Al contrario; es fría como el hielo. Pero si alguien se interpusiese en su camino, lo suprimiría sin la menor vacilación. Según ella, quien se interponga en el camino de Jane Wilkinson debe ser eliminado sin otra solución.

Había una profunda amargura en estas últimas palabras. Yo me pregunté qué le recordarían.

—De modo que usted cree que sería capaz de cometer un asesinato.

Poirot le miraba atentamente. Bryan dejó escapar un suspiro.

—Lo creo, y tal vez uno de estos días tenga usted ocasión de recordar mis palabras. La conozco muy bien, ¿sabe usted? Mataría con la misma tranquilidad con que se bebe una taza de té. ¿Comprende lo que quiero decir, monsieur Poirot?

Se puso en pie.

—Sí —dijo Poirot tranquilamente—; lo comprendo.

—Yo la conozco muy bien —repitió Martin. Permaneció un momento en silencio, y, al fin, dijo, variando de tono—: Y respecto al asunto que hemos hablado, ya se lo explicaré dentro de unos días. Se ocupará usted de él, ¿verdad?

Poirot le miró un momento en silencio.

—Sí —dijo al fin—; me ocuparé de él. Lo encuentro ... interesante. Había algo extraño en la forma con que pronunció las últimas palabras.

—Acompaña a míster Martin —me dijo. Al salir, me dijo Bryan:

—¿Ha entendido usted lo que ha querido decir al referirse a la edad de aquel sujeto? No veo que sea tan interesante el que tenga cerca de treinta años.

—Ni yo tampoco —le aseguré.

—Parece una incongruencia. Seguramente habrá querido burlarse de mí.

—No lo crea —dije—. Poirot es un hombre serio. Confie en él. Ese detalle tiene la importancia que él le ha dado.

—Bueno, que me aspen si lo entiendo.

Se marchó y yo subí a reunirme con mi amigo.

—Poirot —le dije—, ¿qué tiene que ver la edad del perseguidor de Bryan Martin en ese asunto

¿No lo comprendes? ¡Pobre Hastings! —movió la cabeza sonriendo, y, al fin, preguntó—: ¿Qué piensas tú, en resumen, de esta entrevista?

- Es tan poco! No sé qué decirte. ¡Si supiéramos algo más!

- Pero, sin saber nada más, lo poco que conocemos, ¿no te sugiere alguna idea, mon ami?

El timbre del teléfono me libró de la vergüenza de declarar que no me sugería ninguna idea. Descolgué el auricular.

Se oyó una voz de mujer, una voz clara, argentina:

-Habla la secretaria de lord Edgware. Lord Edgware siente mucho tener  que renunciar a la entrevista que había convenido con monsieur Poirot. Sin embargo, podría hablar con monsieur Poirot durante unos minutos, a las doce y cuarto de esta misma mañana, si a monsieur Poirot le conviene.

Consulté con mi amigo.

¡Claro que iremos a verle!

Repetí a la secretaria lo que mi compañero me había dicho.

- Muy bien —dijo la frágil voz—. Quedamos en que a las doce y cuarto de esta mañana.

Y colgó el aparato.

 

 

CAPÍTULO CUATRO

UNA ENTREVISTA

 

Llegamos a la casa de lord Edgware, en Regent Gate. Yo me encontraba en un estado expectante. Aunque no sentía, como Poirot, gran admiración por los problemas psicológicos, las pocas palabras que pronunció lady Edgware respecto a su marido habían despertado mi curiosidad y ansiaba juzgarle por mí mismo.

La mansión del noble lord era un edificio imponente, de bella construcción, algo sombrío. Las ventanas que daban a la fachada ca­recían de superfluos adornos.

Nos abrió en seguida la puerta, no un anciano criado de cabellos blancos, que hubiese estado en armonía con el exterior de la casa, sino uno de los jóvenes más agradables que jamás había visto. Alto y admirablemente proporcionado, un escultor hubiese hallado en él el digno modelo de Kermes o de Apolo. Mas, a pesar de su agradable aspecto, había cierto afeminamiento en su voz que me desagradó. Al mismo tiempo, no sé por qué, no podría precisarlo, algo en él me re­cordó vagamente a alguien, alguien a quien había visto hacía mucho tiempo, pero que me era imposible recordar.

Preguntamos por lord Edgware.

—Por aquí, señores.

Le seguimos a lo largo del vestíbulo, pasamos ante la escalera y continuamos hacia una puerta que había al final. Abrióla y nos anun­ció con aquella voz suave que tanto me desagradaba.

La habitación en que entramos era una especie de biblioteca. Las paredes estaban atestadas de libros; el decorado, un poco sombrío, era agradable, y las sillas, imponentes, aunque no tenían nada de có­modas.

Lord Edgware se había levantado para recibirnos. Era un hombre de unos cincuenta años, alto, el cabello negro mezclado de gris, el rostro enjuto y la boca algo burlona. Tenía el aspecto de ser hombre de mal genio. Sus ojos miraban de una manera que parecían ocultar algo. En realidad, eran unos ojos muy extraños. Sus maneras eran suaves y ceremoniosas. !

—¿Monsieur Hércules Poirot y el capitán Hastings? Hagan el favor de sentarse.

Obedecimos. La habitación era fría; por la única ventana que había en ella entraba la luz tenuemente, y la oscuridad contribuía a enfriar la atmósfera

Lord Edgware cogió de sobre su mesa la carta escrita por mi amigo.

—Desde luego, conozco su nombre y su fama, monsieur Poirot. Hay muy pocos que no le conozcan —Poirot se inclinó ante el cumplido—. Pero, la verdad, no comprendo su intervención en este asun­to. Me dice usted en su carta que desea verme en nombre de... —se detuvo un momento— mi esposa.

Pronunció las dos últimas palabras de un moda particular, como si le costase un gran esfuerzo.

—Así es —dijo Poirot.

—Yo creí que usted era sólo investigador de crímenes, monsieur Poirot.

—De problemas, lord Edgware. Hay problemas de crímenes, ciertamente; pero hay, además, otros problemas.

—Es verdad. ¿Quiere decirme de qué clase es este intrincado problema?

La burla estaba latente en sus palabras.

—Tengo el honor de venir a usted en nombre de lady Edgware —dijo—. Lady Edgware, como usted ya debe saber, desea... divorciarse.

—Estoy enterado de eso —dijo lord Edgware fríamente.

—Su esposa me indicó que usted y yo podríamos tratar de ese asunto.

—No hay nada que tratar.

—Entonces, ¿se niega usted?

—¿Negarme? De ningún modo.

Lo que menos esperaba Poirot era semejante contestación. Pocas veces había visto a mi amigo tan asombrado. Su aspecto era realmen­te ridículo. Con la boca abierta, la pasmada expresión de los ojos y las cejas arqueadísimas, parecía, en realidad, la caricatura de una revista festiva.

Comment!—exclamó—. ¿Cómo es eso

—No sé cómo interpretar su asombro, monsieur Poirot.

-Ecoutez, ¿realmente está usted dispuesto a divorciarse de su mujer?

—Claro que sí, y ella debe saberlo, puesto que la escribí diciéndoselo.

—¿Que usted le escribió diciéndoselo?

—Sí; hace cerca de seis meses.

—Pues no lo entiendo.

Lord Edgware no dijo nada.

—Yo creí que usted era un acérrimo enemigo del divorcio.

—No creo que mi manera de ser le importe a usted, monsieur Poirot. Es cierto que no quise divorciarme de mi primera mujer. Mi conciencia no me permitía hacerlo. Mi segundo matrimonio, lo reconozco, fue una verdadera equivocación. Cuando mi mujer me pidió el divorcio, me negué rotundamente. Seis meses después me escribió, insistiendo. Me figuré que quería casarse con algún actor de cine o con algún tipo por el estilo. En aquella época, mi manera de ver las cosas había sufrido una gran variación, por lo cual le escribí a Hollywood aceptando al fin su proposición —hizo una pequeña pausa y aña­dió—: Supongo que será por cuestión de dinero por lo que le envía a usted a verme.

Sus labios se curvaron burlonamente al pronunciar las últimas palabras.

—¡Qué cosa más rara! —murmuró Poirot—. En todo esto hay algo que no entiendo.

—Respecto al dinero —siguió lord Edgware—, no pienso hacer ningún arreglo. Mi mujer me abandonó por su gusto; si ahora quiere ca­sarse con otro, por mí puede hacerlo; pero no veo ninguna razón para que tenga que darle un céntimo.

—No se trata de ningún convenio financiero.

Lord Edgware le miró.

—¡Ah!, entonces es que Jane se casa, sin duda, con un rico —murmuró.

—En todo esto hay algo que no entiendo —repitió Poirot. Estaba perplejo y las arrugas de su rostro denotaban el esfuerzo que hacía por comprender—. Creo haber oído decir a lady Edgware que trató varias veces de comunicarse con usted por medio de abogados.

—En efecto —asintió secamente lord Edgware—, me mandó abogados ingleses, americanos... En fin, últimamente me han visitado abogados de todas clases, hasta que, por último, ya se lo he dicho a usted, me escribió ella misma.

—Antes, ¿se había usted negado siempre?

—Sí.

—¿Y dice usted que al recibir su carta cambió de pensamiento? ¿A qué fue debido ese cambio, lord Edgware?

—En modo alguno a la carta —dijo secamente—. Mi manera de ver el asunto había variado. Eso es todo.

—Fue un cambio súbito.

Lord Edgware no replicó.

—¿Qué motivo especial le hizo cambiar de parecer, lord Edgware?

—Eso, monsieur Poirot, no le interesa a nadie más que a mí. Prefiero no hablar de este asunto. Únicamente diré que poco a poco me fui dando cuenta de las desventajas que para mí presentaba lo que po­dríamos llamar..., perdóneme la expresión, una unión degradante. Mi segundo matrimonio fue una equivocación, ya se lo he dicho a usted.

—Eso mismo piensa su esposa —dijo Poirot suavemente.

—¡Ah! ¿Sí?

Un extraño brillo cruzó por sus ojos, pero en seguida volvió a su expresión normal.

Se levantó, y mientras nos despedíamos, sus maneras se suavizaron.

—Les ruego que me perdonen por haber alterado la visita, pero mañana mismo debo salir hacia París.

—¡Oh, no faltaba más!

—Se trata de una subasta de verdaderas obras de arte. Tengo pues­tos los ojos en una estatuilla..., algo perfecto, una verdadera maravilla en su estilo..., tal vez de un gusto un poco macabro, pero no puedo remediarlo, adoro lo macabro, me ha atraído siempre. Mis gustos, como ustedes ven, son ciertamente un poco originales.

Antes que él dijese esto, ya había yo pasado revista a los libros de su biblioteca que estaban próximos a mí: las Memorias de Casanova, un volumen sobre el marqués de Sade y otro referente a las torturas medievales. Yo recordé el estremecimiento de Jane Wilkinson al ha­blar de su marido. Aquello no fue fingido, no. Me hubiese gustado sa­ber exactamente qué clase de hombre era George Alfred Saint Vincent Marsh, cuarto barón de Edgware.

Mientras nos despedía, tocó el timbre. En el vestíbulo nos aguardaba el apolíneo criado. Al ir a cerrar tras de mí la puerta de la bibliote­ca, eché una última ojeada a la estancia y hube de contener una ex­clamación. El suave y sonriente rostro del aristócrata se había transfi­gurado. Con los labios cerrados y los ojos centelleantes, tenía una te­rrible expresión de furor, y ya no me extrañó que dos mujeres le hu­biesen abandonado. Lo que sí me maravillaba era el gran dominio que tenía de sí mismo, hasta el punto de haber soportado aquella en­trevista con tanta corrección.

Cuando llegamos a la puerta principal, a la derecha del vestíbulo abrióse una puerta. Una joven apareció en el umbral de una habitación; pero, al vernos, retrocedió.

Era una muchacha alta, de cabellos negros y rostro pálido. Sus asustados ojos negros se clavaron un momento en los míos. Luego, como una sombra, se hundió otra vez en la habitación y cerró tras sí la puerta.

Poco después estábamos en la calle. Poirot hizo detener un taxi, su­bimos a él y ordenó al chófer que nos condujese al Savoy.

—Bueno, Hastings —me dijo—, esta entrevista no ha resultado como esperábamos.

—Es verdad. ¡Qué hombre más extraordinario es ese lord Edgware! Y le conté a renglón seguido lo que había visto al mirar por última vez hacia la biblioteca.

Mi amigo movió la cabeza, lenta y pensativamente.

—Me parece que está al borde de la locura, Hastings. Me hace el efecto de que tiene vicios raros y de que bajo su fría apariencia oculta una gran crueldad.

-No me asombra que le hayan abandonado sus dos mujeres.

-Ni a mí tampoco.

-Oye, Poirot, ¿has visto, al salir, a una muchacha muy pálida, de cabellos negros?

—Sí, mon ami; una joven que parecía muy asustada. Su aspecto no era de ser muy feliz.