Camino
entre restos humanos, empapo mis pies con sangre de seres como yo, pero con
formas de vida diferente, a costa de la vida de los otros.
No fue
fácil organizar el ataque. Hace muchos años y varias generaciones que trataban
de derrocar este régimen de; mascaras y falsas sonrisas.
El
objetivo, ver otra vez, la antigua pero verdadera luz de una verdad no
disfrazada.
Los
combates se libraron en lugares muy difíciles e inaccesibles.
Porque para
poder matar la hipocresía, era necesario atacarla primero en nosotros mismos.
Dejar de lado nuestras falsas imágenes, dejar las mentiras y solo manejarse con
la Verdad. Estar serio cuando no hay motivo para la risa y decir “no”, aunque
decir “si” fuera más favorable a los intereses de cada uno de nosotros.
Las
noticias van llegando. Ya han caído varios bastiones: los corruptos han
confesado sus pecados y también se ha recuperado lo que han robado.
Eso ha
sucedido en más lugares de los previstos.
Los
informes son cada vez más halagüeños. Muchas personas han reconocido que: sí,
son discrimintarorias y que no soportan a los que no son iguales por razones de
incapacidad mental o física. A su vez, los discapacitados han proclamado que
ellos tampoco pueden soportar que las otras personas estén sanas ellas, no. Es
un principio…
Las
murallas más difíciles de hacer caer son la de los grupos de personas que se han
equivocado en sus apreciaciones y todavía se niegan a aceptarlo.
Los ríos
están rojos por la sangre de los corazones de aquellos que se niegan a admitir
que por su egoísmo prefieren rechazar el amor.
La gula se
ha rendido con honor, luego de una difícil y cruenta lucha ante el hambre. Ya la
lujuria ha confesado como y cuando ha utilizado el poder de la “piel y del sexo”
para tomar posiciones claves en el gobierno social.
La miseria
por medio de sus representantes exigen que el lujo reconozca su gran parte de
culpa en su existencia, pero éste lo sigue culpando al egoísmo.
La
solidaridad ha intervenido a fin de acercar posiciones, se espera un pronto
arreglo pacífico y justo.
La noche
cubre casas y esconde dolores y fantasmas.
Se espera
con ansia la mañana, la que será decisiva teniendo en cuenta las últimas
negociaciones.
El velo de
la noche se va escurriendo como la sangre se va diluyendo en lagos y ríos.
Suenan las
trompetas ¡Ha caído la Hipocresía!, ¡Por fin!
Los muertos
son recogidos y sepultados. Se habla ya de los honores a rendirles a los caídos
en las batallas.
La gente
sale de sus casas, los combatientes dejan sus yelmos y armaduras, beben y comen
lo que les alcanzan los dueños de las casas.
Se planea
la fiesta. Surgen las preguntas:
-¿Dónde la haremos?
-En el centro del Condado sería lo mas
lógico.
-Creo que al Condado del valor sería al que
le correspondería ya que fueron ellos quienes derrocaron a la Hipocresía.
-Sí y no, el condado de la Fuerza expuso más,
deberían elegir ellos.
-Pero, no se había decidido ¿que de ahora en
más, la mentira o el ocultamiento no debería existir para no permir la aparición
de nuevos vestigios de hipocresía?
-Sí, pero no podemos irnos a los extremos. No
todo lo del régimen de la Hipocresía era malo.
-¡Ah! ¿no?
-Por ejemplo…
-Seamos coherentes no se pude decir la verdad
a todos, hay gente que no entendería las cosas y pueden con su accionar
perjudicar a otros.
-Sí, eso es verdad, pero…
-Además, nosotros que somas mas ricos e
inteligentes perderíamos más que esos otros que no tienen nada
-¿Entonces?
-Bueno, creo que…
Desde lejos
caminando por el sendero de “Los ideales” la ideóloga, la mujer que se convirtió
en guerrera para vencer a la Hipocresía se aleja…
Nadie
lonota y algunos que la ven cuando está por desparecer en el horizonte, se
alegran de su partida.
Después de
todo. Es muy difícil enfrentar al mundo sin máscaras
Alguien
pregunta:
-¿saben cómo se llama?
-Creo que sí, dice un hombre pensativo.
-¿Cuál es su nombre?
Luego de un
silencio dice: Se llama Verdad.
-Es la hija de Honor y Lealtad…
Saya Maabar
Dedicado en estas Fiestas Navideñas a todos
aquellos que están solos o que se sienten abandonados.
Pero recuerden, la vida es el más hermoso regalo que nos dió Dios, esperen con fe, en todo camino solitario siempre aparece alguien que nos necesita y ayudando al otro somos ayudados. así descubrimos que nunca estamos solos...
UN MILAGRO PARA MARIA
Como todas las ciudades del mundo, Buenos Aires se convierte en una marea humana que va y viene, especialmente a la hora que se encuentran abiertos los Bancos. Del asfalto parece subir una densa nube de vapor que, en ciertos lugares, se disipa para convertir en un infierno las calles tan transitadas.
En una de las calles angostas del Microcentro, al amparo de la sombra que da el alero de un Banco, sentado en un rincón sobre un escalón Juan acurruca a su hijita. La mira y roza con su mano seca la pálida mejilla que, inconscientemente, se acomoda a la forma de su mano. Juan mira pasar a la gente, hombres y mujeres que pasan sin verlos, de vez en cuando extiende su mano pidiendo; aunque a su lado reposa una caja vieja de zapatos con algunas pocas monedas de escaso valor. Alguna que otra vez se conduelen y tiran unas monedas, otras veces, algunos ojos los miran con impotencia y dulzura. No siempre el que pasa tiene dinero para dar, pero por lo menos, lo acompañan silenciosamente en su dolor.
Levanta sus ojos al cielo y clava la vista en los inmensos rascacielos con vidrios polarizados y oficinas lujosas. No hace mucho él trabajaba, no en una de esas oficinas, pero sí en una fábrica que hacía envases para exportar. Ganaba bastante bien con las horas extras, por lo menos para vivir dignamente. Luego, la empresa cerró y comernzaron las largas colas; pero tenía cuarenta años y mucha especialización, pero ningún título.
Así fue perdiendo todo; ya no recordaba lo que era dormir en una cama, el calor de una frazada, una mesa tendida, un plato de comida sobre ella. Parecía que habían pasado siglos y, sin embargo, apenas habían pasado, escasamente, dos años, y ahí estaba él y su pequeña hija de seis años; como si de pronto se hubiesen vuelto invisibles.
Los días eran todos iguales, cuando se vive así, no importa el mes, ni el año pero sí el día, ya que los fines de semana pasa mucha menos gente y eso aumenta el hambre y la soledad.
Una mañana sumamente calurosa, Juan se despertó, corrió las hojas de diario con que se cubrían y, sacando de un bolso azul grisáceo deshilachado un vaso de plástico con tapa donde guardaba algo de leche; luego de fijarse si aún estaba buena, se la dio a María. Esta tomó muy lentamente, a sorbos el blanco líquido. Mirando a su padre, de pronto le dijo: no quiero más, ¡tomá vos!.
Juan la miró mientras su corazón se desangraba lentamente y le dijo: no, yo comí un pedazo de pan, tomala toda. María, obedeció pero en sus ojos brillaba un atisbo de culpa y duda, en realidad, no le creía a su padre que hubiera comido pero no quería verlo sufrir más insistiéndole. Lo conocía orgulloso y altivo y así quería seguir recordándolo.
Al mediodía, como acontecía los días de vencimiento de impuestos, el Banco se llenó y tuvieron que dejar el escalón, que hacía de casa. Para pasar el tiempo, Juan y María comenzaron a caminar por la calle Florida, ante la vista de desagrado en el rostro de las personas, pero no en todas. Claro, su vestimenta eran harapos que otrora fueron ropa de calidad, ahora el uso continuo y la falta de limpieza empañaba el brillo de la peatonal porteña.
Juan, para que María no notara ese desprecio, comenzó a señalar los aparadores y allí se dio cuenta que estaban todos iluminados y decorados, ¡Claro! Le dijo María ¡falta poco para Navidad!. Por un momento, la alegría lo envolvió pero en pocos segundos volvió a tomar conciencia; ésta sería la primera Navidad que su hija y él pasarían en la calle. La sola idea lo horrorizaba, de pronto; escuchó las voces de unos niños cantando. Se acercó y mientras escuchaba, leyó el cartel que decía: “Hogar de la Merced”, al mismo tiempo, una monja pedía limosnas mientras explicaba que el Hogar se dedicaba a cuidar niños en estado de desamparo y que los alimentaban.. Entonces, Juan de pronto miró a María y una idea se le cruzó por la cabeza, una idea que su corazón rechazaba, pero que su cerebro no podía mas que aprobar.
Levantó a su hija en brazos, la abrazó y la besó muy fuerte. Sin decir palabra, la bajó. Luego le dijo: no te muevas de acá, voy a buscar un baño en el que me dejen entrar, ¿me entendés?. María asintió con la cabeza y se quedó quieta, muy quieta, obedeciendo a su padre. Juan se marcho y se fue mezclando con la gente, mientras seguía dándose vuelta para ver, por última vez, a su hijita. Las lágrimas rodaban por su rostro, la duda lo atormentaba, pero, por otro lado, sabía que su hija - de esa forma - con las monjas, tendría una oportunidad. Con él no tenía ninguna. Caminó horas y horas, su corazón le pedía regresar junto a su niña, pero utilizó toda su fuerza para realizar lo que él creyó el acto más generoso que podía tener para con su hija, en toda su vida.
Esa noche, María comió y durmió en una verdadera cama, pero lloró por dentro toda la noche, No podía entender cómo su padre la había abandonado y tal vez no lo entendería nunca. Juan, en una plaza, tirado en un banco, rezaba.
El tiempo fue transcurriendo. María cumplió veinte años, tenía trabajo aunque ganaba muy poco, estudiaba en la Facultad, quería ser abogada, tal vez, para poder remediar la injusticia que ataca a otros; ya que no había podido luchar contra la injusticia, que sin tomar conciencia jamás, había hecho que su padre la abandonara. Nunca hablaba de él, siempre lo culpaba de su falta de amor hacia ella. Este rencor se había ido arraigando tan fuertemente en ella, que la privaba de ser feliz. Era correcta, disciplinada, muy buena alumna, pero tan inexpresiva como habían sido con ella.
Le dolía la pobreza que veía a diario, ayudaba en lo que podía, pero no le era posible expresar sus sentimientos y menos aun decirle a alguien que lo quería.
Pocas cosas la sorprendían, sin embargo, pasaba siempre cuando iba a la Facultad por una casona que tenía un jardín con bancos y arboles. Un día se acercó un poco más y vio que había ancianos sentados a la tardecita. Así pasaron los días hasta que María leyó el cartel en la puerta, que hasta ese momento no había querido leer, el mismo decía “Hogar de Ancianos- Séptima”. Luego de leerlo, sin darse cuenta huyó del lugar como si algo la persiguiera. Por varios días no pasó por allí, inventaba excusas hasta para no ir a la Facultad. Pero un día, no tuvo más remedio que volver a pasar, llegaba la Navidad y esa era una época que la emocionaba y tambien la entristecía, no podía olvidar que unos días antes de Navidad su padre la había abandonado. Al pasar, saludó rápidamente con la mano, parecía que una fuerza invisible le impedía acercarse.
En su casa preparaba las cosas para Navidad. No había olvidado el ritual del armado del árbol, además, conservaba la costumbre de poner, aunque sea, un pequeño pesebre, tampoco olvidaba la costumbre de agregar tres bombillas nuevas al árbol, para tener suerte en el año que se iniciaba. Le faltaban algunas guirnaldas, entonces, a la tarde fue a comprarlas. Sin darse cuenta, pasó por la vereda donde se encontraba la reja del “Hogar de Ancianos”. Se sorprendió al ver a uno de buen porte, canoso aunque algo delgado, cerca de la reja. Lo miró y lo saludó, luego, otra vez se apresuró a escapar. No podía dejar de preguntarse, porqué ese lugar le atraía y a la vez, la alejaba al mismo tiempo.
Decidida a vencer ese irrazonable temor, comenzó a saludar y luego, llegó hasta a hablar una que otra palabra cada vez que pasaba por el Hogar. La Navidad se acercaba y, para ese entonces, se había hecho bastante amiga de ese señor que había encontrado en la reja y al que llamaba Beni. Llegó a entrar y a tener largas charlas; pero él nunca quería decir su verdadero nombre, ni hablar de su vida, cosa que ella respetaba; porque, en realidad; María tampoco quería recordar su pasado. Eso la llenaba de odio, de impotencia y ese sabor amargo en su boca que le había quedado desde su niñez.
Muchas noches quería dormir y no podía; recordando como su padre la abrazaba tapándola con diarios, pero enseguida, aparecía su imagen buscándolo desesperada entre la multitud hasta que, al anochecer, la hermana Elena se dio cuenta que estaba abandonada y la llevó con los otros chicos. Ella, en su inocencia, juró no perdonar a su padre jamás. Y así lo hizo durante tantos años.
Mientras ponía la estrella de Navidad en el pico del árbol se acordó de Beni, no tenía mucho dinero pero no le había comprado nada y, a pesar de su forma de ser; algo sentía por ese hombre relativamente joven pero que parecía un anciano. Salió a la calle mientras pensaba qué le podía comprar. Se preguntaba ¿qué podía hacer feliz a un hombre tan taciturno y que vivía en ese lugar?.
De pronto, se vio entrando a una casa de artículos de pesca. Cuando el vendedor le preguntó si podía ayudarla en algo, ella lo miró sin saber que contestarle, mientras por dentro pensaba qué la había llevado a ese comercio. Beni no iba a pescar. Pidió disculpas al vendedor y salió, se tambaleó a tal punto de tener que apoyarse contra la pared. Sus pensamientos se habían ido a su niñez, cuando ella con su padre arreglaban la tanza y preparaban la carnada para ir a pescar. No podía entender porque ese recuerdo en ese momento.
Se acercaba la Navidad y ella amaba esas Fiestas, entonces no podía comprender como recordó algo que realmente quería olvidar. ¿Cómo había pensado en el hombre que la había abandonado?.
Beni tambien pensaba en la Navidad, nunca había disfrutado - o por lo menos nunca demostrado - que le gustaban las Fiestas y ahora, hubiera dado cualquier cosa por volver a vivir como antes en familia y, además, poder por una sola vez hablar y demostrar lo que sentía.
Pero donde estaba, no tenía muchos a quien contarles y tampoco tenía parientes, prefería no pensar. En su mente apareció la joven con la que charlaba. Ahora pensaba que nunca le había preguntado el nombre, antiguo resabio de su vida silenciosa y de su falta de expresión; pero en el fondo sentía algo especial por ella que realmente no podía definir.
María optó por un libro de Caza y Pesca, pensó que aunque no pudiera salir a pescar o a cazar, podría volar con su imaginación mirando las hermosas fotos. Lo estaba envolviendo cuando pensó en dedicarlo, siguiendo sus hábitos, se arrepintió, y empezó a envolverlo de nuevo, pero algo la detuvo. Se preguntó ¿por qué por una vez en su vida no hacía lo que sentía?. Entonces, tomó una lapicera y luego de pensar miles de frases escribió:” Para Beni, con cariño de quien podría ser su hija, María”. No supo porque lo había escrito pero, antes de arrepentirse, lo envolvió y puso un hermoso moño. Rápidamente, luego lo acomodó al pie del árbol de Navidad, se lo daría a la medianoche. Iría a verlo al otro día, que era Noche Buena.
Beni, en el Hogar, miraba las estrellas por su pequeña ventana y pedía en silencio que hubiese un milagro, aunque pequeño, esa Navidad; aunque fuera la última en su vida.
María, tomó su cartera y el paquete del moño dorado y salió para llegar justo a la medianoche. Tocó timbre, ya la conocían y la dejaron pasar. Fue hasta el parque, donde en un banco solitario, miraba al cielo Beni..
¡Hola!, le dijo, faltaba poco para las 12 hs, le traje una copa y otra para mí, vamos a brindar. Beni la miró como si nunca la hubiera visto, las luces de colores que titilaban adornando los arboles del hogar, hacían brillar los ojos de esa joven de una forma que le hacía acordar a sus ojos cuando era joven. De pronto, Beni se dijo a sí mismo, porqué no podía ser en ese momento, por primera vez en su vida y luego de tantos años; que dijera a esa joven su verdad. Era tanto el peso que llevaba, que ya no se sentía con fuerzas para continuar así.
Entonces, María dijo: este regalo es para Ud., Beni lo tomó en sus manos y dijo: yo no pude comprarte nada pero lo único que puedo regalarte es mi verdad, la que nunca te conté sobre mi vida en nuestras charlas. María iba a interrumpirlo cuando Beni con un gesto le pidió que no hablara y prosiguió: yo tengo una hija, casi de tu misma edad, creo yo. Espero que esté segura en alguna parte, la última vez que la vi tenía seis años. María sintió como empezaba a sangrar esa vieja herida que creía cicatrizada, entonces preguntó: ¿y ella donde está, porqué no está con ella?
Yo la abandoné dijo Beni; María sintió que su odio se convertía en una profunda tristeza, Beni continuó: yo estaba en la ruina, no podía ni darle de comer fue unos días antes de Navidad, entonces mientras escuchábamos tomados de la mano, a unos niños que cantaban villancicos de Navidad, me dí cuenta que lo mejor que podía hacer por mi hija era permitir que viviera con un techo y comida y no en las calles como lo estabamos haciendo. María le dijo: ¡la abandonó!, sí le contestó Beni y jamás me lo voy a perdonar pero ya es tarde, lo único que me gustaría pedir en esta Navidad es que mi hija sea feliz y si la tuviera enfrente le pediría perdón y le diría que el dolor que le causé lo pago todos los días de mi vida al no poder verla ni contarle la verdad. María hacía esfuerzos para que las lágrimas no escaparan de sus ojos.
De pronto se sintieron las campanadas del reloj, la Navidad había llegado, el cielo se iluminó con los fuegos artificiales y las cañitas voladoras. María enjugó sus lágrimas y chocando la copa le dijo: ¡Feliz Navidad Beni!, Él hizo lo mismo y luego le dijo: a propósito mi verdadero nombre es Juan y luego preguntó ¿cómo era su nombre, entonces María rápidamente hizo como que se tropezaba y tiró el libro que Beni tenía en sus manos, rápidamente y aprovechando la semioscuridad arrancó la hoja donde estaba la dedicatoria y le devolvió el libro ¡Gracias!, dijo Beni emocionado.
María se sintió niña de nuevo, volvieron a su mente confusos recuerdos y sentimientos de alegría y de inmenso dolor. A pesar de todo el milagro se había realizado en esa Navidad. María conoció la verdadera historia, la cruel realidad de su vida. Se quedaron en silencio, ella tenía que madurar mucho sus ideas erróneas, su dolor por el abandono, comprender las razones y eso no iba a ser fácil. Lo saludó y sin decirle su nombre se fue caminando lentamente, como lo había hecho tantas noches de Navidad, sola, pero esta vez tenía una ilusión con el tiempo podría hablar con su padre, ahora solo tenía que esperar que cicatrizaran un poco sus heridas.
Las luces intermitentes de los adornos de Navidad de las casas la acompañaron en silencio.
Saya Maabar
El árbol plateado.
Como miles de destellos de luz se reflejan sobre el césped al mover sus ramas: el árbol plateado.
El foco de luz de mercurio imprime estos destellos al posarse sobre sus hojas humedecidas por la fina llovizna en la oscuridad de la noche, erguido, lleno de vida; se ve al árbol destacándose entre los demás, rodeado de arbustos y flores, en el medio de las veredas internas del lugar.
Parece estirarse para tocar el cielo, mientras una suave brisa lo hace mover en una danza rítmica y misteriosa. Caen sus hojas formando sobre el pasto recién cortado una mullida alfombra luminosa, pareciera que un pedazo de cielo estrellado se hubiera reflejado a sus pies.
El árbol añoso me hace pensar en la vejez; esa dulce etapa de la vida donde el brillo de la sabiduría hace contraste con la cantidad de cosas idas. ¿Cada día que pasa es una hoja que cae y se pierde? ¿Dónde van a parar las hojas muertas? Alguien dirá que se las lleva el viento, otros que se funden nuevamente con la tierra.
¿Dónde van los recuerdos? La vejez con su velo va opacando la belleza, son menos las cosas deseadas y menos las cosas ambicionadas. Pero ¿es el tiempo un enemigo del hombre?, las agujas del reloj humano nunca se detienen pero ¿es más lento el tiempo para los ancianos?
Miro el árbol y lo veo ahora doblegado por el viento, parece acariciar con sus ramas el suelo y luego volver a levantarse victorioso. Parece no tener intención de rendirse.
Las preguntas me abruman, me siento vieja y cansada. Mis manos nudosas acariciaron muchos rostros, que nunca me miraron; mi vista cansada suplicó muchas veces sin tener respuesta, mis labios enmudecieron de tanto hablar, sin ser escuchada. Pero mi alma sonríe.
Miro por la ventana nuevamente, está amaneciendo. El viejo árbol sigue allí, los pájaros se acurrucan en sus ramas, el sol hace estallar un verde oscuro en sus hojas; su tronco marrón descascarado parece más fuerte esta mañana.
Me detengo a mirarlo detenidamente. En la base del tronco se ve un retoño verde claro abriéndose camino desde las raíces.
El milagro de la vida comienza de nuevo su ciclo.
Ahora, comprendo. Yo soy como el árbol plateado, que cuando viejo parecía perder sus hojas y sólo las dejaba caer para alimentar la tierra, que iba a hacer surgir el retoño. Yo, que como el árbol vivo la soledad de mis recuerdos, también comienzo a vivir nuevamente en todos aquellos que lean los libros que escribí y que aún no fueron leídos.
Las hojas del árbol plateado son alimento para la tierra, mis vivencias serán alimento para aquellos que me seguirán en el camino de la vida.
Saya Maabar
Mi sombra
Caminaba segura, firme casi pegada a mí, como mi sombra. Siempre a mi lado sin despegarse jamás. A todos lados y donde fuera con sus garras prontas para atacar, silenciosa y ágil como un felino se deslizaba tras de mí. En los lugares más repletos de gente, se ocultaba pero no me dejaba jamás. No recuerdo un momento en que no estuvo conmigo. Cuando cumplí mis quince años, en la fiesta que nunca tuve; cuando recibí mi título universitario, mientras abrazaba a mi hermano y se deslizaba una lágrima por mi mejilla. Cuando lograba mis éxitos profesionales, al lado de cada uno de los reconocimientos, ella se recostaba junto a los premios. En las Fiestas de Fin de año cuando todo era alegría, ella estaba al lado mío en la mesa tendida cerca del Árbol de Navidad. Cada vez que conocía al hombre que pretendía ser el descubrimiento del amor, ella se acercaba con su elasticidad acostumbraba y después de la cita se volvía conmigo a casa. No siempre se quedaba inmóvil mas de una vez me atacó con sus dientes y sus garras hasta hacerme sangrar. Muchas veces quise que desapareciera y hasta creí que se había ido en algunas oportunidades, pero pronto la ilusión desaparecía y regresaba más fuerte y más segura. Yo intentaba todo para que no me atacara pero a medida que pasaba el tiempo, parecía ensañarse más y más conmigo. Sus dientes y garras rasgaban mi piel, sangraba más y más. También pedí ayuda, primero tímidamente luego a gritos, la gente que me rodeó y me rodea no se da cuenta y ella vuelve irónica, triunfante y vuelve a instalarse en mi vida. De pronto no me ataca, no me sigue, entonces empiezo a preguntarme cual es la razón y no la encuentro. Descanso y espero verla aparecer de nuevo pero no lo hace. Pasa el tiempo y descanso por fin siento la felicidad de su ausencia, la felicidad y el amor. Pero un día de pronto aparece de repente, yo ya me había desacostumbrado a su presencia, me asusta, la miro a sus ojos que brillan ante el inminente ataque, pero ya no tengo fuerzas, ni siquiera retrocedo…me dejo caer en una silla resignada al ataque casi diría: deseándolo. Ella mide, observa se detiene y yo espero su avance, se acerca lentamente y yo casi a gritos le pido que esta vez no me desangre. Sí, le pido que esta vez me quite la vida de una vez por todas. Como si me escuchara salta sobre mí y clava sus dientes y desgarra mi corazón; la sangre como un manantial va saliendo no ya de mi cuerpo sino de mi alma, esta vez la miro agradecida. Siento como la vida se me va yendo y le sonrío con gratitud, observo mi sangre como se desliza sobre el piso y va acercándose a una foto, la foto del hombre que por un tiempo impidió que ella volviera, ahora él ya no está y el amor se fue con su imagen y su dulce presencia; ya no está para aferrarme a su cuerpo, ni para apoyarme en su hombro, sus manos ya no me acarician; no está; por eso con mi último aliento doy vuelta la cabeza y la miro con dulzura y con mis últimas fuerzas le hablo y le digo ¡Gracias! Mientras la vida se extingue en mi cuerpo, mi compañera….la soledad se aleja sigilosamente, ya cumplió su misión. Saya Maabar
LA ULTIMA LUNA
Tomó su crucifijo y recordó. Fiestas, champagne, burbujas y colores, risas y música. El dolor le apretaba la garganta; esa misma que tantas veces lucía adornada con gargantillas y perlas acompañando su mejor sonrisa seductora. Sus ojos húmedos ahora, no perdían esa expresión distante y misteriosa que habían provocado tantas falsas promesas de amor. La luna alcanzaba su máxima belleza, su luz entraba atropelladamente por la ventana iluminando su piel cuidada y su cuerpo arrodillado sobre el encerado suelo. Sus manos se aferraban mas y más a su única verdad, su Dios. Las mismas manos que tantas veces habían sostenido copas de cristal para luego tomar una rodaja de pan para saciar el hambre. El ropero abierto mostraba vestidos de pasadas grandezas, su actual desnudez mostraba la sencillez de su alma, unos títulos en la pared parecían una burla del éxito sobre el cuerpo casi desfalleciente que reposaba sobre el suelo. La conciencia se iba diluyendo, flashes de vida pasaban por su mente: soledad con mucha gente alrededor, belleza admirada por gente sin valores, ilusiones perdidas entre palabras sin sentido. Una juventud envidiada, una tristeza acumulada. Sus manos temblaban, a su lado algunas pastillas en el piso. Sobre el escritorio una invitación a la Embajada para esa noche. ¡Jamás una simple flor!, solo ramos adornados por una buena florería y enviadas por una secretaria. Sus ojos se iban cerrando, sus manos crispadas aferraban la cruz; ya todo terminaba, alguien diría ¿porqué lo hizo?, otros opinarían que seguramente estaba loca…lo tenía todo. Otros dirían: era una snob. Pocos sabrían la verdad. La angustia la había matado hace mucho, la indiferencia la había ya enterrado y la soledad, ante la incomprensión, había hecho que el polvo cubriera su lápida. El cuerpo se deslizó suavemente, la luna seguía reflejándose sobre ella, pero el crucifijo siguió en sus manos, una sonrisa de paz se insinuaba en sus labios y pensar que ella solo quería…¡una palabra y una flor! Saya Maabar